La aprobación del nuevo Código Penal dominicano ha reabierto un debate de enorme trascendencia para la vida democrática de la nación: ¿se trata de una legislación destinada a proteger la dignidad y el honor de las personas, o de un instrumento que podría limitar la libertad de expresión y dificultar la denuncia de los abusos cometidos por quienes ostentan poder?
Las preocupaciones se han concentrado especialmente en el artículo 208, que contempla penas de prisión y multas por difamación realizada a través de medios de comunicación, plataformas digitales y redes sociales. Diversos sectores han advertido que estas disposiciones podrían limitar y hasta atropellar la libre expresión del pensamiento.
Más allá de los aspectos jurídicos y técnicos del debate, existe una cuestión moral y espiritual que interpela directamente a la Iglesia. Como comunidad llamada a encarnar los valores del Reino de Dios, la Iglesia no puede permanecer indiferente ante ninguna legislación que, de manera intencional o no, contribuya a silenciar las voces que denuncian la injusticia, la corrupción o el abuso de poder.
La misión de la Iglesia no consiste únicamente en anunciar la esperanza del Evangelio, sino también en confrontar todo aquello que degrade la dignidad humana y contradiga los principios de justicia establecidos por Dios. A lo largo de la historia bíblica, los profetas levantaron su voz contra reyes, gobernantes y estructuras opresoras cuando estas atentaban contra los más vulnerables. Su fidelidad no estuvo al servicio de los poderosos, sino de la verdad y de la justicia.
Sin embargo, la realidad contemporánea es cada vez más compleja. Los problemas sociales rara vez tienen una sola causa, y los mecanismos de poder suelen operar mediante estructuras difíciles de identificar. Por eso, una denuncia responsable no puede limitarse a reaccionar ante hechos aislados o coyunturales. Requiere discernimiento, análisis y una comprensión profunda de las causas que generan el sufrimiento colectivo.
Cuando la denuncia se queda en la superficie, corre el riesgo de convertirse en simple ruido mediático. Peor aún, puede terminar ocultando las verdaderas raíces de los problemas que pretende combatir. Por ello, aunque la Iglesia no está llamada a ofrecer soluciones técnicas a todos los desafíos sociales, sí necesita desarrollar la capacidad de comprender los fenómenos que afectan a la sociedad para orientar adecuadamente su mensaje restaurador.
La voz profética auténtica debe situarse en el punto de encuentro entre la reflexión seria y la sensibilidad pastoral. Necesita combinar el rigor del análisis con la pasión por la justicia. Sin ese equilibrio, la denuncia puede degenerar en activismo ideológico o en discursos moralistas sin capacidad transformadora.
Toda denuncia inspirada en el Evangelio debe estar motivada por la búsqueda de la justicia. Debe ser firme, pero también constructiva; crítica, pero al mismo tiempo reconciliadora. Su propósito no es destruir personas, sino confrontar el mal para abrir caminos de restauración. Debe defender al despojado y al oprimido, sin negar al opresor la oportunidad del arrepentimiento y la transformación.
Por eso, la Iglesia debe rechazar tanto la difamación irresponsable como cualquier intento de utilizar el aparato legal para intimidar, silenciar o castigar a quienes denuncian abusos reales. La defensa del honor personal no puede convertirse en un escudo para proteger privilegios injustos ni en una barrera que impida la rendición de cuentas de quienes ejercen autoridad.
La denuncia profética tampoco puede estar impulsada por intereses particulares. Su única recompensa debe ser la promoción de la verdad, la restauración de las relaciones humanas y la construcción de una sociedad más justa. Cuando la Iglesia habla proféticamente, lo hace asumiendo el dolor de los demás y solidarizándose con quienes no tienen voz.
Esta tarea exige transparencia, valentía y compromiso. Exige también una espiritualidad profunda, alimentada por la comunión con Dios y por una lectura seria de las Escrituras. La autoridad moral de la Iglesia no proviene de su posición social ni de su influencia institucional, sino de su fidelidad al Señor y de su identificación con el sufrimiento humano. Cuando la Iglesia escucha verdaderamente a Dios, inevitablemente escucha también el clamor de los oprimidos.
Asimismo, la denuncia profética debe cuidar su lenguaje. No puede reducirse a la polémica pasajera ni a la indignación del momento. Debe fundamentarse en principios permanentes, en valores trascendentes y en una visión histórica que trascienda las circunstancias inmediatas.
Por ello, las palabras pronunciadas hace siglos por figuras como Fray Antonio de Montesinos continúan resonando hoy como un llamado a la defensa de la dignidad humana frente a toda forma de opresión.
La República Dominicana necesita una Iglesia que no se acomode al sistema ni se convierta en cómplice silenciosa de sus distorsiones. Necesita una Iglesia capaz de discernir los tiempos, de defender la verdad con responsabilidad y de denunciar todo aquello que amenace la justicia y la libertad.
Si una ley sirve para proteger la dignidad de las personas, la Iglesia debe respaldarla. Pero si una ley termina favoreciendo la impunidad, restringiendo la crítica legítima o blindando los abusos de los poderosos, la Iglesia tiene el deber moral de levantar su voz con respeto, firmeza y valentía.
Porque el silencio frente a la injusticia nunca ha sido una virtud profética. La misión de la Iglesia es anunciar el Reino de Dios, y allí donde ese Reino se proclama, la verdad no puede ser encarcelada ni la justicia silenciada.
A lo largo de la historia, la cárcel, el destierro e incluso la muerte han sido el precio que muchos han debido pagar por denunciar los abusos de los poderosos y defender la verdad. Los profetas de Dios, así como todos aquellos que han procurado reflejar y proclamar su carácter justo, jamás han estado exentos de estos riesgos.
jpm-am


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La libre expresión del pensamiento y en general la prensa tanto escrita como radiales y digitales, redes que sean realmente serias…no tienen nada que temer. Ahora bien estos desbocados de @la tira”, “el detective”, “alofoke”, “nanoks TV”… eso as voces de infamia y descrédito..ahora tendrán que probar sus alocadas denuncias
Ninguna persona que haga uso de su sagrado derecho a la libre expresión y difusión del pensamiento y que lo haga con apego a la verdad y a la prueba, no tiene por qué preocuparse.
Lo que le duele a algunos desbocados es que a su uso irresponsable de la libertad de hablar, no les bastará un «supuestamente» o un simple «excúsame».