Todos los que nos consideramos creyentes en Dios, al escuchar el nombre David, pensamos en valentía, en un ser amado; un rey, un heredero, pero nunca en alguien o algo capaz de devastar a todo un pueblo. El David que conocimos hace hoy 40 años, hizo honor a su calificativo cuando al amanecer del 31 de agosto de 1979, nos impactó con furia, en forma de ciclón tropical.
Ese David que nos devastó hace cuatro décadas, tomó forma de huracán categoría 5, el más potente de todos, con vientos de 252 a 400 kilómetros por hora. Inició como ciclón tropical, pasó a tormenta y rápidamente se convirtió en huracán, cobrando a su paso entre 2 mil y 4 mil vidas de nuestros coterráneos, dejando sin hogar a un incontables número de personas en todo el país, específicamente Santo Domingo y la región suroeste.
Dentro de esa tragedia, al ser una niñita a la sazón, mi recuerdo de aquel viernes, es la congregación en nuestro hogar de gran parte de la familia de mi madre. Me sentía feliz de ver a tantas primas y primos, con los cuales podía bañarme en el fortísimo aguacero y además, porque podía recoger los frutos caídos, debido a la enorme furia de la copiosa lluvia, adornada de relámpagos, truenos y rayos.
Era muy niña para entender la gravedad de aquel diluvio. Son escenas que acuño en mi memoria; nuestro hogar estaba repleto de familia, con la que compartimos abrazo, anécdotas, no faltó la sana conversación…, y eso para mí era alegría.
Recuerdo a mi madre con la menor de sus hijas en brazos, pero, se repartía entre atender a la bebé y a los visitantes, ya que nuestra casa se convirtió en refugio para familiares y vecinos. Bajo la lluvia salía por una puerta y mi padre por la otra, a socorrer a los colindantes, desafiando la inclemencia del tiempo y el peligro que representaba.
No puedo olvidar sus actos de solidaridad, la forma como compartieron lo que tenían. Un gesto noble que sin dudas me marcó doblemente al ver a mi progenitora repetirlo 19 años más tarde cuando nuestro territorio fue impactado por el huracán George.
Hace 40 años nuestro país y nosotros fuimos devastados por el fenómeno natural llamado David. El colapsó el sector agropecuario, miles de viviendas, la electricidad, servicio de agua potable y telefonía. En fin, toda nuestra economía, pero la necesidad, la pobreza nos unió como familia, como nación, y nos vimos ante el mundo como un país resiliente, que poco a poco se levantó, como el David valiente, el guerrero, el apasionado de los Salmos. La solidaridad comunitaria e internacional fue transcendental en ese tiempo de pesadumbre.
JPM

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