Hay momentos en la historia de un país en los que el mayor peligro no proviene de una crisis económica, de una amenaza externa o de un desastre natural, el verdadero riesgo aparece cuando la política deja de ser un instrumento de servicio para convertirse en un refugio de la degradación moral, la mediocridad y la pérdida de valores, tal como está aconteciendo en RD en estos momentos.
La República Dominicana atraviesa una etapa que debe llamar profundamente a la reflexión. Cada vez resulta más evidente la peligrosa normalización de conductas que hace apenas unos años habrían sido rechazadas de manera categórica por la sociedad. Hoy parece que todo vale. Se promueven figuras cuya trayectoria genera controversias, se privilegia el espectáculo por encima de la capacidad, y el discurso responsable cede espacio a la vulgaridad, al insulto y a la confrontación permanente.
Más preocupante aún es cuando la simbología presidencial, que representa la institucionalidad y la unidad de todos los dominicanos, termina asociándose con actividades de promoción política que, lejos de elevar el nivel del debate democrático, proyectan una imagen que muchos ciudadanos consideran incompatible con la dignidad que merece la más alta investidura de la nación.

La política no puede convertirse en una plataforma donde la fama sustituya al mérito, el dinero sucio desplace a los principios o la influencia pese más que la integridad. Cuando una sociedad deja de exigir preparación, decencia y compromiso ético a quienes aspiran a dirigir los destinos del país, comienza un proceso silencioso de deterioro institucional que termina afectando a toda la nación.
El pueblo dominicano merece líderes que inspiren respeto, confianza y esperanza. Merece representantes que sean ejemplo para las nuevas generaciones y que comprendan que el ejercicio del poder implica una enorme responsabilidad moral, además de política.
No se trata de descalificar personas por simpatías o diferencias partidarias, se trata de defender un principio fundamental. La calidad de la democracia depende, en gran medida, de la calidad de quienes aspiran a gobernarla. Cuando se rebajan los estándares éticos y se normaliza la degradación del debate público: pierde la política, pierde la institucionalidad y pierde el país.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. La democracia dominicana necesita elevar el nivel de la discusión pública, fortalecer sus instituciones y recordar que la política debe ser un espacio para el servicio, la honestidad y el compromiso con el bien común, nunca un escenario donde la vulgaridad sustituya los valores ni donde la ambición personal se imponga sobre el interés nacional.
La historia demuestra que las grandes naciones no se construyen sobre la improvisación ni la degradación de sus instituciones. Se construyen sobre el respeto, la ética, la responsabilidad y la capacidad de elegir líderes que honren la confianza del pueblo. Porque cuando la política se degrada, no pierde un partido… pierde toda la República Dominicana.
JPM

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Amigo escriba un artículo sobre esta idea: “ Situviéramos paneles solares en las vías públicas, que en 2 años sería gratis, y cero combustibles fósiles , que le parece?. Dominicanos, vamos a empoderarnos por este proyecto, que es el futuro de la energía eléctrica en el mundo.
en todos estoy de acuerdo pero los publicado no encaja con las clase politica de del pais por que aqui los politica tinen su propia ajenda acerse rico ellos y su miguitos y su familista y nada mas.
Y mas degradada de lo que esta, con riferos, narcos, truanes, pedofilos, homosexuales, ladrones,y demas yerbas aromaticas.