Hay una pregunta incómoda que merece hacerse: ¿estamos construyendo una vida mejor o simplemente una imagen más atractiva para los demás?
En República Dominicana —y muchas veces también entre quienes emigran— el éxito parece necesitar testigos. No basta con comprar un vehículo; hay que fotografiarlo. No basta con viajar; hay que publicar cada destino. No basta con tener una buena comida; primero debe pasar por la cámara del teléfono.
Las redes sociales no crearon esa necesidad de reconocimiento, pero la multiplicaron. Hoy competimos en silencio por quién aparenta vivir mejor. Y, sin darnos cuenta, comenzamos a medir nuestro valor por los aplausos digitales.
Lo preocupante es que muchas veces la vitrina es más sólida que los cimientos.
Conocemos personas que conducen vehículos que apenas pueden pagar, celebran fiestas financiadas con tarjetas de crédito y regresan de vacaciones para enfrentarse a cuentas que tardarán meses en saldar. Mientras tanto, quienes ahorran, invierten o viven con prudencia pasan desapercibidos porque la estabilidad rara vez produce fotografías espectaculares.
También ocurre con quienes emigran. Después de años trabajando dobles turnos, compartiendo apartamentos y sacrificando fines de semana, sienten la presión de regresar al país proyectando una prosperidad impecable. Se alquila un vehículo de lujo por unos días, se compra ropa costosa, se invita a todos a cenar y se procura que nadie vea el cansancio, las deudas o las renuncias que hicieron posible ese viaje.
Pero la mayor consecuencia no es económica; es moral.
Cuando una sociedad admira más lo que se exhibe que lo que se construye, empieza a confundir riqueza con apariencia, éxito con ostentación y dignidad con poder adquisitivo. Entonces el joven deja de preguntarse cómo crecer y empieza a preguntarse cómo impresionar.
Tal vez el verdadero problema no sea el figureo, sino la necesidad desesperada de validación que lo alimenta. Porque quien conoce su valor no necesita demostrarlo todos los días.
Hay una diferencia entre prosperar y aparentar prosperidad. La primera construye patrimonio; la segunda construye espectadores.
Y una sociedad llena de espectadores termina olvidando cómo construir un futuro.
Vivía rodeado de aplausos.El día que necesitó un abrazo, no encontró a nadie.Las ovaciones nunca reemplazaron el afecto.


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