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Escuchamos de manera reiterada los mismos delitos o los mismos crímenes relacionados a ese terrible ácido, popularmente llamado “del diablo”. Ya destacadas personalidades se han referido y han condenado esta desgracia.
No sabemos cuál es el fin de este ácido, solo sabemos que es más letal que cualquier arma, ya que en realidad es un arma, es un arma del tipo química. Sobre este tipo de armas inhumanas se hace referencia en la Convención de Armas Químicas de 1993.
Las armas químicas su único fin es matar, herir o incapacitar mediante sustancias químicas totalmente tóxicas. En nuestra sociedad es común que se use con un fin específico: desfigurar rostros (generalmente fruto de la envidia).
Actualmente se hace necesario limitar este producto por respeto a las vidas de las personas, y a la vez, ser empáticos con todos aquellos que han sido desfigurados, quemados, achicharrados por decisiones surgidas de desalmados psicópatas.
Este líquido no solo arruina físicamente a las víctimas, sino también psicológicamente y lo peor de todo, de manera perpetua (eso si tiene suerte), ya que muchos no viven para contarlo. El último caso que consternó a todos, sencillamente fue desgarrador.
Los antisociales que se unen a vender estos productos (que tanto se ha “regulado”), son también culpables. Ya esta sociedad civilizada de manera colectiva debe considerar como arma letal este producto, y ser comparada a cualquier pistola o fusil de alto calibre y no es para menos, ni estaríamos exagerando con tal afirmación.
Los componentes de este ácido, deben ser administrados por empresas calificadas, personal con licencia y que todo movimiento de estos productos esté registrado. Mientras no exista control, ninguno de nosotros tendremos garantías de no ser desfigurados.
Esas víctimas pensaron que nunca les pasaría, tal vez como pensamos nosotros hoy en día, y lamentablemente, en la actualidad no pueden ni siquiera mostrar sus rostros a una cámara. Les destruyeron su identidad.
Al permitirse este ácido se da a antisociales la capacidad de hacer daño y no solo de destruir a las víctimas, sino de destruir sus familias. Arruinar la vida del cónyuge y de sus hijos. Afectan el desempeño laboral, social, e incluso, muchas de las víctimas con solo poner sus fotos en sus currículums, probablemente ni se les permitirá trabajar por el resto de sus vidas.
Ahora que se debate el nuevo Código Penal, sería muy sabio aplicar pena máxima a los infractores. También creemos, y sería justo manifestarlo, lograr la indemnización de las víctimas y garantizar sus derechos fundamentales, principalmente el laboral.
JPM


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