POR RAFAEL PASIAN
Amigos del fútbol, llegó el día que millones de latinoamericanos esperábamos. La final del Mundial enfrenta a dos pueblos unidos por la lengua, por una historia común y, al mismo tiempo, por siglos de encuentros, desencuentros y transformaciones. Argentina y España no solo disputarán una copa; también pondrán sobre el césped dos trayectorias históricas que inevitablemente despiertan emociones más profundas que un simple resultado deportivo.
Pero antes de mirar hacia la final, hay una imagen que quedó grabada en la memoria colectiva: Argentina eliminando a Inglaterra para conquistar su pase al partido decisivo. Para cualquier otra selección habría sido una gran victoria. Para el pueblo argentino, sin embargo, ese triunfo tiene una carga simbólica imposible de ignorar.
Las heridas de las Islas Malvinas pertenecen a la historia política y diplomática, no al deporte. El fútbol no resuelve conflictos internacionales ni sustituye el diálogo entre las naciones. Sin embargo, los pueblos suelen convertir el deporte en un espacio donde encuentran una forma de expresar dignidad, memoria y orgullo nacional. Por eso, para muchos argentinos, vencer a Inglaterra en un Mundial tiene un significado emocional que va mucho más allá del marcador.
Y ahí está la grandeza del fútbol latinoamericano.
Porque para nosotros el fútbol nunca ha sido solamente un juego. Es el niño que descalzo convierte una calle de tierra en el estadio más grande del planeta. Es el obrero que olvida por noventa minutos el peso del trabajo. Es la madre que grita un gol como si abrazara el futuro de sus hijos. Es el inmigrante que, viviendo lejos de su patria, vuelve a sentirse en casa cuando escucha el himno de su selección.
El balón, en América Latina, rueda acompañado de nuestra historia, de nuestras alegrías y también de nuestras luchas.
Ahora llega España.
No creo que esta final deba interpretarse como una confrontación entre vencedores y vencidos de hace cinco siglos. La historia no puede cambiarse, pero sí puede comprenderse. España de hoy es una nación democrática, diversa y profundamente ligada culturalmente a América Latina. Compartimos idioma, literatura, música y millones de familias repartidas entre ambos lados del Atlántico.
Sin embargo, es inevitable que muchos latinoamericanos sientan esta final como una oportunidad para afirmar que nuestro continente ya no es solamente heredero de una historia escrita por otros. Hoy América Latina también escribe la suya con talento, con creatividad y con una identidad propia que ha conquistado respeto en todos los escenarios del mundo.
Por eso, cuando Argentina salga a la cancha, no solo llevará la camiseta albiceleste. También cargará, en el corazón de millones, la esperanza de un continente que aprendió a levantarse una y otra vez frente a las adversidades.
Y si España termina levantando la Copa, habrá que reconocerlo con la nobleza que distingue a los grandes pueblos. Porque el verdadero deporte enseña que el adversario jamás es un enemigo; es quien nos obliga a superarnos.
Sea cual sea el resultado, ya ganó el fútbol. Ganó el idioma que compartimos. Ganó la pasión que une a Madrid con Buenos Aires, a Santo Domingo con Ciudad de México, a Bogotá con La Habana, a Montevideo con Nueva York, donde tantos latinoamericanos seguimos viviendo cada Mundial como si estuviéramos en la sala de nuestra casa.
Así que disfrutemos la final. Que gane el mejor. Y que cuando el árbitro pite el final, recordemos que los trofeos duran una generación, pero la hermandad entre los pueblos puede durar para siempre.
Porque los partidos terminan; los pueblos permanecen.
of-am


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Es así. Nos alegra ver crecer el entusiasmo y la práctica del futbol en República Dominicana.Nuestro país lleva en sus genes,las condiciones para un día no muy lejano,igual que Cabo Verde en éste recién finalizado mundial,poner el nombre de nuestra isla,en un destacado lugar del deporte favorito en todo el mundo.Aconsejamos al Estado y a la poderosa industria turística,invertir en entrenadores e instalaciones calificadas de calida,para su éxito.