POR RAFAEL PASIAN
Los pueblos tienen memoria, y las sociedades que olvidan sus errores están condenadas a repetirlos.
Los dominicanos conocemos demasiado bien las consecuencias del prejuicio racial y de las campañas de odio. Las hemos sufrido en carne propia como inmigrantes en los Estados Unidos, y las hemos padecido también dentro de nuestra propia historia nacional.
Por eso resulta doloroso comprobar que, en pleno siglo XXI, en una ciudad como Nueva York, edificada por inmigrantes de todas las razas y nacionalidades, todavía aparezcan sectores que pretenden convertir el origen de una persona en un arma política.
La democracia fue creada para confrontar ideas, no para perseguir apellidos. Fue concebida para debatir programas de gobierno, no para sembrar sospechas sobre la sangre, el color o los ancestros de un adversario.
Cuando una campaña electoral abandona el terreno de las propuestas y desciende al fango de las descalificaciones raciales y xenófobas, lo que demuestra no es fortaleza, sino debilidad.
Porque los pueblos seguros de sus convicciones no necesitan recurrir al miedo.
En la historia dominicana existe una herida que todavía no ha cicatrizado completamente: la campaña de odio que se levantó contra el doctor José Francisco Peña Gómez. Aquellos que no pudieron derrotar sus ideas intentaron derrotar su origen. Aquellos que no pudieron combatir sus propuestas decidieron combatir su sangre.
Fue una página vergonzosa de nuestra historia política.
Décadas después, todavía muchos dominicanos recuerdan con tristeza aquel espectáculo de intolerancia que dividió familias, amistades y conciencias.
La lección era clara: el racismo no ennoblece a quien lo practica; lo degrada.
Por eso, cualquier intento de etiquetar o descalificar a Darializa Ávila Chevalier por razones relacionadas con su origen real o supuesto constituye una práctica incompatible con los valores democráticos y con la tradición de convivencia que caracteriza a la ciudad de Nueva York.
La comunidad dominicana no emigró para traer consigo los peores vicios de la política del pasado. Emigró en busca de oportunidades, de igualdad y de respeto.
Miles de dominicanos limpiaron pisos, condujeron taxis, trabajaron en fábricas y levantaron pequeños negocios con la esperanza de que sus hijos vivieran en una sociedad donde el mérito fuera más importante que los prejuicios.
Sería una tragedia moral que, después de tantos sacrificios, algunos pretendieran resucitar fantasmas que debieron quedar enterrados hace mucho tiempo.
Los problemas reales de nuestra comunidad son otros.
La vivienda cada día más cara.
La crisis migratoria.
La inseguridad económica.
La educación de nuestros hijos.
La protección de los envejecientes.
El acceso a la salud.
El futuro de las pequeñas empresas.
Sobre esos asuntos deberían concentrarse los candidatos y sus seguidores.
Porque cuando la política deja de hablar de los problemas del pueblo y comienza a hablar de la sangre de las personas, deja de ser política y se convierte en una expresión de atraso.
Ningún ser humano merece ser juzgado por el país donde nacieron sus padres, por el color de su piel o por el apellido que heredó.
Las sociedades avanzan cuando se impone la razón.
Retroceden cuando se impone el prejuicio.
La comunidad dominicana de Nueva York ha aportado demasiado trabajo, demasiado sacrificio y demasiada dignidad a esta nación para permitir que las sombras del racismo vuelvan a ocupar un espacio en nuestra vida pública.
Las elecciones pasan.
Los congresistas vienen y se van.
Pero la dignidad humana debe permanecer siempre por encima de las ambiciones políticas.
Porque el odio puede ganar una elección.
Pero jamás construirá una sociedad mejor.
Y porque, al final de los tiempos, los pueblos no recuerdan a quienes sembraron divisiones.
Recuerdan a quienes tuvieron el valor de defender la justicia y la dignidad del ser humano.
of-am


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