La palabra como poder

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo

POR E. MARGARITA EVE

Una palabra puede modificar una decisión, alterar una relación o marcar el rumbo de una vida. El lenguaje no es un recurso neutro ni inocente, sino una fuerza capaz de influir en la experiencia humana. La comunicación, entendida como proceso y no solo como expresión, interviene directamente en la construcción de la realidad personal y social.

La comunicación no se limita a la transmisión de información. Implica poder: poder para influir en la percepción, orientar conductas y generar consecuencias duraderas. Cada mensaje emitido produce un efecto, inmediato o progresivo, visible o intangible. Comunicar supone asumir responsabilidad sobre el impacto de las palabras.

Un ejemplo contemporáneo del alcance de una palabra puede observarse en el ámbito político. Se ha señalado que una declaración pública del entonces presidente Barack Obama, formulada en tono desdeñoso, fue interpretada como un desafío por Donald Trump.

Posteriormente, este hecho fue vinculado a su decisión de postularse a la presidencia de los Estados Unidos.

Desde una perspectiva estructural, el libro de comunicación de L. Ron Hubbard define la comunicación como el intercambio de ideas a través de un ciclo completo. Dicho ciclo se compone de tres elementos esenciales: causa, distancia y efecto. La causa origina el mensaje, la distancia representa su recorrido y el efecto corresponde a quien lo recibe y comprende.

Hubbard sostiene que la comunicación no se limita a emitir un mensaje, sino que requiere comprensión. La comunicación solo se completa cuando el mensaje es correctamente recibido y entendido por el otro. Cuando el ciclo funciona de manera adecuada, la comunicación contribuye a aclarar conflictos y restablecer el entendimiento.

Aun cuando el mensaje es comprendido, existe un factor que determina su verdadero alcance: la intención. Toda palabra porta una intención, consciente o inconsciente, que condiciona su efecto. Si la intención es dañar, la palabra hiere; si es manipular, confunde; si es destruir, fractura vínculos.

Sin embargo, no toda palabra que incomoda resulta perjudicial. Existen expresiones que confrontan o generan incomodidad momentánea, pero cuya intención es advertir, corregir o preservar. Cuando la intención está orientada a un fin constructivo, incluso una afirmación difícil puede cumplir una función preventiva.

Desde una perspectiva bíblica, la metáfora de la palabra como una espada de dos filos describe su capacidad para penetrar en la dimensión interior del ser humano. El énfasis del pasaje no está en la violencia, sino en la precisión del lenguaje como medio para discernir pensamientos e intenciones.

En este marco, la palabra es concebida como un instrumento de revelación y clarificación. Su función consiste en exponer lo que permanece oculto y permitir el análisis de la conducta y la motivación. Esta visión refuerza la idea de que el lenguaje posee una dimensión ética.

Jesucristo refuerza esta noción al afirmar que el cielo y la tierra pasarán, pero que sus palabras no pasarán. Esta afirmación subraya la permanencia del mensaje cuando está fundamentado en la verdad. La palabra adquiere así un carácter que trasciende el tiempo y las circunstancias.

En la vida cotidiana, la calidad de las relaciones humanas está estrechamente vinculada a la forma en que se comunica. Un uso impreciso o irresponsable del lenguaje puede deteriorar vínculos. Por el contrario, una comunicación consciente y clara puede contribuir a su fortalecimiento.

En síntesis, la comunicación representa una manifestación concreta del poder humano. Las palabras no solo transmiten información, sino que generan consecuencias reales. Usarlas con claridad, intención responsable y comprensión no es solo una habilidad, sino un compromiso ético.

emargaritaeve@gmail.com

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