La libertad, la civilización, están de luto. Mientras observaba las imágenes de la matanza de periodistas ocurridas en la sede de la revista satírica Charlie Hebdoen en Paris, un témpano de hielo se instaló en mí, un vacío existencial se apoderó de mi esófago. ¿Hacia dónde va la humanidad?, exuda mi alma.
Siglos y siglos pasan, parecería que las y los humanos estamos condenados a pretender imponer nuestros puntos de vistas, nuestras actitudes, nuestros fanatismos.
Para intentar implantar sus creencias, tres hombres armados hasta los dientes, han irrumpido en la redacción de un medio de comunicación, gritando: «Allahu Akbar» («Alá es el más grande»), mientras abrían fuego de forma indiscriminada.
Una reflexión interna me lleva a mi lugar, a mis miedos. En esta media isla, como dice el Poeta Nacional: “sencillamente triste y oprimido”. ¿Quiénes son el terrorista, los enemigos de la libertad de expresión, los asesinos de periodistas?, los generales como Salvador Lluberes Montás, alias Chinino, quien según el ex juez Castillo Pantaleón, dio la orden de asesinar a Orlando Martínez. La opresión tiene diferentes caras, el fanatismo también. Pero el pueblo no puede vivir sin memoria. Un ataque al mismo objetivo, reaviva viejas heridas.
El atentado al semanario Charlie Hebdoen, es un ataque contra la libertad de expresión, contra los derechos fundamentales, los derechos humanos, contra la independencia de espíritu, contra la libertad, contra la vida misma.
El crimen cometido contra el semanario recuerda el antiguo dilema: ¿civilización o barbarie?, como los que ocurren hoy en nuestro país contra las mujeres, al dejarlas morir sin atención médica por preservar el embrión sobre la salud de las mujeres, o al obligar las niñas y mujeres a parirles a un violador, como rezan nuestras leyes. El problema es el fanatismo, la falta de ecuanimidad, no la religión; el objetivo de los asesino en París es imponer sus ideas, sin aceptar las de otros.
El antídoto contra el fanatismo es la tolerancia, más que una ideología, es una actitud, es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias; en ella se basa toda idea de convivencia pacífica fundamentada en la libertad.
La libertad de conciencia genera libertad de pensamiento, de opinión y nos lleva al derecho a la libre información, piezas fundamentales —y fundacionales— de la democracia.
Desde esta trinchera honro los caídos, los que han allanado el tortuosos y arriesgado camino de comunicar, de denunciar las injusticias, de dar voz los que no tienen voz. Hoy la prensa está de luto.


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