El triunfo del hombre nuevo (o la mujer nueva, que se gana su espacio con méritos propio) es uno de los grandes sueños de la humanidad. Es como decir la cristalización de un estado donde todos sean iguales, nadie pase hambre, y se respeten los derechos humanos. No ha sido posible en 21 siglos, a pesar de la lucha eterna por lograr el desarrollo en la tierra. Las mismas enseñanzas de Jesús, clavado en la cruz, quedan como un espejismo, cuando en su nombre y haciendo mal uso de la fe que impulsó se han llevado a cabo guerras exterminadoras y conquistas salvajes, de territorios de expansión. El continente que luego se llamaría americano, -una burla histórica a su descubridor Cristóbal Colón-, fue colonizado bajo las sombras de la cruz, en una aberrante acción de exterminio de los indios y de acuñar el dominio imperial español sobre estas tierras. En el transcurso de estos 21 siglos, miles de hombres han muerto defendiendo su derecho a la libre expresión, a la libertad de cultos, a poder cultivar sus tierras y sobre todo a no tener una cremallera en los labios y cadenas en manos y pies. Cuando llega este nuevo siglo, en sus primeros 14 años, el panorama es desalentador, aunque surgen nuevas modalidades de lucha; muchos han perdido las esperanzas y otros con su arrojo han servidor de abono a la madre tierra. Sigue vivo el ideal de un mundo en paz, sin sangre derrramada para que grupos minùsculos pero poderosos se hagan de riquezas. El derecho al trabajo hoy, es quizás más lanzado al basurero que cuando se iniciaron las jornadas, que terminan en muerte y luto, por el establecimiento del jornal de las ocho horas.El pasado siglo XX fue la era de las guerras. Dos guerras mundiales, las revoluciones bolchevique y china, las guerras de Vietnam y Corea y las interminables revoluciones sociales y golpe de Estado a a todo lo largo y ancho del planeta. Si revisamos esa historia reciente, punto culminante de todos estos enfrentamientos, ha sido la lucha por el dominio económico, y el surgimiento o decadencia de una gran potencia. El dolor lo pagan y sufren los pueblos, las ganancias son de los grandes consorcios. Siguemos esperando a ese hombre o mujer nuevo-a- que sea redentor de esta humanidad maltratada, no importa el nombre que utilice, ya estamos llenos de mártires, incluídos El Ché y Camilo Torres. No necesitamos tribunos de gestos engolados, sino trabajadores sociales que doblen el lomo para dar ejemplo en la lucha por un mundo mejor.
Hombre nuevo
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