Por ALEJANDRO ALMANZAR
A los hijos de Duarte nos tocó la dicha o desdicha de ocupar la primera tierra invadida en 1492, un proceso que se inicia con la extinción de los nativos, para dar paso a la mezcla de razas que a veces nos hace ingratos.
Nuestra desgracia histórica comienza con el calvario de los indígenas, seguida del destierro del fundador de la dominicanidad, el prócer Juan Pablo Duarte, condenándole a morir en un exilio involuntario.
Aquel que esté libre de pecados, que arroje la primera piedra, les dijo Jesús a fanáticos que buscaban su venia para apedrear a una mujer acusada de adulterio, lo mismo diríamos a quienes olvidan que la sociedad dominicana se divide entre anexionistas e independentistas, todos con un gran valor histórico.
Que sólo Duarte, desde el principio percibió la idea de una nación libre, independiente, soberana, sin la injerencia de dichas naciones. Y aunque el líder de Los Hateros, general Pedro Santana se inclinó por la anexión, eso no le quita valía.
De llevarse a cabo el proyecto del ilustre diputado Manuel Jiménez, que busca sacarle del Panteón Nacional, sólo provocaría una crisis patriótica, en un momento cuando la nación de Duarte, Felix M. Ruiz, Pedro Alejandrino Pina, Juan Isidro Pérez, José M. Serra, Felipe Alfau, Juan Nepomuceno Ravelo, Benito González y Jacinto de la Concha reclama unidad.
Hoy, cuando la conjura internacional se abalanza inmisericordemente con el miserable propósito de disolverla, se demanda que exaltemos a nuestros héroes, en lugar de sacarles expedientes que ya la historia juzgó y castigó.
Debemos despojarnos de todo fanatismo que ponga a la ofensiva al enemigo común del pueblo dominicano, Haití. Jamás justificaremos a Santana, pero de sus errores se encargó la historia, pues en su debido momento fue pieza clave para el propósito.
Cuando esta lo llamó a defender a la República Dominicana dijo presente, organizó a Los Hateros y enfrentó con arrojo y valentía a los haitianos, quienes se frotarían las manos si degradamos su bien ganado heroísmo.
A él que cargue con su desgracia histórica, pero sin que nos convirtamos en sus verdugos, pues al igual que otros, no tuvo la suficiente fe en el mantenimiento de la reciente nación. Pero sin dudas, hizo honor al Juramento Trinitario «entre los dominicanos y haitianos no es posible una fusión».
Esa que sectores extranjeros y traidores nacionales intentan imponernos a raja tabla, quizás por eso prefirió mejor anexarnos a España.A este hombre debemos analizarlo libres de prejuicios, pues Duarte al igual que Cristo nos diría «perdónenlo, que no supo lo que hizo » porque su figura inmaculada nada la empequeñece, aún pongan a su lado al más infame de los humanos.
El honorable diputado debería someter un proyecto de Ley que cree la Plaza de la Inmortalidad, para que el Panteón Nacional sólo sirva de asiento a Trinitarios nobles. Sacar de allí no sólo a Santana, si no, a otros que la componenda política arrastró.


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