POR EDWIN PINEDA CARRASCO
La aparición de figuras populares con posibles aspiraciones políticas no debería sorprender a nadie en la República Dominicana. No son necesariamente la causa del problema. En buena medida son la consecuencia de un sistema político que durante años ha perdido capacidad para representar, inspirar y producir nuevos liderazgos.
El terreno estaba preparado. Una educación que todavía arrastra grandes deficiencias, barrios donde las oportunidades llegan tarde o nunca, desigualdad, clientelismo, corrupción y una juventud que observa cómo demasiadas veces las conexiones parecen pesar más que la preparación han debilitado la confianza en las instituciones.
En ese ambiente, quien logra escapar de la precariedad, construir una empresa, acumular riqueza y alcanzar millones de seguidores puede convertirse rápidamente en símbolo de éxito. Para muchos jóvenes representa algo que la política dejó de ofrecer: la sensación de que todavía es posible abrirse camino.
Pero ahí comienza una confusión peligrosa. El éxito económico no es formación de Estado. La popularidad no es liderazgo. La capacidad para dominar una audiencia tampoco demuestra capacidad para dirigir una nación.
Gobernar la República Dominicana significa enfrentar educación, seguridad ciudadana, salud, empleos, salarios, migración, energía, corrupción, deuda, institucionalidad y relaciones internacionales. Para eso no bastan carisma, intuición comercial ni millones de reproducciones. Se necesita preparación, equipos, equilibrio y una visión de país.
El problema es que los partidos tradicionales tampoco tienen autoridad suficiente para mirar este fenómeno con superioridad. Ellos mismos ayudaron a crear el vacío. Durante demasiado tiempo han producido candidatos con mayor facilidad que líderes y han convertido buena parte de la actividad política en una lucha por cargos, alianzas y posicionamiento electoral.
Nuestra política tuvo figuras que, con todos sus aciertos y errores, representaban concepciones reconocibles del país. Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez no eran solamente nombres en una boleta. Había detrás de ellos ideas, estructuras políticas, formación y una visión determinada del Estado.
Hoy cuesta mucho más identificar qué proyecto nacional representa buena parte de quienes aspiran a dirigirnos. Cambian los rostros y los eslóganes, pero persiste la sensación de que las grandes discusiones sobre educación, desigualdad, productividad, corrupción y fortalecimiento institucional quedan subordinadas a la próxima elección.
Redes sociales
Mientras eso ocurre, las redes sociales han creado una vía alternativa hacia el poder. Una persona puede alcanzar en pocos años una capacidad de comunicación que a un dirigente tradicional le habría tomado décadas construir. Eso democratiza la influencia, pero también puede convertir la notoriedad en una falsa certificación de competencia.
Los propios políticos lo saben. Por eso buscan fotografías, entrevistas, acercamientos y alianzas con figuras que controlan grandes audiencias. Algunos creen que pueden aprovechar su popularidad; otros temen enfrentarlas. En ambos casos reconocen una realidad: parte del poder de formar opinión ya se desplazó fuera de los partidos.
Ese cambio no debe demonizarse, pero tampoco romantizarse. Una democracia debilitada puede terminar buscando soluciones simples para problemas extremadamente complejos. Y cuando el descontento encuentra una figura carismática sin suficiente formación, proyecto o límites institucionales, la frustración puede convertirse rápidamente en aventura política.
La República Dominicana necesita renovación, pero renovación no significa sustituir políticos tradicionales por celebridades. Tampoco significa entregar el Estado a quien mejor domine un algoritmo. Significa formar una generación capaz de combinar conexión social con conocimiento, integridad, disciplina y sentido institucional.
El verdadero problema, por tanto, no es que un influencer pueda aspirar algún día a dirigir el país. Tiene el mismo derecho que cualquier ciudadano. El problema es que la política dominicana haya dejado un vacío tan grande que millones puedan comenzar a considerar la fama como sustituto natural del liderazgo.
Cuando las instituciones dejan de producir referentes, la sociedad fabrica los suyos. Y si la política no recupera credibilidad, formación y visión de futuro, no debería sorprendernos quién termine ocupando ese espacio. Porque el vacío nunca permanece vacío.
eepinedacarrasco@gmail.com
jpm-am


Trump elige a Susie Wiles como jefa del gabinete en Casa Blanca
Abinader entrega muelles en Río San Juan y Cabrera para la pesca
Primer Ministro Haití seguirá en Puerto Rico, su futuro es incierto
Juan Ramón Gómez Díaz: tenaz impulso a la TV dominicana
Miguel Sanó roba protagonismo con el bate en beisbol de Japón
Dominicano Ketel Marte sigue en lista restringida de Arizona
Aportes que hace la UASD
NY: Despiden a policía murió tras cirugía estética en la RD
Centro Banreservas realiza homenaje a Minier y Namnúm
RD supera dos mil millones de comprobantes electrónicos
Urólogo destaca engrosamiento peneano con ácido hialurónico
Bad Bunny cierra gira mundial con dos conciertos Puerto Rico
FP pide interpelar Ministro de Educación por «precariedades»


