En nuestras frecuentes visitas a Jarabacoa, donde algunos insisten es posible vivir una eterna primavera, suelo tener presente al inmenso Nicolás Guillén, principalmente cuando dirijo la mirada a algunas de sus destrozadas montañas y soporto, a diferencia de otros tiempos, cómo las condiciones climáticas han cambiado significativamente asumiendo matices propios del trópico caribeño.
Allí, tal como está aconteciendo en otros puntos paradisiacos de la geografía dominicana, la lucha entre el añorado pasado bucólico y las despiadadas manifestaciones de la llamada modernidad, luce ser una miserable y desalmada constante.
Lo frecuentemente percibido es una especie de enervante realidad, geográfica y climática, que tiende a invitarnos a vivir amargamente de los recuerdos y los agobiantes clamores.

Laceración del verdor
Sin transformarnos en coléricos adversarios radicales del denominado avance natural de los pueblos, sobre la base de una visión y misión sustentada en la sostenibilidad y el equilibrio en todos los órdenes, es necesario resaltar que en las entrañas de la ayer imponente y exuberante Cordillera Central, concretamente en el lar jarabacoense, cada día asume mayor dimensión la laceración de su verdor, la sequedad de su suelo y el irresistible calor caribeño como consecuencia de una improcedente conducta colectiva y una desnaturalización del cacareado progreso.
La agresión continua y sistemática a que está siendo sometida la madre naturaleza ha posibilitado que el ayer terreno espléndido, acogedor y lozano de Jarabacoa, en el presente se haya convertido, desgraciada y paulatinamente, en un deprimente escenario donde el cáncer del ecocrimen engendra intolerables y lacerables consecuencias citadinas.
Es ese tétrico panorama el que nos conduce a evocar al inmortal Guillén, hijo distinguido y ejemplarizante de Camagüey, La Tierra de los Tinajones, en la Isla Fascinante, cuna de El Gran Martí, cuando en su revelador poema El Bosque Enfermo, expresa verdades similares a las que actualmente posibilita una breve mirada serena y penetrante a las destrozadas elevaciones jarabacoenses cercanas a los tramos carreteros.
Al cierre de las presentes y sencillas puntualizaciones, oportuna es la ocasión para reproducir a continuación un fragmento de la referida obra poética del talentoso cubano. Veamos:
El bosque se ha enfermado.
Hay sitios donde está
la piel cuarteada, seca, dura.
¿Lepra tal vez, o sífilis?
No; parece que no.
A lo que se ve y se sabe de otros casos,
le está naciendo una ciudad.
Oh maestro del verso realista y sublime, cuánto me obliga tu prosa a pensar en la coincidencia y la premonición en la vida…
JPM


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