He dicho que política y humor van de la mano, aunque el que ejerce la primera quiera presumir que ni siquiera ríe. Eso es mentira, pues no hay un ente social que haga más reír, maldecir u odiar que un político cuando trasciende el anonimato y se hace figura pública.
De esos comediantes-humoristas -buenos y malos- el país está repleto. Una prueba palpable de lo antes dicho, lo expresa, con nítida originalidad, el binomio de un ex presidente (lo hubo gallero-1848-Jimenes) y un sindicalista político-abogado.
El primero, es un repentista fuera de serie -que digo, ¡buenísimo!-; y el segundo, una caricatura fiel del político-comediante circunspecto que ni siquiera se ríe pero que él mismo, y su delirio grandilocuente de líder, hace reír cada vez que aparece en público pontificando sobre una redención social que, según él -¡quiera Dios!-, está a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, la cima del político-humorista, en extremo circunspecto y académico, la encarna un vate. Su prédica-perorata ética-filosófica-periodística ya es cátedra pública-lapidaria que debería ir al Archivo General de la Nación como registro o crónica insobornable de una época putrefacta (la de hoy -según él-).
El único problema es que el vate no se entera que él también –por ese dilatado ejercicio- es parte del folclor político nacional precisamente por sus posturas políticas-electorales, su rol –casi patriarcal- en el periodismo de oposición política (sin confesar bando o de la “secreta”); pero, sobre todo, por la cara dura de su crítica de una sola vía o de fijación -(¡L, y ahora D!)- que pone en entredicho sus dotes histriónicas y seriedad de comediante y proletario intelectual con énfasis en sus frases de conjuro: “¡Oh Dios..!” o “!Este país se jodió!” que, algunos leen-sintetizan, por maldad, diferencia o gana de molestar, como ¡Odio! E incluso, no niego que hasta yo mismo, una que otras veces, he caído rendido-convencido de la justeza de algunas de sus críticas e identificado con algunos de sus desengaños públicos (sobre todo, cuando escribe-polemiza, con rabia y encono, de -o sobre- ex amigos intelectuales).
No obstante, fue el inolvidable Freddy Beras Goico -de nuestros humoristas- el que mejor retrató, con agudeza sin igual, la conexión-relación política y humor al crear y darle vida al personaje Melesio Morrobel (que aún vive, hace bellaquerías y nos estruja el subdesarrollo político-cultural).
Aquello, en la escenificación de Freddy, no tenía nombre, pues era la personificación cruda, chabacana y vivaracha del político exitoso -en su plano bajo-intermedio-, pero siempre listo y presto a ponerse la “ñoña”.

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