POR LUIS M. GUZMAN
La abstención dominicana no solo revela cansancio electoral. También revela un vacío de representación que está siendo ocupado por nuevos actores digitales. Una parte de la ciudadanía ya no cree en los partidos, pero eso no significa que haya desarrollado mayor conciencia política. A veces simplemente cambió de intermediario, dejó de escuchar al dirigente y empezó a seguir al influencer.
Ese fenómeno no debe analizarse con desprecio ni con miedo generacional. No todo influencer es negativo. Hay comunicadores digitales que denuncian, informan, fiscalizan y acercan temas públicos a sectores que antes estaban lejos del debate. El problema aparece cuando la popularidad reemplaza la preparación y cuando la viralidad pretende sustituir la visión de Estado.
En una sociedad con débil formación cívica, la audiencia puede confundirse fácilmente con liderazgo. Alguien puede tener millones de reproducciones, gran capacidad de entretenimiento y enorme influencia emocional, pero no necesariamente tener proyecto, doctrina, equipo, preparación ni responsabilidad frente a las consecuencias de lo que promueve.
Ahí nace un nuevo riesgo, la influencia sin responsabilidad democrática. El político puede ser castigado en las urnas. El partido puede perder poder. El funcionario puede ser interpelado. Pero el influencer que desinforma, manipula, empuja una narrativa interesada o destruye reputaciones muchas veces no paga ningún costo público serio.

El problema no son los outsiders en sí. Una persona puede venir de fuera de la política tradicional y aportar ideas, sensibilidad, decencia y renovación. El problema es otro, la celebridad sin brújula convertida en opción pública. El personaje que confunde fama con legitimidad, audiencia con ciudadanía y ruido con liderazgo.
Esa nueva figura se mueve con facilidad porque muchas veces no tiene filosofía que defender. Hoy puede denunciar, mañana negociar; hoy puede indignarse, mañana callar; hoy puede decir que representa al pueblo, mañana servir de plataforma a intereses que el pueblo ni siquiera conoce. Como no tiene proyecto, tampoco se le puede exigir coherencia.
La abstención y el algoritmo se encuentran en un punto peligroso. El ciudadano se retira de la urna, pero no se retira de la influencia. No vota, pero comparte. No participa institucionalmente, pero obedece emociones digitales. No decide en el colegio electoral, pero ayuda todos los días a posicionar voces que pueden no tener ninguna propuesta real de país.
Así aparece el ciudadano políticamente ausente, pero digitalmente capturado. Se siente libre porque no vota por nadie, pero puede terminar arrastrado por tendencias, rumores, campañas emocionales o liderazgos líquidos que cambian según la corriente. Esa no es una ciudadanía más crítica; puede ser una ciudadanía más vulnerable.
La raíz del problema está en la desinstitucionalización. Cuando la escuela no forma ciudadanía, cuando la familia pierde autoridad moral, cuando el Estado abandona la educación cívica, cuando los medios privilegian el escándalo y cuando la política se convierte en espectáculo, no debe sorprender que el algoritmo termine educando al pueblo.
Una sociedad que deja de formar ciudadanos termina fabricando seguidores. Y un país de seguidores es más fácil de manipular que un país de ciudadanos. El ciudadano pregunta, compara, exige y decide. El seguidor reacciona, repite, idolatra y se mueve según la emoción del momento.
Por eso el desafío democrático ya no es solo reducir la abstención. Es reconstruir criterio. De nada sirve que más gente vote si vota confundida, manipulada o guiada por figuras sin proyecto. El voto debe regresar, sí, pero acompañado de conciencia, información, sentido crítico y responsabilidad ciudadana.
Cuando la urna pierde autoridad y el algoritmo gana poder, la política deja de ser una discusión sobre el destino nacional y se convierte en una competencia de impulsos. Ese es el peligro mayor, que el país no solo deje de votar, sino que cuando vuelva a hacerlo, lo haga conducido por quienes no saben hacia dónde van ni a qué intereses responden.
jpm-am


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