Con frecuencia, los ciudadanos caen en la trampa de proyectos políticos carentes de ideología clara, que prometen cambios sin ofrecer transformaciones reales. Estos partidos, lejos de representar los intereses de la mayoría, terminan arropados por una élite empresarial cuyo poder económico condiciona las decisiones del gobierno. De este modo, se debilita la democracia y se abre paso a una plutocracia moderna, evocando los vestigios históricos de Cartago y Corinto, donde el dinero imponía su ley sobre la voluntad popular.
La plutocracia es un sistema en el que el poder político reside en los más ricos, ya sea de forma directa o mediante la influencia desproporcionada de grandes fortunas y corporaciones sobre las decisiones estatales. En este modelo, el gobierno termina al servicio de unos pocos, cuya prioridad es el enriquecimiento propio, ignorando el bienestar colectivo y profundizando las desigualdades sociales.
En contraste, el centralismo democrático propone una organización política en la que el poder emana del pueblo y se ejerce en su beneficio. La distribución del ingreso es más equitativa, la calidad de vida mejora para un mayor número de personas y las decisiones se toman por consenso mayoritario, acompañadas de una estricta rendición de cuentas. Este sistema tiene raíces en regímenes socialistas y comunistas, donde el Estado asume un rol protagónico en la justicia social.
La democracia representativa, por su parte, se basa en la libertad de expresión y participación ciudadana. En ella, el pueblo elige mediante sufragio universal, libre y secreto a sus representantes —diputados, senadores y presidentes— para que legislen y gobiernen en su nombre, buscando el bien común y defendiendo los intereses de la mayoría.
Sin embargo, en América Latina y el Caribe, esta democracia ha sido progresivamente permeada por grupos de gran poder económico. Con la anuencia de autoridades electas, dichos sectores influyen en las decisiones del Estado, desplazando la voluntad popular y acercando el sistema político a una forma de plutocracia encubierta.
Un ejemplo evidente es la paralización de la reforma fiscal. El sector empresarial, aliado del gobierno, se opone a una mayor carga impositiva y a la eliminación de subsidios, argumentando que estas medidas afectarían sus ganancias. También se debate la regulación de la mano de obra haitiana, ampliamente utilizada incluso por el propio Estado, mientras se ignoran las consecuencias sociales de esta práctica para el trabajador dominicano.
Este panorama revela que el Congreso, la Presidencia de la República y el Poder Judicial están fuertemente influidos por sectores que históricamente se han creído dueños de la nación. Quien aspire a gobernar debe someterse a sus postulados o arriesgarse a ser desplazado del poder. En este contexto, el presidente Luis Abinader, considerado uno de los hombres más ricos del país, aparece como una figura cercana a los intereses de la plutocracia que hoy marca el rumbo nacional.
Mientras los sectores empobrecidos se conformen con recibir 150 dólares al año como “La Brisita Navideña”, una dádiva mensual de 2,500 pesos, o vendan su voto por 2,000 pesos cada cuatro años, el futuro de la República Dominicana seguirá marcado por el aumento de la pobreza y la indigencia. Las consecuencias serán negativas para el desarrollo económico, la cohesión social y la sostenibilidad democrática.
La verdadera democracia no se compra ni se hereda: se construye con conciencia, participación y justicia social.
of-am

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