El olfato es el sentido del recuerdo y del deseo afirma Rousseau. Cuando haya que nombrar un olor, preguntarle a una mujer antes que a un hombre; las mujeres huelen, en general, mejor que los hombres.
Quien se ocupe de los malos olores ocupa la posición más baja de la escala social. A través de la historia, el cuerpo de mujer es considerado un torrente de hedor. Su sexo es la génesis.
Para Platón las esencias provocan el afeminamiento e inducen al placer carnal. El uso de fragancias era algo propio de las prostitutas. El cuerpo con todos sus olorcillos, no era más que la sepultura temporal del alma.
El olfato se consideraba el sentido de la lascividad, del deseo, de los impulsos, lleva el signo de la animalidad. A partir de esta premisa, la mayoría de los olores deben ser combatidos. Para el prestigioso filosofo griego, las mujeres huelen bien cuando no huelen.
Las palabras tienen poder, los seres humanos retinen mejor la información si ésta se fija (codificada) doblemente, es decir, tanto una palabra, como un estimulo sensitivo, en este caso, un olor.
En la antigüedad un exceso de relaciones sexuales, o bien una abundante segregación de semen podía contaminar los fluidos corporales de la mujer. Por esta razón se llamaba a las prostitutas les pustins, las pestilentes.
El olor y la menstruación le recuerdan a las mujeres su cuerpo. Con el objeto de mantener la distancia, lo más lógico es sustituir el olor corporal por una loción o un perfume “anónimo”. Los perfumes tienen una función en cierto sentido protectora. Mi intimidad no se expone, pertenezco a la esencia que nos une, al perfume de moda.
Linneo, científico, considerado el padre de la taxonomía, sostuvo que los olores de ciertas plantas nos evocan determinados olores corporales, en especial el de los órganos genitales y sus secreciones. A su juicio, el espino blanco y varios tipos de rosas huelen a pubis femenino. El flujo vaginal, que depende en parte de la fase del ciclo menstrual, suele ser hediondo. Asocia ese olor a ciertas plantas herbáceas, apestosas a la que denominó por consiguiente Chenopodium vulvaria (algunos estiman que esta planta huele a arenque podrido).
El perfume socava los efectos del lenguaje corporal, el sentido más antiguo de la evolución humana. La urgencia por ocultar determinados olores, o la inseguridad que suscitan estos olores, sobre todo, el olor a mujer, se debe en gran medida al factor cultural, al fin y al cabo, no hay nada más intimo que el olor corporal.

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