La arquitectura de la República (VIII)

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El autor es médico. Reside en Santo Domingo

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POR VICTOR GARRIDO PERALTA

Un funcionario experimentado abandona una institución después de años de trabajo. Se marcha con él algo que no aparece en ningún organigrama: sabe dónde se atascan los procedimientos, qué errores ya se cometieron y qué soluciones funcionaron. Meses después, alguien ocupa su lugar. Y vuelve a cometer el mismo error. No porque sea menos inteligente, sino porque nadie le transmitió lo que la institución ya había aprendido.

El problema no era la falta de experiencia. Era la pérdida de memoria. Algo parecido puede ocurrirle a una República. Puede atravesar una crisis, estudiar sus causas, modificar una política, evaluar sus resultados y aprender una lección. Pero si ese conocimiento desaparece cuando cambian los funcionarios o las administraciones, la experiencia no se convierte en capacidad. La República vuelve a empezar.

Una sociedad que vuelve a empezar constantemente no acumula conocimiento. Acumula experiencias. Una experiencia es algo que ocurrió. La información registra lo ocurrido. La evaluación intenta comprenderlo. El aprendizaje modifica lo que sabemos o hacemos. Pero todavía falta algo: conservarlo. Porque una República puede aprender y, sin embargo, olvidar.

En el capítulo anterior llegamos a una conclusión fundamental: cuando una decisión entra en la realidad, la realidad responde. Una política puede producir el resultado esperado, otro distinto o consecuencias imprevistas. La República madura debe aprender de esas respuestas. Pero ahora aparece una pregunta más difícil: ¿dónde queda ese aprendizaje? Un gobierno puede producir informes y auditorías y, sin embargo, modificar muy poco su comportamiento.

Puede recordar qué hizo y olvidar por qué lo hizo; conservar una reforma y perder las condiciones que hicieron posible su éxito. Por eso la memoria institucional debe conservar conocimiento que pueda ser recuperado y utilizado. Guardar información no equivale a aprender. Una institución puede conservar durante décadas una manera de hacer las cosas y repetirla porque nadie volvió a cuestionarla. Entonces la memoria se convierte en rutina.

Recordar no es hacer siempre lo mismo

Una República madura necesita recordar lo que funcionó y lo que no; sus éxitos y errores; las decisiones, sus razones y su contexto. Imaginemos que un gobierno reforma un servicio público. Años después, otra administración descubre que la reforma no produjo los resultados esperados. Debería poder reconstruir el problema, la evidencia, el diagnóstico, las alternativas, la decisión, la ejecución y el resultado. Eso es más que un archivo. Es memoria de razonamiento.

Una generación puede heredar una decisión sin heredar el pensamiento que la produjo y volver a cometer errores ya pagados. No porque carezca de inteligencia, sino porque perdió la memoria de la suya. Hay conocimientos escritos en leyes y manuales. Otros viven en las personas y pueden marcharse con ellas. Una institución capaz debe transformar parte de ese conocimiento tácito en conocimiento compartido.

La continuidad administrativa importa por la misma razón. Una democracia necesita cambiar gobiernos, pero el Estado no debería perder su memoria cada vez que cambia la administración. La alternancia política es saludable. La amnesia institucional no. Pero recordar también puede convertirse en un problema. Una institución puede conservar tan fielmente sus procedimientos que termine incapaz de reconocer que el mundo cambió.

Por eso una República madura no necesita simplemente recordar más. Necesita recordar mejor. Recordar no significa obedecer al pasado. Significa comprenderlo. Cambiar sin recordar produce amnesia. Recordar sin revisar produce rigidez. Entre ambas existe una tercera posibilidad: aprender. Y aprender del error no elimina la responsabilidad; evita que el mismo error tenga que pagarse nuevamente.

¿Quién decide qué merece ser recordado?

La memoria institucional no es completamente neutral. Alguien decide qué se conserva, qué se considera éxito, qué se presenta como fracaso y qué explicación entra en la memoria oficial. Por eso la memoria institucional también es una cuestión de poder. Una memoria republicana de calidad debería permitir reconstruir la cadena: problema → evidencia → diagnóstico → alternativas → decisión → implementación → resultado → evaluación → aprendizaje.

Así una generación puede aprender de otra. Sin esa cadena, cada generación interpreta el pasado según sus propias necesidades. Y entonces la memoria deja de servir al conocimiento. Empieza a servir a la narrativa. La pregunta deja de ser solamente qué ocurrió y pasa a ser quién tiene el poder de decidir qué versión de lo ocurrido sobrevivirá.

La decisión vuelve a convertirse en conocimiento

Aquí comienza a cerrarse el círculo de La Arquitectura de la República. Primero aprendimos a observar, interpretar y diagnosticar. Después, que diagnosticar no es decidir, que decidir no es ejecutar y que ejecutar no garantiza resultados. Ahora debemos agregar algo más: la respuesta de la realidad se convierte en una nueva fuente de conocimiento.

La decisión deja de ser el final y se convierte en el comienzo de otro proceso. La secuencia puede expresarse así: observar → interpretar → diagnosticar → decidir → intervenir → ejecutar → evaluar → aprender → recordar → corregir → volver a decidir. La República deja de funcionar como una sucesión de decisiones y comienza a acumular conocimiento.

La prueba definitiva de la memoria no está en lo que conserva. Está en lo que cambia. Cada generación tiene derecho a cambiar el rumbo, pero no debería descubrir nuevamente lo que las anteriores ya descubrieron. Cambiar no significa borrar. Reformar no significa olvidar. Una administración nueva debe poder cuestionar una política sin perder el conocimiento que explica por qué fue creada.

Debe poder abandonar una solución sin perder la evidencia de por qué dejó de funcionar; conservar una institución sin convertirla en intocable. Ésa es una de las formas más difíciles de madurez republicana: conservar sin inmovilizar; cambiar sin olvidar. Una República que consigue hacerlo desarrolla algo que ningún gobierno puede producir por decreto: inteligencia institucional acumulativa.

La república que recuerda para poder cambiar

Una República madura no pretende tener siempre la razón. Su fortaleza está en su capacidad de corregirse. Para corregirse necesita observar. Para comprender, necesita conocimiento. Para decidir, necesita juicio. Para mejorar, necesita evaluación. Para aprender, necesita reconocer lo que la realidad le enseñó. Y para no volver a empezar, necesita memoria.

Por eso la memoria institucional no es un lujo administrativo. Es una condición de la continuidad del conocimiento público. Una República que no recuerda sus errores está condenada a redescubrirlos. Una que solo recuerda sus éxitos construye una historia incompleta. Y una que recuerda sin revisar queda atrapada en el pasado.

Pero una República que aprende, recuerda y vuelve a examinar lo aprendido adquiere una capacidad extraordinaria: puede cambiar sin perderse. Se vuelve más sabia cuando consigue conservar lo que sus experiencias le enseñaron. Y queda una pregunta más exigente que todas las anteriores:

¿Puede una República recordar aquello que aprendió cuando llegue nuevamente el momento de decidir?

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