El ejercicio de la actividad política refleja el nivel de desarrollo o atraso de una sociedad en todos los órdenes, aunque en alguna coyuntura histórica, elites económicas o sociales patrocinan ofensivas de carácter sedicioso o de manipulación cuyo contenido contradice auténticos valores y anhelos ciudadanos.
Para esos sectores el fin justifica los medios, sin importar si el debate que promueven es maloliente y podrido por la ausencia de principios éticos o de sustento ideológico, aunque en la forma se pregone lucha contra la corrupción o promoción de transparencia.
El más reciente ejemplo sobre este turbio proceder fue la ofensiva que desde esos litorales se organizó contra el presidente Danilo Medina, aprovechando su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU), en Nueva York, que incluyó la financiación de una manifestación frente al hotel donde se hospedaba.
La idea central era la de convocar a grupos pre pagos para que profirieran todo tipo de insultos y expresiones afrentosas contra el Presidente, un montaje de mal gusto que luego sería promovido por medios de comunicación y redes como una concentración de la comunidad dominicana contra la corrupción y la impunidad.
Cuando el mandatario se marchó a Nueva York, ya las predicciones sobre la trayectoria y fortaleza del huracán Maria eran preocupantes para las autoridades, por lo que a su llegada a la urbe dijo que su permanencia por el tiempo programado dependía del curso de los acontecimientos en relación al ciclón.
Tan pronto el mandatario fue informado del inminente desastre que el huracán causaría en Puerto Rico, instruyo preparar su retorno para el mismo día de víspera del paso de ese ciclón cerca de Republica Dominicana, lo cual era obligación, para ponerse al frente del operativo de prevención asistencia y mitigación de desastre.
Esa fue la causa por la cual los gestores del grotesco plan se quedaron con el moño hecho, porque la contratada infantería encontró blanco para sus denuestos, lo que obligo a titiriteros locales y foráneos a cambiar de planes y encausar otra campaña, esta vez bajo el epígrafe de que el Presidente retorno para no enfrentar a sus detractores.
Hay que ser muy insensato o imbécil para no entender que la urgencia del momento requería la presencia en el país del jefe de Estado, cuyo deber era el de ponerse al frente de una situación que pintaba difícil, y que al final causo danos severos, incluido pérdidas de vidas humanas.
Partidos políticos, grupos sociales y elites económicas, les asiste derecho a reclamar sanciones contra quienes desde el sector público o privado incurren en corrupción o peculado, pero resulta nauseabundo que gente sin pueblo ni historia ensucien con sus vómitos de frustraciones y de excesivas ambiciones el agua limpia de esa lucha cívica.


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