El enriquecimiento ilícito está tipificado como un delito que se le imputa a los servidores públicos; cuando estos no pudieren acreditar el legítimo aumento de su patrimonio, o explicar con claridad la procedencia de los bienes registrados a su nombre.
Nuestra Carta Magna en su artículo 146 numeral 1, establece que: “Será sancionada con las penas que la ley determine, toda persona que sustraiga fondos públicos o que prevaliéndose de sus posiciones dentro de los órganos y organismos del Estado, sus dependencias o instituciones autónomas, obtenga para sí o para terceros provecho económico”.
La ostentación sin límites que se observa en un sector importante de la clase política del país, ha generado un inusitado cuestionamiento popular, que ante la indiferencia de los organismos competentes de tomar acciones y los correctivos de lugar, han estimulado el empoderamiento de una clase media que se siente timada, al entender que su aporte económico al estado con el pago de sus impuesto, no obtiene un retorno proporcional en servicios y cobijo en la seguridad social y ciudadana por parte del estado, y opta como legítimo recurso el de la pacifica protesta.
Ante las prácticas arrogantes y actitudes pretenciosas de algunos de nuestros representantes, urge de cambios inminentes. Se impone que nuestros políticos entiendan que la autoridad basada en los privilegios y no en el servicio público es cosa del pasado. Los líderes políticos más connotados del país del pasado siglo, nos dejaron un legado importante, ya que ellos entendían que la actividad política no es una práctica de vulgar enriquecimiento.
Como respuesta a esa oscura corriente, afortunadamente contamos con referentes impolutos. Pepe Mujica, por ejemplo, ha logrado convertirse en un símbolo de austeridad y esto lo sitúa como uno de los políticos más valorados y respetados del mundo.
El pasado día 20 del mes de enero, el vicepresidente de la nación más poderosa del mundo, nos da una lección de probidad y humildad manifiesta, cuando importantes diarios reseñaron que: “Joe Biden, el ahora ex vicepresidente de Estados Unidos, realiza el último viaje de hoy en el tren, desde Washington D.C a Delaware, cerrando así el círculo de su vida política. Viajó en la red estatal interurbana de trenes casi todos los días como senador, lo que significa unos 8.000 viajes en Amtrak ida y vuelta”. Decía Marco Tulio Cicerón: «Cuanto más alto estemos situados, más humildes debemos ser”. ¿Cuantos abordamos el tren? Es ahora, antes que sea demasiado tarde.
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