La violencia arropa, arrebata, con su sabana larga en la que caben enteras sus muchas manifestaciones, delincuencia en su más vasta variedad, agresiones entre vecinos, conductores, peatones y la más penosa, la propiciada en el seno de la familia.
La sociedad ha vivido en medio de todo tipo de confrontaciones, no es discutible. Mas, los registros de los medios de comunicación y las cifras del propio Gobierno muestran un aumento que da miedo, que espanta, y que hace pensar que nadie está escapo, exento, libre de peligro.
La población atribuye su auge a la escasez de acciones de las autoridades, o sea de los que están para controlar esta cantera que parece incontenible de crímenes, de hechos de barbarie, de descomposición familiar, que destruye, que aniquila a una sociedad cada vez más azorada, indefensa.
Como una penosa paradoja, preciso los policías, que están para proteger, atropellan, vejan, dan pa bajo, en supuestos intercambios de disparos y hasta en confusiones.
En los cuestionados enfrentamientos, el cuerpo de orden, que no rinde honor a su nombre, sale a exhibir el amplio prontuario criminal de los caídos, como justificación absurda para sacarlos de este mundo o esgrime que los agentes repelieron la agresión, pese a que las cámaras muestran lo contrario.
Son frecuentes los reportes policiales que indican que las patrullas son atacadas por un solo hombre con un arma de fabricación casera denominada chilena, que solo dispara un cartucho por carga y ese individuo es cocido a tiros.
Claro que hay circunstancias en las que miembros del organismo han resultado heridos y muertos, lamentable por su condición de servidores de protectores de la ciudadanía y sobre todo, de seres humanos.
Sin embargo, es común que la agresión la inicien las patrullas y la extiendan incluso a personas que nada tienen que ver con los alegados delincuentes y a tantos matan a mansalva, en olvido de que su misión es detenerlos y remitirlos al Ministerio Público.
No es excusa que algunos de los que deban continuar el trabajo los dejen luego en libertad: fiscales, jueces cómplices en un entramado corrupto y lancinante, que debe ser derrocado. No es óbice para excesos de la Policía, cuyo deber es arrestar.
Esa institución y todos los actores del sistema tienen un compromiso colectivo: proteger los derechos humanos y esto no es incompatible con su misión de frenar la violencia. Solo significa que para cumplir con este objetivo no es menester humillar ni matar.
Este verbo debe ser extendido no solo a la eliminación física, también a la moral, pues casos hay en los que después de muertos, los ciudadanos son cubiertos con una sarta de mentiras que aunque desmontadas, agravan el dolor y la mácula de la familia.


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