Consulados RD, el premio de consolación de la politiquería

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En República Dominicana hay tres tipos de nombramientos: los que se ganan por capacidad, los que se ganan por lealtad y los que se inventan para no decirle que no a alguien.

Los consulados pertenecen, demasiadas veces, a la tercera categoría.

Durante décadas hemos normalizado lo que en cualquier país serio sería un escándalo: convertir la representación diplomática y consular del Estado en una agencia de colocaciones para compañeros del partido, financistas de campaña, dirigentes que perdieron, familiares que hay que acomodar y amigos que no se pueden dejar fuera. El premio de consolación de la politiquería.

No todos. Sería injusto y mentiroso decir que todos. Hay cónsules honorables, de carrera, trabajadores, que honran la bandera y que hacen más con poco que muchos con todo. Pero el sistema no está diseñado para ellos. Está diseñado para los otros.

Y el resultado está a la vista de cualquiera que haya tenido que ir a un consulado dominicano en el exterior.

Mientras el Estado Dominicano gasta millones de dólares al año en alquileres, salarios, vehículos y gastos de representación, el dominicano de a pie sigue haciendo filas de madrugada en Madrid para conseguir una cita, pagando 150 dólares por un poder que vale 20, esperando meses por una simple transcripción de acta, sin que nadie le conteste el teléfono.

El dominicano en el exterior, ese que el discurso oficial llama «la diáspora querida», «el motor de la economía», «los héroes que mandan 10 mil millones de dólares en remesas», es tratado como cliente cautivo de un negocio privado.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York

Porque eso es lo que se ha vuelto parte del servicio consular: un negocio.

EL CONSULADO COMO BOTÍN

La lógica es perversa pero simple: pierdes la senaduría, te damos un consulado. Fuiste jefe de campaña en una provincia clave pero no hay ministerio para ti, toma un consulado. Aportaste mucho dinero pero no puedes ser ministro porque quemas, vete de cónsul a un país donde nadie te conozca.

Se reparten como si fueran bancas de lotería, no como lo que son: la primera cara del país ante el mundo y la única mano que tiene el dominicano afuera cuando está vulnerable.

Un cónsul no es un cargo decorativo. Un cónsul es el que aparece cuando a una dominicana la están maltratando en un centro de trabajo en España. Es el que va a la cárcel cuando apresan a un joven dominicano que se pasó de estadía. Es el que orienta cuando una madre soltera no sabe cómo inscribir a su hijo nacido en el extranjero. Es el que debe pelear, gestionar, proteger.

¿Con qué autoridad moral y con qué preparación va a hacer eso alguien que llegó allí porque el partido le debía un favor?

La política exterior dominicana no puede seguir siendo el zafacón de la política interna. No podemos seguir enviando como embajadores de nuestra marca país a personas que no hablan el idioma del país receptor, que no conocen la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, que nunca han leído una ley de migración y que creen que ser cónsul es cortar cintas y subir fotos con una bandera detrás.

EL COSTO DE LA IMPROVISACIÓN

Cada consulado mal gestionado nos cuesta tres veces.

Nos cuesta en dinero, porque mantenemos estructuras sobredimensionadas, con vicecónsules y auxiliares que nadie sabe qué hacen.

Nos cuesta en imagen, porque un mal servicio consular es la peor promoción que puede tener el país. Un dominicano humillado en su propio consulado no vuelve a creer en el Estado.

Y nos cuesta en oportunidades, porque mientras estamos ocupados repartiendo consulados, países como Colombia, México y hasta El Salvador están usando su red consular para hacer inteligencia comercial, atraer inversión, conseguir becas, colocar productos y defender a su gente.

Nosotros tenemos 50 consulados donde podríamos tener 15 bien equipados, digitalizados, con personal de carrera y con servicios de primera. Pero preferimos tener 50 malos a 15 buenos, porque 50 alcanzan para repartir más.

LA REFORMA QUE NADIE QUIERE HACER

Todo el mundo sabe lo que hay que hacer. No hay que inventar la rueda:

1. Carrera consular real. Que el 80% de los puestos sean ocupados por funcionarios que entraron por concurso, que se formaron en el Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular, que hablan idiomas y que hacen carrera. Como en Brasil, como en Chile, como en España.

2. Consulados rentables y digitales. La mayoría de los trámites consulares no necesitan que el ciudadano vaya físicamente. Apostilla, poderes, renovación de pasaportes, todo eso debe ser digital, con cita previa, con pago transparente y con trazabilidad. Se acabaría el negocio de cobrar por fuera.

3. Evaluación por resultados. Un cónsul debe ser medido no por cuántas fotos sube a Instagram, sino por cuántos dominicanos atendió, cuántos casos de protección resolvió, cuántas ferias comerciales organizó, cuántos estudiantes colocó.

4. Cerrar donde no hace falta y abrir donde sí. ¿Qué hacemos con consulados en ciudades donde hay 200 dominicanos y nada de comercio, mientras no tenemos presencia fuerte donde hay 50,000?

Pero nadie quiere hacer esa reforma porque tocar los consulados es tocar la caja chica del clientelismo. Es decirle que no a 100 compañeros que esperan su turno. Y en República Dominicana, ningún gobierno quiere pagar ese costo político.

Por eso seguimos con el mismo círculo: cada cuatro años se denuncian los consulados, se promete una reforma, se nombra a un grupo nuevo de amigos y todo sigue igual.

Hasta que el dominicano de afuera, ese que más aporta y menos pide, se cansa. Y cuando se cansa, no hace huelga. Simplemente deja de creer. Y cuando una diáspora deja de creer en su Estado, el país pierde mucho más que un consulado. Pierde su alma.

Los consulados no pueden seguir siendo el premio de consolación de la politiquería. Tienen que volver a ser lo que dice la ley: la casa del dominicano en el exterior.

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