Rodeado por enemigos visibles e invisibles, la nación más poderosa de la historia enfrenta una guerra sin explosiones, pero con consecuencias globales.
Cuando las torres del World Trade Center cayeron el 11 de septiembre de 2001, el mundo contuvo el aliento. Muchos pensaron que Estados Unidos colapsaría moral y estructuralmente. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: la nación más poderosa de la historia humana se levantó. No desde el orgullo herido, sino desde una convicción casi sobrenatural.
“El terrorismo puede sacudir los cimientos de nuestros edificios más altos, pero no puede tocar los cimientos de Estados Unidos”, dijo el entonces presidente George W. Bush. Y tenía razón.
Desde aquel día, Estados Unidos no solo enfrentó guerras en Afganistán e Irak. Resistió crisis financieras, ataques cibernéticos, amenazas nucleares, epidemias, disturbios internos y fracturas culturales. Pero siguió en pie. “La continuidad institucional de Estados Unidos es su mayor hazaña”, afirma el historiador estadounidense Robert Kagan. Y eso, en sí mismo, es un fenómeno histórico.

Hoy, sin embargo, la amenaza ha mutado. Ya no se trata de bombas ni de aviones secuestrados. La nueva guerra es silenciosa, económica, tecnológica. Y su protagonista es China. No necesita conquistar territorios: los compra. No necesita derribar gobiernos: los financia. Su arma no es la pólvora, sino el capital. Sus tanques son proyectos de infraestructura, sus soldados: inversionistas estatales camuflados de privados.
Wang Huning, uno de los grandes ideólogos del Partido Comunista Chino, sintetiza su filosofía en una frase lapidaria: “Occidente cree que la democracia trae estabilidad; nosotros creemos que la estabilidad trae desarrollo”. Esa diferencia no es meramente técnica, sino civilizatoria.
En esa visión se condensa el verdadero choque de modelos.
China ha lanzado sus anzuelos sobre América Latina, África y gran parte del sudeste asiático. Puertos, represas, líneas férreas, cables submarinos, zonas francas: cada proyecto es una pieza del rompecabezas.
Como advierte el politólogo francés Bruno Tertrais, “China no busca una guerra, busca un mundo donde Occidente ya no sea necesario”.
En Washington, el debate ha despertado. Pero no basta con reaccionar. Como dijo Henry Kissinger: “La tecnología ha roto la continuidad del pensamiento estratégico clásico”. El adversario ya no actúa con prisa, sino con paciencia. Y eso exige nuevas respuestas: más filosóficas que bélicas, más culturales que armamentistas.
Estados Unidos ha sido, sin duda, la nación más extraordinaria de la historia moderna. “Un país fundado no sobre sangre o linaje, sino sobre ideas”, como escribió Alexis de Tocqueville. Allí radica su singularidad. Su fuerza ha estado menos en sus ejércitos y más en su narrativa: libertad, oportunidad, innovación. Y eso es precisamente lo que hoy debe volver a contar.
Pero como advirtió Jürgen Habermas: “El mundo occidental ha olvidado explicar por qué su modelo vale la pena ser defendido”. Y en esa omisión crecen las alternativas autoritarias.
Si Estados Unidos no reencanta al mundo con su visión de futuro, la tentación por el orden sin libertad podría ganar.
América Latina lo sabe bien. China ofrece obras, créditos, tecnología. Pero también exige silencio.
Los países que se endeudan con Beijing deben callar frente a sus violaciones de derechos humanos o sus ambiciones geoestratégicas. La democracia no entra en ese paquete. Como escribió el economista chileno Andrés Velasco: “Lo barato de China puede salir caro en soberanía”.
El 9/11 fue un ataque frontal. Hoy, el peligro es más sutil. Se infiltra por las redes, las universidades, los mercados, las plataformas digitales. Estados Unidos necesita más que fuerza militar: necesita fuerza moral, coherencia interna, un relato renovado.
El poder sin sentido se disuelve. La potencia sin principios se autodestruye.
El mundo no necesita solo que Estados Unidos siga siendo fuerte. Necesita que siga siendo admirable. Que inspire. Que recuerde —como en sus mejores momentos— que la libertad es su mejor arma, y su mayor legado la oportunidad.


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Muy bien pensado y escrito. Permítame señalar que, quizás tanto como China, un enemigo de Estados Unidos importante es el enemigo interno representado en la polarización creciente que se manifiesta, por un lado, en un liderazgo como el actual que echa por tierra todo lo que de admirable ha tenido este país en toda su historia y, por otro lado, en sectores de la oposición demócrata que plantean transformaciones radicales del orden político…
Transformaciones tales como abolición del senado; establecimiento del sistema de elección del presidente por voto popular en lugar del voto electoral por estados; aumento del número de jueces de la Suprema con la finalidad de revertir decisiones de esta, etc.