El desarrollo de la artesanía dominicana -cuyas hermosas, coloridas, elegantes y exclusivas obras destacan parte de la idiosincrasia del pueblo y la rica historia de cada región- va en aumento.
Inocultablemente, la artesanía criolla es un abanico de influencias, donde se conjugan las taínas, españolas y africanas:
Los taínos nos aportaron sus creaciones de hamacas, redes de pescar, hilos, cuerdas, paños, naguas, cestas denominadas haras, madera, piedra, algodón, concha, hueso, oro, tejidos, hilados y cestería, para lo cual utilizaban materiales como henequén, maguey, cabuya y bejucos.
De los españoles heredamos artículos utilitarios, entre los que se destacan botijas empleadas para el acarreo del aceite de oliva, las aceitunas, las almendras, la miel, la pólvora y el mercurio, así como la loza o cerámica vidriada, empleada en usos domésticos.
Mientras que los africanos nos aportaron signos, símbolos y contenidos; aspectos ligados a lo espiritual, festivo y cultural, destacándose la tambora y otros instrumentos musicales.
Las décadas de los 80 y los 90 nos traen el florecimiento de la alfarería, la producción artesanal en barro y en resistente y atractiva cerámica; así como el de las famosas muñecas sin rostro, las cuales, por su exuberante técnica y calidad artística, se han convertido en un indiscutible símbolo nacional, en una marca país.
En muchas partes del mundo, estas muñecas, también conocidas como de «Lime,» son bien apreciadas y demandadas y se les observa con vestido largo, cargando agua en tinajas, vendiendo frutas o flores, con la cabeza cubierta con un pañuelo o un sombrero.
Ellas –que son sin dudas el símbolo de la Artesanía Dominicana (la esencia del “hecho a mano” de la cultura nacional- reflejan la mezcla de cultura del país heredadas de los aborígenes, españoles y africanos.
La producción de las muñecas sin rostro tubo sus inicios de las manos creativas y la tradición artesanal de la comunidad de Higüerito, en Moca, hace más de cuatro décadas y ahora muchas de ellas son producidas, aunque con diferentes técnicas y materiales, en distintas regiones del país.
Con su reconocida e incuestionable fama nacional e internacional, ellas personifican a sinuosas mujeres de sensuales formas con su trenza prieta y cabeza cubierta, llevando de las manos un cesto de frutos o un delicado ramo de flores, siendo un atributo de la realidad dominicana.
Consideradas, además, como las reinas de la alfarería, ante su evidente e inocultable belleza han sido capaz de seducir y abrirse un espacio en la cultura criolla y alcanzar ser orgullosamente colocadas en los hogares, oficinas, hoteles, restaurantes, instituciones públicas y privadas y cualquier lugar donde se exhiban artesanías y obras de arte, tanto en la Republica Dominicana como en el extranjero.
JPM


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