Quienes siguen con atención los acontecimientos de interés internacional no pueden pasar por alto lo que ha venido ocurriendo con las principales cumbres regionales y extrarregionales convocadas en las últimas semanas.
Lo que se ha puesto en evidencia es que estos encuentros, pensados originalmente como espacios de diálogo y concertación de políticas entre Estados, están atravesando una crisis de legitimidad y eficacia que no se puede seguir ocultando.
La reciente posposición de la Cumbre de las Américas, prevista para celebrarse en la primera semana de diciembre en Punta Cana, ha sido el punto de partida de una cadena de eventos fallidos.
A pesar de que otras cumbres lograron realizarse —como la CELAC-UE y la COP30— todas arrastraron serias debilidades en términos de representatividad, participación efectiva y resultados concretos.
El caso de la Cumbre de las Américas es especialmente significativo por su simbolismo. Se trataba de un evento con sede en territorio dominicano, en uno de los polos turísticos más emblemáticos del Caribe, que de haberse realizado con éxito, habría elevado el perfil diplomático del país anfitrión.
Sin embargo, el Ministerio de Relaciones Exteriores emitió un comunicado anunciando su posposición, alegando que “no existía el ambiente adecuado para un diálogo constructivo y de resultados”. Una afirmación formalmente correcta, pero que esconde elementos más complejos que conviene considerar.
Cumbre CELAC-Unión Europea.
La exclusión previa de Cuba, Nicaragua y Venezuela del listado de países invitados fue una de las causas principales del colapso anticipado de esta cumbre.
Esa decisión, que puede tener justificaciones ideológicas o de principios democráticos, terminó generando un efecto dominó: México y Colombia, dos países clave en el engranaje regional, anunciaron su ausencia en señal de protesta, alegando falta de inclusión.
Si bien es válido cuestionar la legitimidad democrática del régimen venezolano, que ha operado al margen de los estándares internacionales y se ha sostenido mediante represión e intolerancia, los casos de Nicaragua y Cuba tienen otras aristas.
República Dominicana mantiene relaciones diplomáticas formales con ambos países, y el deber de un anfitrión es garantizar la inclusión mínima para que el diálogo tenga sentido.
No se puede convocar a una cumbre hemisférica pretendiendo imponer un filtro que excluya de antemano a actores con los que, queramos o no, hay que tratar.
El retiro de líderes como Lula da Silva y varios mandatarios del Caribe acentuó el aislamiento de la cumbre. En ese contexto, la decisión dominicana de posponerla luce más como una retirada forzada que como una medida estratégica.
La Cumbre CELAC-Unión Europea, celebrada en Santa Marta, Colombia, también reflejó el desgaste de estos foros. Solo seis jefes de Estado asistieron activamente, y del lado europeo, apenas estuvo presente el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.
La ausencia dominicana puede leerse como una respuesta diplomática a la no participación de Petro en la Cumbre de las Américas, o como parte de un conflicto más profundo, influido por presiones externas, incluyendo las de Washington y sectores alineados con Donald Trump.
COP-30
En este clima tenso, la COP30 tampoco cumplió las expectativas. Aunque tuvo mayor asistencia, se vio debilitada por la ausencia de líderes claves.
Se comenta que, tras saber que Lula no iría a la cumbre de Punta Cana, el presidente Abinader —quien había anunciado con entusiasmo su presencia en la COP— también canceló su participación.
La representatividad se redujo aún más con la ausencia de Estados Unidos y la no participación de China a nivel presidencial, justo los dos países más contaminantes del planeta.
El patrón se repite: tres cumbres marcadas por apatía, división política y falta de liderazgo. No es que los foros multilaterales ya no sean necesarios, es que, en su forma actual, han perdido utilidad.
La diplomacia regional necesita reinventarse con espacios más abiertos y menos ideologizados, si quiere recuperar su capacidad de convocatoria y acuerdos efectivos.
SANTO DOMINGO.- El ex presidente de la Junta Central Electoral, Roberto Rosario, opinó que el método D´Hondt es lo que más le conviene al sistema político y electoral de la República Dominicana.
El también dirigente del partido Fuerza del Pueblo advirtió que buscar otra alternativa podría propiciar que las organizaciones políticas grandes saquen de circulación a los pequeños.
Consideró que este sistema es garantista de la representatividad de las organizaciones grandes y emergentes.
Rosario también entiende que obliga a los partidos presentar los candidatos más idóneos y preparaos, además de populares.
ESTE SISTEMA FAVORECE A CANDIDATOS CON MAS DINERO
No obstante, dijo que uno de los inconvenientes de este sistema de reparto de escaños para diputados, regidores y vocales es que tiende a favorecer al candidato que tiene más dinero.
Posiciones a favor y en contra se han desatado luego que el presidente del Tribunal Superior Electoral, Ygnacio Pascual Camacho, planteara que es tiempo de que los partidos y la Junta Central Electoral propicien la revisión del método D´Hundt.
La Junta Central Electoral ratificó su posición a favor del uso de este mecanismo en el reparto de escaños de las candidaturas plurinominales, posición que asumió desde el año 2021, cuando propuso modificaciones a las leyes 33-18, sobre Partidos Políticos, y 15-19, Orgánica del Régimen Electoral.
Comienzo consignando que este trabajo de reflexión y nostálgico, es aleatorio, donde no están todos los que son, ni son todos los que están, aspirando recordar una pléyade de políticos modélicos que constelaron el firmamento vernáculo a raíz de culminar en un charco de sangre la figura y el régimen oprobioso del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo el promisorio, anhelado y redentor 30-05-1961.
Expreso un sentido y merecido homenaje de reconocimiento a estos prohombres que jalonaron la etapa posterior al ajusticiamiento del tirano, sirviendo con pulcritud y desinterés al país, hoy eclipsado por el deleznable torrente de contravalores que sacude el degradado escenario político nuestro, sirviéndose del país, con un fardo degradante y condenable de corrupción, conforme reseño.
Bosch
El mundo político dominicano reciente ejerciendo la democracia, comienza el 23-02-1963 instaurando al líder anti trujillista del exilio y afamado escritor Juan Bosch, quien en los primeros comicios libres desde 1924, en la boleta electoral del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), venció al doctor Viriato Fiallo, representante y personero de la apenas balbuciente oligarquía el 20-12-1962, con votación 628,044 contra 317,327.
Aunque resultó asaz cuestionable que en su estrategia de campaña Bosch se afincó en “Borrón y cuenta nueva”, eximiendo de perseguir al entorno trujillista vinculado a crímenes y latrocinios, resulta imposible eliminar la mancha de contemporización con lo indebido que esa tesis esgrimió para lograr el triunfo electoral.
Empero, el presidente Bosch ejerció el poder en apenas siete meses de mandato con acrisolada pulcritud y respeto a los dineros del contribuyente, y su breve ejercicio fueron consecuencias de los postulados de la Constitución del 30-03-1963, instituyendo la enseñanza pública laica, no reelección, y el más detonante expediente, el límite a la propiedad rural, en una sociedad en la que los terratenientes constituían el poder económico de entonces, cuando no existían poderes económicos turismo, zonas francas y remesas de hoy, añadido la sombra del narcotráfico.
El país recuerda que en los apenas siete meses de gestión constitucional del presidente Bosch, destituyó por acusaciones de supuestas indelicadezas administrativas a Diego Bordas, ministro de Industria y Comercio, a Abraham Jar y Virgilio Gell, asistentes del gobernante, aunque concerniente a Gell, resultó desencuentro romántico entre Milagros Ortiz Bosch y Virgilio, casos de los cuales Bosch se curó en salud de ser ciertas o reales las denuncias que circularon en los medios noticiosos radiales, televisados La Voz Dominicana y Rahintel, los tres diarios de entonces, El Caribe, La Nación y La Información.
El resto de los funcionarios que acompañaron a Bosch estrenando la democracia dominicana luego de su colapso desde el 23-02-1930 cuando el joven brigadier de 30 años y jefe del Ejército, Rafael Leónidas Trujillo, traicionó a su presidente y Comandante en Jefe, el presidente Horacio Vásquez, demostraron un comportamiento correcto, aferrados a la ética y transparencia con los recursos del contribuyente.
Balaguer y Julio Sauri.
Balaguer
Excluyendo crímenes y represiones apañados por el presidente Joaquín Balaguer en sus primeros doce años de mandato (1966-1978), libre de la coyunda del tirano, y circulación de rumores en contratos de obras públicas con la dudosa pulcritud del grado a grado, es pertinente recordar y ponderar el acrisolado desempeño público de figuras como Bienvenido Martínez Brea, Manuel Alsina Puello, Ricardo Regús Rodríguez, Eduardo Estrella Virella, Luis M. Bonnet, Frank Piñeyro, Luis Julián Pérez, Diógenes Fernández, superbos gobernadores del Banco Central, y el actual Gobernador Héctor Valdez Albizu, sin afiliación política, hermanos José y Hermes Quezada Torres, Simón Tomás Fernández Pichardo, Alfonso Petit, modélico administrador Banco de Reservas, Víctor Hidalgo Justo, notable y recto ministro de Educación, Atilio Guzmán, Pedro Gil Iturbides, Pedro Manuel Casals Victoria, Fernando Amiama Tió, José Andrés Aybar Castellanos, su hijo José Andrés Aybar Sánchez, Mario Read Vittini, Joaquín Ricardo García, Licelott Marte Hoffiz, Raúl González, Polibio y Bernardo Díaz, Víctor Gómez Bergés, Pedro Bretón, José Frank Cuello Nouel, Juan Arístides Taveras Guzmán, Fernando Infante, Prim Pujals Nolasco, Manuel de Jesús Viñas Cáceres (Meme), Gilberto Castellanos, y la supernova de todos, Julio Sauri González, administrador CDE doce años y salió pobre, residiendo en casa rentada.
Imperaban en estos superbos funcionarios públicos además de arraigada ética como norma de conducta, elevado espíritu de servicio público para acompañar al presidente Balaguer en su libre debut ejerciendo el poder.
El presidente Balaguer formalizó acuerdo político con el Partido Revolucionario Social Cristiano, destacándose por su acrisolado desempeño público Guido De Alessandro Tavárez (Yuyo), Teófilo Tabar (Quico), Abigail Cruz Infante (Ito), Caonabo Javier Castillo (Caíto), Guillermo Carám Herrera, recién fallecido, Francisco Córdova Antón (Chico).
Salvador Jorge Blanco.
PRD
El PRD tiene su cuota de servidores públicos intachables comenzando por los presidentes Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Hipólito Mejía y Luis Abinader, Raquel Peña, Hugo Tolentino Dipp, Milagros Ortiz Bosch, Deligne Asención, Milton Ray Guevara, Fulgencio Espinal, Tonito Abréu, Andrés Bautista, Tirso Mejía Guzmán, José Michelén, Vicente Sánchez Baret, recién fallecido, y hermanos Sofía y Lorenzo, José Ignacio Paliza, Carolina Mejía Santos.
Referente al caso acusado de corrupción al presidente Salvador Jorge Blanco, por consentir alterar precios piñas y vehículos BMW para favorecer a Leonel Almonte y a Juan Tomás Peña Valentín, devino sobreseído por vicio político, correctamente dispuesto por el presidente Hipólito Mejía, y conforme cuanto percibí y escribí en su momento.
Uno de los defectos de Salvador Jorge Blanco, como humano tenemos todos, nunca consistió en corrupción, debido a que cuando asumió el poder era consultor jurídico del Banco Popular, Gulf y Western, Bonanza Dominicana y Yapur Dumit, con honorarios profesionales por sobre los RD$400 mil mensuales, una suma considerable entonces cuando la prima del dólar la dejó RD$2.80 x 1.
Además Salvador Jorge Blanco mostró siempre modestia en su vivir, poseyendo una cabaña en la avenida Salvador Estrella Sadhalá, de Santiago, y otra residencia modesta en SD, así su sobrio estilo de vestir y conducir su vida privada y pública, que consta al autor.
En ese mismo criterio, el presidente Antonio Guzmán resultó intachable ser humano, y como gobernante, y la supuesta acusación de incurrir en corrupción formulada por el presidente Jorge Blanco, más bien entra en los enredos, forcejeos y desacuerdos políticos personales, generados entre los dos gobernantes, que a la realidad de acusación temeraria e irreal inconducta sin pruebas del impoluto presidente Guzmán, también sobrio en su vida privada y pública y en su sencillo vestir y compartir, que también consta al autor, tratándolo muy de cerca debido a que es el único compadre que he tenido en mi vida, asi su esposa Renée mi única comadre.
Bebecito Martínez Brea.
Preciso advertir al lector que describo personas que actuaron desempeñando responsabilidades públicas sin que hasta hoy fuesen señalados de incurrir en indebidos, porque no es posible señalar a persona alguna de honesta, sin administrar recursos ajenos, que es la prueba de si incurrió en ilícitos o cumplió el juramento de aceptar la posición pública.
Además, el lector deberá entender que en esta entrega describo algunos de entre muchos funcionarios públicos que desempeñaron con honestidad sus compromisos públicos, demostrando que cuando se quiere, se puede ser honesto.
Reconocimiento
Este trabajo de paciencia e investigación podría constituir un ejercicio de ponderación a nuestro gobernante Luis Abinader organizar una ceremonia de reconocimiento a estas personas y otras omitidas, porque todos no cabrían en una crónica periodística breve, porque la intención se remite a considerar como ejemplos de prístina conducta pública a algunos funcionarios de los partidos políticos principales, en el contexto filosófico de gobernar de nuestro mandatario reconocer y premiar la transparencia y honestidad en el desempeño público, uno de sus notables aportes a la democracia, al país y a la historia, formalizar y cortejar la democracia como sistema de gobierno más amigable y provechoso para los ciudadanos de un país, en este caso, el nuestro.
Leonel Fernández.
Leonel
Concerniente al PLD en presidencia Leonel Fernández, sus tres administraciones fueron salpicadas de corrupción casos Odebretch, Autopista del Coral, cesión área base naval Sans Souci al mayor consorcio corporativo del país, resultando intachables Rafael Alburquerque, Franklyn Almeyda Rancier, José Joaquín Bidó Medina, Bautista Rojas, Radhamés Jiménez, por citar algunos que procedieron sin acusaciones de peculado en el desempeño de sus obligaciones públicas.
Danilo
Las dos gestiones del presidente Danilo Medina, como nunca antes en la historia, fueron señalados varios entramados de corrupción entre cuñados, Caso Calamar, y jefe de Seguridad del gobernante, Caso Coral, sin que distante cinco años de culminar su gestión, los tribunales no han dictado una sola sentencia condenatoria contra acusados de desfalcar al erario por sumas escandalosas, esquema que no se produjo en las tres administraciones del presidente Fernández.
La Constitución asigna al Congreso la función de «ente rector» del control de los fondos públicos, un mandato histórico que, por su incumplimiento, se ha convertido en el principal combustible de la corrupción sistémica.
La arquitectura de nuestro Estado, diseñada en la Constitución, es clara. El Artículo 4 establece una separación de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) y el Artículo 93 asigna al Congreso Nacional dos funciones primordiales en representación del pueblo: legislar y fiscalizar.
Sin embargo, mientras los debates legislativos ocupan las portadas, la segunda función, la fiscalización, pilar fundamental del equilibrio de poderes, se ha convertido en letra muerta. Esta omisión histórica es, quizás, la raíz más profunda de la corrupción administrativa que hoy calificamos de «sistémica».
No hablamos de una atribución secundaria. El Artículo 246 de la Carta Magna es contundente al erigir al Congreso en el «ente rector y central» del control sobre el patrimonio, los ingresos, los gastos y el uso de los fondos públicos.
Según este mandato, la Cámara de Cuentas y la Contraloría General están en un segundo y tercer plano, subordinadas a esta rectoría legislativa.
La realidad
La realidad es una desconexión total entre la norma y la práctica. Se postula un fracaso histórico (1844-2025) en el cumplimiento de este rol. En la gestión gubernamental actual (2020-2025), esta inacción persiste. Vemos un desfile de debates sobre el gasto y la deuda, pero el control estratégico, la fiscalización real sobre el destino de los fondos, brilla por su ausencia.
Es crucial hacer una aclaración de competencias: esta labor de control no compete al Poder Ejecutivo. La Presidencia de la República no puede, ni debe, ser el fiscalizador del Estado; esa es la antítesis del balance de poder.
La consecuencia directa de este vacío de poder fiscalizador es la corrupción estructural. Esta se ha arraigado por dos razones clave: primero, el incumplimiento flagrante del Congreso de su deber constitucional; y segundo, la inexistencia de una Ley del Régimen de Consecuencias.
Como bien reza el adagio, «la norma sin sanción es un poema». Este incumplimiento es posible porque no tiene castigo.
Para corregir estas distorsiones éticas y jurídicas, se plantean reformas de fondo, una verdadera reingeniería del Estado.
Poder controlador
La tesis central es que, ante la ineficacia demostrada, la función de control debe ser traspasada del Congreso a un nuevo y autónomo «Poder Contralor». Esta nueva entidad de rango constitucional debería nacer de la fusión de la Cámara de Cuentas, la Contraloría General, la Dirección de Ética (DIGEIG) y las diversas superintendencias de control sectorial.
Paralelamente, el Congreso debe saldar su deuda legislativa y aprobar con urgencia tres piezas:
1. La Ley del Régimen de Gobierno, para definir el vacío que deja la Constitución.
2. La Ley del Régimen de Consecuencias.
3. La Ley de Responsabilidad Penal, Civil y Administrativa del Cuentandante.
Mientras estas reformas estructurales se debaten, la obligación constitucional del Congreso Nacional sigue intacta. No pueden esperar a que se cree un nuevo poder para cumplir con la ley.
Lograr una gestión pública ética, jurídica, eficiente y transparente es su responsabilidad directa, hoy. Sin un régimen de consecuencias, el Congreso opera en un cómodo vacío, sintiéndose liberado de su deber por la cultura del incumplimiento y el eventual olvido ciudadano. La deuda sigue creciendo.
Cada 2 de noviembre, la celebración del Día de los Fieles Difuntos convoca a la memoria en numerosos países latinoamericanos. En la República Dominicana, la costumbre dicta limpiar y engalanar las tumbas días antes para, en la fecha señalada, visitarlas con profundo reconocimiento, manifestando amor y respeto inalterable hacia los que han emprendido la partida final.
En contraste, esta fecha se metamorfosea en México en una celebración nacional de vibrante colorido. Las familias ofrendan en las tumbas los platillos predilectos de sus seres queridos; las panaderías hornean el inconfundible “pan de muerto”, y las calles se pueblan de calaveras de azúcar y piezas decorativas.
En ciudades como Atlixco, Puebla, las monumentales calaveras se erigen en atracciones turísticas que conjugan magistralmente arte, tradición y espiritualidad.
¿Arcas de dolor o fuentes de vida?
La imagen canónica del cementerio evoca, casi de forma inmediata, luto, silencio y una profunda aflicción. El poeta dominicano Arturo Pellerano Castro plasmó con singular sensibilidad esta visión en su poema En el cementerio :
“Junto a una cruz, al expirar el día, / una pobre mujer, de angustias llena, / sus lágrimas vertía…/ Dolió a mi corazón su amarga pena/ y ante el sepulcro de la madre ajena/ lloré la muerte de la madre mía.”
Este enfoque, de innegable solemnidad, ha prevalecido en innumerables culturas, pero dista de ser la única senda para comprender el fenómeno de la muerte.
Sapanta, Rumania: epitafios que cobran vida
En la pequeña ciudad de Sapanta se encuentra el afamado “Cementerio Alegre”, un enclave que desafía la tristeza con una explosión de color y un toque de humor. Las lápidas están minuciosamente decoradas con pinturas vibrantes y versos que, a modo de epitafios narrativos, relatan anécdotas de la vida del difunto, a menudo aderezadas con una aguda ironía o gracia.
Este singular camposanto fue concebido en la década de los treinta por el artesano Stan Ioan Pătraș, quien legó una filosofía luminosa:
“Si no hay alegría en la vida, ¿por qué habría de haberla en la muerte?”
Tras su deceso en 1977, otros artesanos han continuado su obra, transformando el cementerio en un símbolo cultural y un poderoso atractivo turístico que encapsula el espíritu inusual de la comunidad.
El Cementerio de la Felicidad
El cuento alegórico atribuido a Jorge Bucay, El Cementerio de la Felicidad, narra la travesía de un buscador que descubre un cementerio cuyas lápidas solo registran los instantes de gozo y dicha. Un anciano le revela que, en ese pueblo, cada habitante consigna sus momentos de felicidad en una libreta para que, al morir, estos se sumen y se inmortalicen en su tumba.
Este relato nos convoca a una profunda meditación sobre la verdadera métrica de la existencia: no se mide en años, sino en aquellos momentos que nos hicieron sentir plenamente vivos.
Visiones del Mundo: La muerte en la cartografía cultural
La veneración a los difuntos se manifiesta de maneras radicalmente distintas según el entramado cultural:
Japón: Los cementerios se pueblan de estatuas de Jizō, el protector de los niños que partieron. La muerte se acompaña de rituales budistas que procuran la paz espiritual.
India: Predomina la cremación, y las cenizas son dispersadas en ríos sagrados, como el Ganges.
Ghana: Los ataúdes se diseñan con formas simbólicas que reflejan la vida u oficio del difunto: aviones, peces, herramientas.
Madagascar: El rito del famadihana implica que las familias desentierren a sus muertos para celebrar con ellos antes de proceder a su nueva sepultura.
Culturas Precolombinas (Mayas, Incas, Aztecas): Concebían la muerte como una fase integral del ciclo cósmico, y a sus muertos se les enterraba con valiosas ofrendas para asistir su travesía al plano ultraterreno.
Cementerios Modernos: entre la ecología y la vanguardia
En la contemporaneidad, surgen nuevas expresiones para honrar la partida:
Cementerio privado en RD
Cementerios Ecológicos: Se opta por sepulturas sin ataúd o con materiales estrictamente biodegradables, y se plantan árboles como un vigoroso símbolo de vida continua.
· Cementerios Digitales: Plataformas virtuales que funcionan como repositorios de recuerdos, fotografías y mensajes póstumos.
·Tanatoturismo: El fenómeno de visitar cementerios históricos, como el Père-Lachaise en París o la Recoleta en Buenos Aires, entendidos ahora como vastos museos al aire libre.
Reflexión Final: El homenaje de la alegría
Tanto el Cementerio Alegre (real) como el Cementerio de la Felicidad (imaginario) nos invitan a reestructurar nuestra vinculación emocional con la muerte. Uno es tangible y el otro una parábola, pero ambos convergen en una enseñanza fundamental: recordar no está intrínsecamente ligado al dolor.
Como aseveró el filósofo Séneca:
“La memoria del desaparecido será honrada en mucho mayor grado, cuando su recuerdo os cause tanto placer como el que os proporcionaba su presencia cuando vivía.
Quizás el verdadero homenaje póstumo resida en vivir con plenitud e intensidad, para que al momento de la partida, nuestro legado no sea solo de lágrimas, sino de una estela indeleble de sonrisas.
Hay frases que uno oye al pasar, pero que se le quedan clavadas en el pensamiento como si tuvieran filo. Hace poco, un amigo —comunicador, educador y de esos que observan la vida con una mezcla de humor y crudeza— soltó una de esas sentencias difíciles de ignorar: “Yo no estoy en morirme, porque se ha muerto tanta gente, mala o buena y no se ha resuelto nada. Ya no estoy en eso».
Los muertos son tantos que sería imposible contarlos con precisión. Cada día se suman más nombres a esa lista interminable que ya no distingue orígenes, edades ni causas. La muerte se ha convertido en una especie de ruido de fondo, un evento cotidiano que apenas sorprende, algo tan común que casi pierde su significado.
Morir no tiene importancia, dice mi amigo, pero su frase abre una reflexión profunda sobre la vida, la muerte y el cansancio de ver partir a tantos sin que nada cambie. Uno podría intentar clasificarlos: hay ricos y pobres, intelectuales y analfabetos, artistas y burócratas, poetas y bebedores, creyentes fervorosos y ateos convencidos.
Se van los trabajadores honrados y los pillos profesionales, los prudentes y los temerarios, los sanos y los enfermos; por supuesto los políticos no pueden faltar. Y en medio de esa mezcla, uno entiende por qué mi amigo dice que su muerte no cambiaría nada.
Porque, al final, la muerte no discrimina. Es la única institución verdaderamente democrática que existe. Pero tal vez lo más inquietante es darnos cuenta de que, pese a la magnitud del fenómeno, la sociedad sigue exactamente igual. Los problemas permanecen intactos, las injusticias se repiten, las lecciones no se aprenden y los errores se reciclan una y otra vez.
Mi amigo, durante una visita a SabanetaSR.com, lo dijo con una soltura casi filosófica: “¿Qué prisa y qué obsesión con morirse? Si al final se ha muerto tanta gente buena y mala, y nada cambia, nada mejora, nada se resuelve…” Lo expresó sin dramatismo, más bien como un diagnóstico clínico de nuestra indiferencia colectiva.
Tal vez por eso asegura que él “no está en eso”. Y no es que le tema a la muerte; es que ha comprobado que ni los entierros más sentidos ni las tragedias más vividas logran provocar el cambio profundo que tanto pregonamos. La vida continúa como si nada, como si las ausencias no pesaran o como si la muerte fuera apenas un trámite administrativo.
Desgaste
Pero hay algo en esa postura que revela una verdad incómoda: quizás nuestra sociedad está desgastada emocionalmente. Hemos visto marcharse a tantos —víctimas de la violencia, de la enfermedad, del descuido estatal o simplemente del paso natural del tiempo— que ya no sabemos qué hacer con ese dolor acumulado. Lo normalizamos porque no queda de otra.
Sin embargo, su argumento abre una puerta inesperada. Si la muerte no mueve nada, ¿qué debería hacerlo? ¿Qué falta para que comprendamos que cada vida tiene un valor que debería trascender el instante de su partida? Tal vez lo importante no es que alguien muera, sino que su existencia deje una huella que obligue a los demás a corregir, mejorar o transformar algo.
Y es ahí donde mi amigo, sin quererlo, apunta a la verdadera discusión. Morir no tiene importancia, dice él, porque en esencia la muerte es un acto final, inevitable y repetido hasta el cansancio. La importancia real está en cómo vivimos y en lo que hacemos mientras estamos aquí, antes de que nuestro nombre pase a formar parte de esa larga lista de olvidados.
Lo cierto es que, aunque él diga que “no está en morirse”, su reflexión invita a pensar justamente en lo contrario: en vivir con sentido. En construir una vida tan sólida que, cuando llegue el momento, no haga falta que todo cambie, pero sí que al menos algo mejore gracias a nuestro paso por el mundo.
Al final, puede que la muerte no tenga importancia. Pero la vida sí la tiene, y mucha. Y quizá ese sea el verdadero mensaje detrás de sus palabras: no temerle a la muerte, sino temerle a una vida sin impacto, sin propósito, sin un legado que justifique tanto esfuerzo por seguir respirando.
El apagón nacional ocurrido recientemente, al que se le ha bautizado con el nombre de ¨blackout¨, no es un hecho aislado ni una simple falla técnica o error humano, como se le quiere tildar.
Es, en realidad, el reflejo de un problema mucho más profundo: la debilidad estructural de las instituciones públicas y la falta de planificación y control que caracteriza la presente gestión del Estado dominicano.
En los últimos años la administración pública ha venido evidenciando serias dificultades: obras mal ejecutadas, falta de aulas, hospitales sin equipos ni medicamentos, puentes y acueductos colapsados, deterioro en los servicios de salud, educación y energía.
A ello se suma la improvisación en la designación de funcionarios sin la debida preparación técnica, y la ausencia de un sistema real de monitoreo y evaluación.
El apagón masivo vino a desnudar esas falencias. Puso en evidencia la carencia de protocolos efectivos, procesos documentados, de monitoreo constante y de supervisión técnica en áreas vitales para el funcionamiento de la dinámica nacional.
Deja al descubierto una alarmante carencia de control y mantenimiento del sistema energético nacional. El blackout no solo dejó al país en la oscuridad física, sino que también expuso la oscuridad institucional de un gobierno que ha descuidado áreas estratégicas mientras se concentra en la propaganda y el maquillaje mediático.
Lo ocurrido debe de llamarnos a preocupación a todos, y debe servir como una advertencia sobre la necesidad de fortalecer la gestión y garantizar la estabilidad del servicio eléctrico en beneficio de toda la ciudadanía.
El pueblo dominicano no puede seguir siendo víctima de la improvisación y de la incapacidad de un gobierno que prometió estabilidad y eficiencia, pero que ha demostrado todo lo contrario.
Un colapso de esta magnitud no se produce por casualidad, sino por la ausencia de una política seria de mantenimiento, supervisión y fortalecimiento institucional.
Cuando un país carece de instituciones sólidas y de funcionarios competentes, cualquier eventualidad —por más mínima que sea— puede convertirse en una catástrofe.
Discursos
El Estado dominicano sufre hoy de un mal crónico: la debilidad institucional. Se gobierna más con discursos que con gestión, más con propaganda que con resultados. No hay una política pública sostenida en la planificación, la evaluación y la continuidad.
Cada error se repite porque no existe una estructura estatal robusta que aprenda, corrija y prevenga.
El denominado blackout, más que un apagón eléctrico, fue un apagón institucional y emocional. Una metáfora de cómo el país se apaga, no por falta de energía eléctrica, sino por la erosión de la confianza, de la eficiencia y de la capacidad de gobernar con visión.
La República Dominicana necesita, más que luces encendidas, instituciones fuertes, planificadas, modernas y dirigidas por profesionales competentes.
De lo contrario, la oscuridad seguirá siendo el símbolo de un Estado que, lamentablemente, no logra encender su propio desarrollo.
SANTO DOMINGO.- El club Mauricio Báez reaccionó de manera contundente para llevarse el triunfo 88-77 ante San Carlos, para empatar la serie final del TBS Distrito, en el encuentro celebrado en el Palacio del Voleibol Ricardo Gioriber Arias del Centro Olímpico Juan Pablo Duarte.
Los mauricianos venían de perder en la jornada inicial del miercoles, 86-73, y ahora iguala 1-1 esta etapa finalista, que está pactada al mejor de un 7-4, en la conquista de la corona 11 en la historia de los torneos superiores distritales.
Ambos conjuntos comparten el liderato de por vida de más campeonatos con 10 cada uno.
El representativo de Villa Juana, es dirigido por Melvyn López, y buscarían su tercera corona seguida, 2023 y 2024, ambas al mando del mismo López, quien además conseguiría su octavo campeonato de por vida (es el líder) en los TBS Distrito.
Los héroes de la victoria fueron Richard Bautista, quien se creció con un doble-doble de 29 puntos más 10 asistencias, Gerardo Suero 19, Luis Feliz 10 y Juan Miguel Suero 15 tantos.
“La Bestia del Jaya” Luismal Ferreiras aportó siete puntos y capturó 13 rebotes.
Por San Carlos, bajo las riendas del dirigente santiagues Victor Peña, se destacaron Juan Guerrero con cifras dobles de 21 puntos y 11 rebotes, Eddy Polanco 12, Kevin Mateo, Luis David Montero y el importado Tyran De Lattibeaudiere sumaron 10 encestes cada uno.
El TBS Distrito 2025 es organizado por la Asociación de Baloncesto del Distrito Nacional (Abadina), que preside el coronel (PN) Diego Pesqueira, y el Comité Organizador lo encabeza José Ignacio Paliza, ministro de la Presidencia.
El certamen de este año está dedicado al Inmortal del Deporte Dominicano Evaristo Pérez, ex miembro de la selección nacional de baloncesto y exjugador de la escuadra de San Carlos.
SANTO DOMINGO.- La República Dominicana y las delegaciones de Suecia, Noruega y Dinamarca sostuvieron una reunión para finalizar las negociaciones que se habían iniciado en 2016, concluyendo con la firma definitiva de un Acuerdo de Servicios Aéreos (ASA).
En el encuentro participaron Héctor Porcella, presidente de la Junta de Aviación Civil (JAC), y los jefes de delegación Øyvind Ek, subdirector general de la Autoridad de Aviación Civil de Noruega, e Ingrid Almén y Lasse Kindberg, representantes de Suecia y Dinamarca, respectivamente.
Con el encuentro, los países escandinavos se suman a otras naciones con las que la RD ha establecido relaciones diplomáticas y aéreas, y se fortalece las relaciones con el norte de Europa y promueve la expansión de la conectividad aérea dominicana.
La firma se realizó durante la celebración de la Conferencia Mundial de Negociación de Acuerdos de Servicios Aéreos de la OACI (ICAN2025).
En el siglo XXI el cuerpo electoral es el corazón del Estado democrático, tal y como ocurre en la República Dominicana, donde el poder del voto constituye el acto político más decisivo y simbólico del ciudadano.
Sin embargo, más allá de la mecánica electoral y de la natural emoción que provocan las urnas es conveniente reflexionar sobre el origen y el alcance del poder popular. En ese sentido, Raymond Carré de Malberg, jurista clásico del derecho público, en su reconocida obra Teoría general del Estado, no considera al cuerpo electoral como titular directo de la soberanía, sino como órgano a través del cual el pueblo ejerce funciones estatales delegadas. Esta distinción, que data de principios del siglo XX, sigue siendo esencial para entender nuestro presente constitucional.
Para el gran jurista francés, Carré de Malberg, el cuerpo electoral no es el “pueblo soberano” en sentido absoluto, sino un conjunto funcional de ciudadanos habilitados para participar en los actos determinados de elegir, aprobar o rechazar. Por tal razón, su poder es jurídico y no metafísico.
De su lado, en el contexto dominicano esto se expresa en el artículo 2 de la Constitución Política de 2024, que establece lo siguiente: “La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, de quien emanan todos los poderes, los cuales ejerce por medio de sus representantes o en forma directa, en los términos que establecen esta Constitución y las leyes”. En esto se fundamenta el criterio de que el voto es el instrumento mediante el cual el pueblo expresa su voluntad, pero no la encarnación directa del poder soberano.
Por tal motivo, el cuerpo electoral dominicano cumple una función de intermediación, mediante la que canaliza la voluntad popular hacia la institucionalidad. Este equilibrio es lo que mantiene viva la legitimidad del sistema republicano, por lo que se debe evitar que esa función se vea afectada por la desafección política, el clientelismo o la manipulación mediática. Se debe tomar en cuenta, siempre, que un cuerpo electoral desinformado o desmovilizado puede terminar cediendo su poder real a minorías organizadas que instrumentalizan el voto.
Carré de Malberg sostenía que el Estado moderno se funda en la juridicidad, lo que implica que el poder se legitima por el derecho, no por la mera voluntad. En esa línea, la Constitución dominicana consagra el sufragio como un deber y un derecho, protegido por un régimen electoral autónomo y por la jurisdicción contenciosa electoral.
Como se puede apreciar, el cuerpo electoral es ente que se mantiene activo permanentemente, por ser la expresión viva del principio republicano de participación. Su propósito, en la teoría de Malberg y en la práctica dominicana, es mantener el puente entre el pueblo y el Estado, entre la libertad individual y el orden institucional. Su poder no reside en la omnipotencia de su voto, sino en la constancia con que defiende su derecho a decidir con conocimiento e integridad.
Finalmente, en tiempos en que la democracia se enfrenta a la desinformación y al desencanto que, además, contribuye a alimentar, el cuerpo electoral dominicano debe tener cada vez más presente que la soberanía se ejerce, se cuida y se renueva en cada elección.