Allá muy lejos en los últimos crepúsculos del siglo XV, a un marinero italiano de nombre Cristoforo Colombo, se le encendió la luminosa idea de que navegando hacia el oeste abierto se encontraría más temprano que tarde con las Indias Orientales.
Después de un arduo “lovismo” en las cortes españolas, donde los sobornos en promesas de riquezas imaginarias, corrieron desde los cortesanos hasta los reyes; el intrépido italiano, ya bautizado hispano como Cristóbal Colón; se hizo a la mar, en compañía de un grupo de marinos y presidiarios sin raíces, bajo la poderosa insignia de Castilla y Aragón.
A lo largo de un tortuoso navegar, enmarcado en lo remoto del pequeño mundo conocido; Colón encuentra el obstáculo de un montón de tierras e islas desconocidas; ¡sorpresa! El lugar estaba poblado; ya pertenecía a alguien, y él que había prometido posesiones y riquezas a cambio de la ayuda recibida, siguió dando rienda suelta a su imaginación.
Bautizó a los pobladores como indios; y sus acompañantes, que como dijo Neruda, “buscaban oro y lo buscaban tanto, como si les sirviera de alimento”, maltrataron tanto a los dueños de estas tierras, hasta extinguirlos y tener que suplantarlos por esclavos más fuertes; la cruz tronó por los anti-cristianos castigos; y aullando con látigos y perros llegaron los negreros.
Doña Letizia debe saber que así comenzó la deuda; el oro que con el sudor y la sangre de aborígenes y negros, producían estas tierras, pasaba por España y desde allí corría hacia el entonces reino de Flandes, y a otros lugares a pagar las deudas de los antojos y los lujos de las cortes españolas de la época.
Tan ensimismada estaba España en el bacanal medieval del que no despertaba, que descuidó sus posesiones de ultramar de tal manera, que nosotros heredamos sus miserias; andrajosos anduvieron hasta los nobles, y mientras parpadeamos se nos pobló de malandrines y piratas una parte importante del territorio de Quisquella.
Quizás, alguien debe dignarse a explicarle a doña Letizia, que el Haití de las miserias que visitó, es consecuencia de los errores históricos de sus antepasados; y que los míseros senderos que pisó en la República Dominicana, no son más que retazos caídos en una larga lucha, incansable y solitaria construyendo nuestro propio destino.
Esperamos que no crea su Majestad, que decimos estas cosas para mortificarla en su sensibilidad de reina recién estrenada; lo decimos, para que ella y el mundo no olviden, que con la llegada de sus antepasados comenzó el calvario de estas tierras, desde entonces… fronteras imperiales.

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