Los abuelos, la pesada carga

El día del abuelo, una celebración que el país  asume para romper con los estigmas que se ciernen sobre la vejez, en asunción de que para serlo hay que rebasar “cierta edad”, obliga a repasar las carencias económicas y materiales que roban gala a la fecha.

La festividad abarca  a los que tienen nietos, aún sean precoces, con tanto parto temprano,  y a los que no, pero que por su edad  ya bien podrían tener.

Carentes de tantas cosas básicas y aturdidos por los prejuicios y desmanes, quizás en la lucha contra esos factores, surge el términos adulto mayor,  envejeciente.  

Eufemismos con los que se pretende no lucir insultante con los clásicos abuelos, como si la vejez fuese una carga humillante, a la que hay que disfrazar.

 Como si un cigoto, no fuese también envejeciente. Como si el proceso de envejecer nunca acabara.

La vejez, la más dura de todas las dictaduras, como cantara y canta, ahora ya arropado por ella Alberto Cortez es una tragedia para muchos seres humanos desposeídos de lo más elemental para vivir.

 Es  también un argumento silencioso para empleadores deshacerse de vidas útiles que ya no pueden dar el mismo rendimiento que en sus años mozos, cuando dejaron el cuero en empresas de las que salen con las manos vacías y la mayoría, en este empobrecido país, se convierten en poco menos que en mendigos, auxiliados por hijos tan pobres como ellos.

Pero pese a esas y a cualquier otra vicisitud, el papel de abuelo está ahí, incólume frente a tantos aguaceros, que no siempre logran deshacerlo.

Unos paleados por la vida, otros con la entereza suficiente para seguir, extienden el título de padres severos hasta sus nietos, porque asumen como buenos y válidos los resultados o porque creen que podrían lograr con ellos lo que no con sus hijos.

 Otros en cambio, tratan de evitar los errores que cometieron en ese pasado de padres inexpertos que aprenden en el camino y se van a otros ángulos, a los extremos de permisividad total. Claro, también es posible lograr puntos de equilibrio entre esos márgenes.

Los abuelos pueden ser cómplices en las travesuras de los nietos y severos sensores que arrastran lagunas emocionales y que en casos como el de las madres solteras,  los asumen  como hijos y relegan a la progenitora al papel de hermana,  con derechos reducidos y así  es extendida la cultura de aceptar como normal esas reglas impuestas sin asidero.

 

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