Hay momentos en los que la propaganda deja de ser un instrumento y se convierte en un síntoma. El supuesto ataque ucraniano con 91 drones contra una residencia de Vladimir Putin en Nóvgorod es exactamente eso: un síntoma de un Kremlin atrapado en su propio teatro, obligado a inventar amenazas para justificar decisiones que ya tomó de antemano.
Rusia asegura que derribó todos los drones. No muestra restos, no muestra daños, no muestra imágenes. Y lo más revelador: los vecinos de la zona dicen que no escucharon absolutamente nada. Ni explosiones, ni defensas antiaéreas, ni el ruido que produciría un ataque de semejante magnitud. Es como si el Kremlin quisiera que el mundo creyera en un bombardeo fantasma.
Este tipo de episodios no son nuevos. Forman parte de un patrón: Moscú fábrica incidentes, se declara víctima y luego utiliza esa narrativa para endurecer posiciones diplomáticas, justificar represalias o manipular a su propia población. El guión es tan viejo que ya ni siquiera sorprende, pero sí indigna.
Lo más preocupante es el contexto. Justo cuando se reportan avances en las negociaciones de paz entre Zelenski y Trump, aparece este “ataque” que, convenientemente, permite a Rusia anunciar que reconsiderará su postura. ¿Casualidad? Difícil creerlo, al ser un libreto repetido. Es más bien una jugada calculada para ganar tiempo, presionar y condicionar cualquier proceso diplomático…, ya eso es costumbre.
Mientras tanto, algunos gobiernos cómplices se apresuran a condenar el supuesto ataque sin esperar pruebas. Esa reacción automática es precisamente lo que el Kremlin busca: legitimar su narrativa antes de que la verdad pueda asomar la cabeza.
La guerra de Ucrania no solo se libra en el campo de batalla. También se libra en el terreno de la información, donde Rusia lleva años perfeccionando el arte de la mentira estratégica. Pero cada vez que el Kremlin inventa un ataque, no solo manipula a su audiencia: también revela su propia debilidad. Un poder seguro de sí mismo no necesita fabricar amenazas. Un poder inseguro, sí.
El “ataque de los 91 drones” no es un episodio aislado. Es un recordatorio de que la desinformación sigue siendo un arma central del régimen ruso. Y de que, mientras el mundo siga reaccionando a sus ficciones como si fueran hechos, Putin seguirá escribiendo su propio guión, aunque sea a costa de la verdad.
of-am


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