Por HUGO GIL
Mi primera visita a un lugar diferente a la República Dominicana fue a Haití. Sin yo sospecharlo para ese entonces, este viaje marcaría el inicio de una fiebre de trotamundos que, aunque se inició en mis años juveniles, se mantendría a todo lo largo de mi vida aún hasta el día de hoy.
Estas ansias de viajar y conocer lugares, culturas y modos de vida me llevarían a conocer prácticamente todo el continente americano y parte de Europa y África. Pero principalmente me ayudaría a entender que los seres humanos somos básicamente los mismos, independientemente de los idiomas, la cultura, las razas las geografías y los estratos sociales y económicos. En esencia, todos somos humanos. Las diferencias son entre individuos, no entre grupos.
A través de los años he podido entender que, a despecho de todos los prejuicios con que crecíamos los niños dominicanos de aquel entonces, los haitianos, a pesar de los grandes contrastes entre ciudades como Puerto Príncipe y Juana Méndez, eran en su mayoría gente noble a quienes solo animaba el deseo de buscar una mejor vida.
Un Pueblo que al igual que el nuestro, le había tocado la desdicha de tener que sobrevivir a pesar de las férreas dictaduras y aún peores gobernantes. Un pueblo con derecho a existir, como todos los demás pueblos del mundo, aunque no con las mismas oportunidades ni con las mejores estrategias para encarar las crudezas de la vida.
La relación dominico-haitiana históricamente ha estado plagada de nefastas incidencias. Una relación única e incomparable como sólo puede ser la que se fragua en un contexto único en que dos naciones de diferentes culturas, razas, idiomas, creencias e idiosincrasia tienen que compartir el territorio de una pequeña isla de 76,192 kilómetros cuadrados.
Respiramos el mismo aire, nos cubre el mismo cielo y nos bañamos en las mismas aguas. Debía haber muchísimos más factores que nos unan que los que nos separan. Debíamos forjarnos juntos nuestros destinos en un engranaje de cooperación mutua, entendiendo que, si se hunde la isla, nos hundimos todos.
Cierto que a Haití le ha tocado la peor parte. A los haitianos les ha caído encima la necesidad de trabajar las tierras que ya nosotros no trabajamos, mezclar la arena y el cemento que nosotros no mezclamos, recoger los mendrugos que se caen de nuestras canastas. Injusto destino el que les ha tocado.
Nuestras historias se parecen, sólo que la miramos desde la otra orilla. Lo que ellos tienen que alcanzar apenas cruzando el Masacre, nosotros lo hacemos atravesando el Canal de la Mona o el Atlántico. Lo que ellos hacen aquí con nosotros se parece bastante a lo que nosotros hacemos con otras naciones, ya sea del norte, del este, de Europa o del sur. Nos parecemos bastante.
Tenemos una frontera que políticamente nos separa, pero que naturalmente nos une. La deforestación, los desastres naturales y las necesidades y miserias humanas no reconocen territorios ni fronteras. Nos afecta a todos de igual manera. Así como muchos de nosotros arañamos para sobrevivir en otros lares, ellos arañan para sobrevivir en este lado menos desafortunado.
¿No merecen ellos una oportunidad? Yo digo que sí, así como nosotros nos merecemos una oportunidad en los lugares donde vamos. Solo es cuestión de buscar la manera, abrir los canales, desajustar las puertas, presentar alternativas. Solo pensemos que cuando obstinadamente nos encerramos, abrimos posibilidades a alternativas no deseables. Es cuestión de sobrevivencia. Y con eso no se juega.
JPM
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