Emigrar es un fenómeno humano, que reside en la necesidad de la supervivencia; la primera obligación del ser humano es existir. Las fronteras, esos espacios físicos delineados por las circunstancias históricas del origen de las naciones, se yerguen imborrables en la mentalidad de los habitantes de cada nación, no solo por la línea geográfica de separación, sino por sentimientos y costumbres.
Esto último es lo que en verdad separa a los seres humanos en diferentes nacionalidades. Las lenguas, las creencias, las costumbres, los sentimientos y la cultura en general, son lazos más fuertes de conexión o de separación, que cualquier declaración jurisdiccional de territorio.
En ese sentido, al pueblo haitiano y al dominicano los separa un abismo insondable; sus lenguas son completamente diferentes; sus creencias son distintas, y de raíces diferentes; no existe similitud en sus costumbres; y el origen de la República Dominicana cimentó un sentimiento de animadversión contra ese opresor de ese momento que fue el pueblo haitiano, que no lo borra ni siquiera el paso de los siglos.
Haití fue la primera nación en abolir la esclavitud en América; con una de las epopeyas más memorables de la historia de este continente. Vencer al poderoso ejército francés, del gran Napoleón Bonaparte, es un acto que cualquier país de la época envidiaría; y esa gran hazaña la inscribió en la historia ese gran hombre, antes esclavo, llamado Toussaint Louverture.
Pero la gloria de esta revolución no fue suficiente para dar nacimiento a una sólida nación; los haitianos sin ser dueños de los medios de producción de su colonia francesa, no supieron cómo conducirlos al ser independientes.
Y esto era de esperarse, pues quienes se habían liberado con aquella guerra social y de independencia al mismo tiempo, no era una clase media, ni una pequeña burguesía conocedora de los medios de producción, sino esclavos que según don Juan Bosch en “Composición Social Dominicana”, su trabajo era tan duro en los ingenios azucareros, que su vida útil era de tan solo siete años.
Haití no exhibe una consolidación como nación a lo largo de su historia; y esto ha redundado en la miseria material de sus suelos y de sus habitantes. Más de medio siglo atrás, don Juan Bosch lo calificó como un conglomerado humano sin características de país; y hoy el mundo civilizado asiste a esta miserable realidad en el centro del Caribe.
La posición dominicana tiene que definirse y solidificarse con respecto a la inestabilidad haitiana. El anuncio del presidente Luis Abinader, de construir una verja perimetral en la frontera, es del agrado de muchos sectores de la sociedad dominicana; si se observa de una manera simplista, solo como control de inmigrantes, no es efectivo ni vale la pena el gasto; pues “para un muro más alto, una escalera más larga”, dijo un congresista de Nuevo México, USA.
Pero sin dudas, las barreras en los puntos vulnerables de la frontera, pueden ayudar a controlar el tráfico de drogas y de armas, que es muy alto desde Haití hacia nuestro país. El problema haitiano nos afecta, pero no es nuestro; la comunidad internacional, que los ha utilizado y expoliado a través de la historia, debe afrontar su responsabilidad.
La barrera del presidente Abinader será efectiva, y cada centavo tendrá un extraordinario valor, si se convierte en un símbolo que le recuerde a los haitianos y a los dominicanos que vivimos y ocupamos países diferentes. Si con esa verja podemos reforzar la nacionalidad dominicana, habremos triunfado.
JPM


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