Las redes sociales representan uno de los mayores desafíos para la infancia porque ofrecen oportunidades para el aprendizaje, la comunicación y el desarrollo de habilidades. Pero el uso precoz, excesivo y sin supervisión de padres o tutores puede alterar el desarrollo cerebral, emocional y social de niños, niñas y adolescentes.
Esto se debe a que en la niñez el cerebro tiene un proceso de maduración intenso en la corteza prefrontal, que es la región responsable del juicio crítico, del autocontrol, la planificación, de la toma de decisiones y la regulación emocional.
Es sabido que la exposición continua a algunos contenidos aumenta el riesgo de dependencia, ansiedad, trastornos del sueño, depresión, baja autoestima, déficit de atención, aislamiento social, ciberacoso y hasta la distorsión de la imagen corporal.
Esta realidad ha trascendido el ámbito académico y ha llegado a las políticas públicas, donde varios países han impulsado medidas regulatorias para restringir el acceso a determinadas plataformas a menores de 16 años, controlar la exposición a algoritmos adictivos y exigir a las empresas tecnológicas acentuar la protección de la infancia.
Está claro que la exposición temprana y prolongada a las redes sociales es dañina y nociva para la niñez, porque la estimulación constante mediante notificaciones, videos de corta duración y mecanismos de recompensa inmediata favorecen patrones de uso compulsivo que interfieren con el desarrollo neuropsicológico.
Pero es oportuno resaltar que ninguna legislación sustituye el papel de los padres para establecer esos límites para el acceso a determinados contenidos en las redes sociales y para fomentar las actividades deportivas, culturales y familiares.
En todo caso, la mejor estrategia consiste en postergar el uso de las redes sociales hasta alcanzar cierto grado de madurez y llegado el momento, enseñarles a usarlas con criterio, equilibrio y sentido crítico. De esta forma se protege el desarrollo cerebral y al propio tiempo se garantiza una buena salud mental y un óptimo rendimiento académico.
Es importante subrayar que los niños no necesitan más horas frente a una pantalla; lo que realmente ellos requieren son más conversaciones, más lectura, más deporte, más contacto con la naturaleza y compartir más tiempo en familia.
Como pediatra clínico, considero que la educación digital debe asumirse como un componente esencial de la crianza moderna porque vivimos en la era de la internet y el teléfono inteligente y así como le enseñas a tu hijo a cruzar la calle con seguridad, también debes enseñarle a navegar en su entorno o mundo virtual.
Reitero que el uso precoz, inoportuno e inapropiado de las redes sociales durante la infancia es una epidemia insidiosa que influirá de manera negativa en las próximas generaciones.
jpm-am


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