Si algún pintor dominicano, inspirado por el pulso de la calle y no por los boletines oficiales, decidiera plantar su caballete en cualquiera de los parques públicos de la Ciudad Primada de América y retratar el alma del pueblo, probablemente no hallaría aquella sonrisa amplia y confiada que durante décadas ha sido sello de nuestra dominicanidad.
Lo que encontraría (si fuese honesto con su lienzo) sería un rostro colectivo marcado por la incertidumbre, por la preocupación silenciosa y por una expresión de desconcierto que ya no puede disimularse. Una mirada que interroga, que sospecha, que siente que algo no encaja entre lo que se anuncia y lo que se vive.
Porque mientras el ciudadano lucha con la realidad cotidiana, desde los salones oficiales se despliega un espectáculo publicitario desbordado, casi obsceno en su insistencia. Se inauguran una y otra vez las mismas obras inconclusas; se celebran avances que nadie percibe; se magnifican cambios que solo existen en discursos cuidadosamente redactados. Se pretende vender progreso como quien vende espejismos en medio del desierto.
El derroche de recursos públicos en propaganda contrasta dolorosamente con las carencias visibles. Cada valla, cada anuncio, cada campaña repetitiva es un recordatorio de la distancia creciente entre la narrativa oficial y la experiencia real del pueblo. Se gasta como si el erario fuese inagotable, como si los fondos públicos fueran hojas secas arrastradas por el viento, y no el fruto del sacrificio diario de millones de dominicanos.
Y entonces, ese pintor (que solo buscaba capturar la esencia de su gente) terminaría con un paisaje distinto en sus manos: no el del júbilo, sino el de la inquietud; no el de la esperanza confiada, sino el de la paciencia agotada. Se quedaría mirando su obra con el corazón encogido, preguntándose en silencio:
¿En qué momento dejamos de reconocernos en el espejo de nuestra propia República?
¿Qué le está pasando a mi pueblo?
Porque cuando la propaganda sustituye a la verdad, y la escenografía intenta reemplazar la realidad, el arte (como la conciencia) termina convirtiéndose en testigo incómodo de una época.
jpm-am

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Lo que sucede es una repetición histórica: Los imperios (romano, griego, persa, chino y zarista), las monarquías europeas, el comunismo y las actuales «democracias» se basan en la explotación de los gobernados, mientras los gobernantes y sus socios se dan BUENA VIDA, robando insaciablemente y sin controles. HASTA UN DIA….