El pensamiento algorítmico simple

imagen
El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo

Uno de los rasgos menos publicitados de la racionalidad de la ya no tan nueva cultura cibernética, muy a pesar de que resulta notorio para docentes avispados y estudiosos de la lingüística y la semiótica social, es la creciente adopción por parte de muchos integrantes las nuevas generaciones de una forma de abordaje del razonamiento basado en respuestas rápidas, lugares comunes y contenido circular.

Es, para decirlo de algún modo, una especie como de pensamiento algorítmico simple, es decir, de reacciones o contestaciones extraídas no tanto del manantial profundo y voluminoso del cerebro humano “amueblado” como de las fuentes superficiales y pedestres de los exploradores de la red y, más concretamente, de las “paginas” o “medios interactivos” que son en la actualidad el principio y el fin de la vida social e individual.

Como se sabe, el algoritmo “biológico” es en general un mecanismo por excelencia de pregunta y respuesta en el razonamiento, pero bajo su forma de hoy (o sea, como instrucción derivada del lenguaje digital ideado en principio -por decirlo llanamente- para la “comunicación” entre el hombre y las máquinas) es en cierta medida el instrumento lógico en que se fundamenta el “pensamiento” de los aparatos modernos, y, la verdad sea dicha, es una maravillosa creación como estructura elemental de interacción-mandato entre ellos y los seres humanos.

(La manera de “pensar” a que se refieren estas notas -con las debidas disculpas por la vulgaridad del paralelismo- es lo que más se parece a las bulliciosas reproductoras de discos que se usaban a mediados del siglo XX en bares y restaurantes que se denominaban “velloneras”, a las que se les depositaba una moneda y, con ello, se activaba un sencillo mecanismo de búsqueda basado en teclas que movilizaban o fijaban pequeñas palancas en forma de brazos selectores, lo que daba paso a un “lector” de señales eléctricas (en forma de aguja) previamente grabadas en láminas de vinilo o acetato que terminaba engendrando voces y música).

Pero donde la cuestión se torna espinosa es cuando, como está ocurriendo ahora, la interacción genera una virtual relación de fusión y dependencia del ente humano respecto del aparato, y a la postre organiza la forma de pensar de aquel conforme al estilo algorítmico simple de este último. Es decir: cuando el individuo comienza a “pensar” como las máquinas y no, como se procuraba y se procura, a la inversa: que éstas “piensen” como el individuo.

Y no hay que engañarse: eso que se acaba de señalar podría parecer un insignificante e inofensivo cambio de roles, o una elemental inversión de lógica con consecuencias inmediatas a favor del ocio o del rápido progreso humano, pero la verdad es que en los hechos su impacto en la vida social empieza a resultar dramático para la humanidad: conocimientos escandalosamente limitados y subsecuente visión estrecha de la realidad, confinamiento identitario y consiguiente falta de empatía respecto del congénere, e ideas basadas en presupuestos mecánicos con su secuela inevitable: un enfoque deshumanizado de la vida y el vivir.

Más aún: el asunto se complica no sólo porque el aparato prácticamente se apropia de la vida de la persona (controlando su tiempo, su agenda, sus gustos, su comportamiento individual y social, etcétera), sino también porque le impone a esta “su” forma de pensar y actuar: al margen de las emociones, los sentimientos y los valores, y sobre todo “superando” y eliminando los grandes dilemas éticos construidos por la civilización (el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, etcétera) por conducto de una banalización de su naturaleza y sus efectos que se presenta en forma de un maniqueísmo “anacrónico”, “desfasado” o “romántico”.

(Conviene aclarar que es adrede la no mención aquí del otro efecto devastador del uso de los algoritmos pedestres: como herramienta de inducción en el mercado o en el pensamiento para la creación de gustos artificiales o “sugeridos” o para crear percepciones cimentadas en los intereses de los controladores de los medios e imponer narrativas y formas falsas de conciencia individual o colectiva… El tema es tan amplio, intenso e importante que requerirá otra entrega).

Por supuesto, esa eliminación de los dilemas éticos hace tiempo que había comenzado en la sociedad a resultas de la quiebra del humanismo y los valores morales en la práctica diaria de las religiones, el desprestigio de las ideas y los proyectos políticos transformadores, la insurgencia de estilos extremistas y aspaventosos del librepensamiento, el debilitamiento de la familia como célula primigenia de la cultura y la civilización, y muy particularmente con la nunca bien alabada victoria del utilitarismo y el pragmatismo en la conciencia y la existencia cotidiana de la gente, una victoria que ha permitido la resurrección del darwinismo social y ha normalizado cierto canibalismo económico-financiero.

Además, conviene no olvidar que el pensamiento algoritmo tipo “vellonera” ha sido caldo de cultivo para el surgimiento del neoconservadurismo populista (y esto se dice aquí sin reflexionar sobre sus formulaciones y sin que sirva como excusa a sus maximalismos de ideas o de acciones) a través de apelaciones a la “grandeza” del pasado, del retorno al nacionalismo extremo y al providencialismo caudillista y, como herramienta sustituta de toda racionalidad, de la colocación estratégica en los discursos públicos y la retórica sociopolítica de frases tipo “cohete” que no resisten el más mínimo análisis.

(En buena medida, valga la insistencia, ese pensamiento algorítmico simple también explica el auge actual del neoconservadurismo populista porque sus proclamas “tocan” y reactivan la áreas vitales de mayor sensibilidad de ciertas mayorías nacionales -las mas de las veces construidas con sumas coyunturales de minorías ingenuas o radicales- legítimamente indignadas por la indolencia de las elites políticas tradicionales ante los retrocesos del bienestar personal).

Desde luego, lo que está ocurriendo ahora es que, a caballo de la muerte de los dilemas éticos, estamos en presencia de un fenómeno más asombroso e impactante: la seducción hacia la rebeldía “con causa”, el individualismo egocéntrico o el nihilismo ya no son generados -como acontecía antes- por febriles ideas filosóficas o fascinantes paradigmas sociales e históricos, e increíblemente se articulan alrededor de arengas o personalidades casi circenses que se presentan como “salvadores” o nuevos mesías sin exhibir referencias de compromisos con la gente y enrostrando estilos de vida altamente cuestionables de cara a toda escala de valores.

Todavía más: en la actualidad las apuestas y tendencias hacia la rebeldía (más “sin causa” que “con causa”) se originan en las pantallas de los ordenadores (y específicamente desde las llamadas “redes sociales” digitales), las que, dado que carecen de moralidad en sí mismas y se constituyen en refugios del anonimato irresponsable para dar pie a la proyección de todo lo bueno y lo malo que puede crear el ingenio humano, se desvinculan de lo colectivo o general y básicamente enfatizan en situaciones o preocupaciones de personas o grupos que han formado una alianza circunstancial frente al “desorden” del orden establecido.

Y una advertencia final: si todo lo dicho hasta este momento no encuentra atascos o límites en el futuro inmediato, la combinación entre la tipología de pensamiento que se reseña y la preeminencia de las pantallas de los ordenadores en las matrices de contenido del razonamiento hace que cobren cuerpo la sospecha y el temor de que, con el desarrollo de la inteligencia artificial, sobrevenga primero un ciclo de confrontación entre la máquina y el ser humano, y después, si es que sobrevivimos, una era de totalitarismo de la voluntad automatizada al mejor estilo orwelliano.

En otras palabras: aunque es muy difícil hacer pronósticos con respecto a dónde exactamente nos puede conducir el pensamiento algorítmico simple hoy en boga (sobre todo porque se trata de una forma de pensar generalizada y en plena dinámica de expansión entre las nuevas generaciones), si juzgamos a partir de las experiencias que ha conocido la humanidad a lo largo de su historia con circunstancias, grupos humanos y personajes parecidos a los del presente, por desventura no luce que será hacia buen destino… Pero, claro, la esperanza es lo último que se pierde, y ojalá y quien escribe termine en todo ello equivocado de medio a medio.

 jpm-am

 

Compártelo en tus redes:
ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.
0 0 votos
Article Rating
Suscribir
Notificar a
guest
0 Comments
Comentarios en linea
Ver todos los comentarios