Durante las últimas décadas, la izquierda ejerce una hegemonía política y cultural que se siente en todo Occidente y también en la República Dominicana. No siempre gobierna con mayorías absolutas, pero sí impone el marco del debate. Lo que se puede decir y lo que no queda previamente definido.
Esa hegemonía se consolida desde foros internacionales, organismos multilaterales, ONG y agencias de cooperación. Desde esos espacios se construyen narrativas que luego bajan a los Estados nacionales. Muchos países aplican agendas externas más por presión que por convicción propia.
Con el paso del tiempo, la izquierda global se desconecta de la vida cotidiana. Mientras la gente habla de empleo, seguridad y costo de la vida, el discurso de ellos se mueve en conceptos abstractos. La política deja de resolver y comienza a moralizar (son los más honestos).
Hoy ese modelo muestra un desgaste evidente. No es persecución ni teoría de conspiración; es cansancio social. Se prometen derechos sin explicar cómo se financian, inclusión sin orden y solidaridad con dinero público sin límites claros. El resultado es frustración ciudadana.
En ese escenario emerge una derecha más directa y sin complejos. En América, Donald Trump rompe el consenso progresista y desafía a las élites políticas y mediáticas. Más allá de simpatías, demuestra que el discurso dominante puede ser confrontado y vencido.
Ese giro se refleja con fuerza en Europa. Italia, Hungría, Países Bajos, Suecia y Finlandia donde ya gobiernan fuerzas de derecha o bajo su influencia directa. Francia, Alemania, Austria, Bélgica, España y Portugal se derechizan en discurso y agenda pública.
En estos países, la derecha no solo gana votos, gana narrativa. Migración, seguridad, soberanía y producción nacional vuelven al centro del debate. Incluso gobiernos de izquierda endurecen posiciones para no perder conexión con el electorado.
No se trata de desmontar logros sociales, sino de reordenarlos. La derecha plantea que sin control institucional, disciplina fiscal y autoridad del Estado, no hay política social sostenible. Esta idea deja de ser marginal y se vuelve sentido común político.
En la República Dominicana, la izquierda opera de manera blanda desde su élite gobernante, más discursiva que estructural. Se apoya en el clima ideológico internacional y evita enfrentar de fondo los problemas del Estado. Pero ese espacio se reduce a medida que cambia el entorno global.
La migración irregular se convierte en un punto de quiebre permanente. No es ideología, es capacidad real del país. Cuando hospitales, escuelas y servicios públicos se saturan, el discurso humanitario choca con la exigencia de orden y control.
En este contexto, se observa un movimiento silencioso pero constante. Dirigentes formados en la izquierda migran hacia posiciones de derecha o centro-derecha. No es un cambio moral, es una lectura clara del momento político y electoral.
¿Cuánto dura este ciclo? Si la derecha traduce discurso en resultados, se mantiene como eje dominante del poder entre 15 y 20 años en mi opinión. No estamos ante un nuevo orden mundial. Estamos, simplemente, poniendo el mundo y la casa en orden.
jpm-am


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