En la historia de los grandes imperios existe una constante difícil de ignorar: el poder, con el tiempo, deja de pertenecer exclusivamente a su centro fundacional y comienza a ser compartido —y en ocasiones redefinido— por las periferias que antes lo rodeaban.
Roma es quizá el ejemplo más ilustrativo de esa transformación. Lo que inició como una ciudad‑estado terminó convirtiéndose en un sistema vasto, donde hombres nacidos fuera de la metrópoli ocuparon el Senado e incluso el trono imperial. El imperio, en su expansión, terminó siendo también la obra de quienes originalmente no eran romanos.
Ese mismo principio histórico, adaptado a la modernidad, ayuda a comprender lo que sucede en los Estados Unidos como centro de poder global. Es en ese marco de disputa por un espacio de representación donde la figura de Adriano Espaillat adquiere una dimensión que trasciende lo electoral. Su presencia hoy en el Congreso no es un capítulo simple, sino la manifestación de un proceso profundo que logró la integración progresiva de la diáspora dominicana en ese núcleo del poder mundial.
Para socio-políticamente entender mejor la transición tenemos que apuntar que la migración desde la media isla Española, a Estados Unidos fue producto de condiciones materiales que empujaron a millares de familias para abandonar su tierra en busca de estabilidad financiera, seguridad y bienestar social. En ese tránsito, la diáspora no solo se adaptó a un nuevo entorno: lo transformó y construyó barrios, redes de negocios e instituciones comunitarias, consolidando una identidad propia que, con el tiempo, se convirtió en una fuerza electoral.
Washington Heights — Alto Manhattan— fue, en principio, el epicentro de ese proceso. Allí, la identidad dominicana dejó de ser exclusivamente migrante para convertirse en una presencia estable con rasgos propios. Desde ese espacio no solo preservó su origen, sino que desarrolló formas de organización que desembocaron en conquistas políticas.
En ese contexto, al echar raíces, floreció Adriano Espaillat, con una trayectoria que no puede verse como un logro individual, sino como la suma de una comunidad madura. El propio Espaillat fue creciendo junto con su gente hasta llegar al Congreso federal, pasando antes por la Asamblea y el Senado de Nueva York. Su carrera representó una etapa decisiva en la construcción de poder para comunidades que reclamaban vivienda, educación, derechos laborales y protección.
En ese recorrido se evidencia una característica esencial de su perfil: la comprensión de la política no solo discurso, sino como una lucha directa contra la exclusión y la desigualdad. Espaillat aprendió que la confrontación no basta; que la preparación técnica, la negociación y la lectura precisa del proceso legislativo son herramientas indispensables. Esa experiencia lo convirtió en un actor capaz de orientarse en la complejidad —y a veces en la oscuridad— de las intríngulis parlamentarias.
En términos históricos, su ascenso se comprende mejor si se observa un patrón que atraviesa a todos los grandes imperios: las diásporas, aun siendo esenciales para la vida económica y cultural, suelen ser marginadas de los centros de decisión. Ocurrió con los pueblos sometidos por Roma, con las comunidades periféricas del Imperio Británico y, de manera paradigmática, con el pueblo hebreo en su largo tránsito por estructuras de poder que no los reconocían plenamente.
Guardando las distancias históricas y sin pretender paralelos religiosos, la experiencia de la diáspora dominicana en Estados Unidos recuerda ese trayecto: un pueblo que, aun sin hablar con Dios ni subir al Sinaí, parece guiado por una suerte de providencia que le permite levantar el báculo y abrirse paso en medio de estructuras rígidas. En cada comunidad, en cada época, surgen hombres capaces de señalar un camino, de romper la tierra en dos para decir: por aquí avanzamos.
En ese sentido, la figura de Adriano Espaillat se acerca más a la de un Moisés secular: un líder que no libera a un pueblo de una esclavitud física, sino de la invisibilidad política y marginalidad social. Su papel no del libertador épico, sino del mediador que abre puertas, del hombre que convierte la marginalidad en presencia. Cada pueblo, en distintos territorios, ha tenido figuras así: hombres y mujeres iluminados, capaces de surcar mares y derribar obstáculos que parecían inamovibles.
Su elección al Congreso en 2016 marcó una ruptura porque no se trató únicamente de la victoria de un candidato, sino de la entrada formal de una comunidad periférica al espacio de deliberación federal. A partir de ese momento, la diáspora dominicana dejó de ser exclusivamente objeto de políticas públicas para convertirse en un actor clave en su fabricación.
Ese cambio tiene implicaciones profundas porque significa que la comunidad ya no solo es representada, sino que participa directamente en la definición de las reglas y las leyes que la afectan. En la coyuntura actual, esta realidad adquiere una dimensión mayor.
Pero hoy la situación es que esos espacios logrados tienen competencias electorales, y como principal objetivo enfrentar a Espaillat, no como contienda entre candidatos, sino como un debate más amplio sobre el tipo de liderazgo que debe prevalecer para la comunidad hispana de inmigrantes.
Porque realmente, tiene que saberse, lo que está en juego no es únicamente una banca, sino un modelo ideológico de gestión frente a otras propuestas de corte teológico, sociopolítico-Woke; una de esa paradoja filosófica difícil de entender.
Hemos querido olvidar que la labor legislativa de Espaillat ha estado enfocada en la defensa del Medicare, Medicaid, vivienda asequible y la lucha por los inmigrantes. Esto se hizo especialmente evidente durante la crisis del COVID‑19, cuando Nueva York se convirtió en uno de los epicentros globales de la emergencia sanitaria. En ese periodo, su rol fue operativo: canalizando recursos, mediación institucional y la defensa de sectores vulnerables para evitar que los arrendadores ejecutarán desahucios masivos.
Asimismo, su respaldo a iniciativas como el acuerdo de Cielos Abiertos entre Estados Unidos y la República Dominicana revela una visión transnacional de la política, donde la representación no se limita al territorio, sino que abarca la relación dinámica entre la nación de origen y la de residencia.
Uno de los gestos más significativos de su trayectoria fue el homenaje al doctor José Francisco Peña Gómez en el Congreso de los Estados Unidos, incorporando su legado al Registro Congresual. Este acto trasciende lo inmediato porque constituye la inscripción de una parte de la memoria política dominicana en el archivo del poder planetario. Es, en esencia, un reconocimiento institucional a nuestra historia.
Si en Peña Gómez se encarnó la lucha por la inclusión política dentro de su propio país, Espaillat representa la consolidación de esa misma aspiración en el exterior. Entre ambos se establece una línea de continuidad histórica que conecta la búsqueda de representación en dos espacios distintos, pero profundamente relacionados.
En última instancia, la importancia de Adriano Espaillat no reside únicamente en su permanencia en el Congreso, sino en lo que esa permanencia significa: la transformación de una comunidad inmigrante en un actor político decisivo dentro del sistema estadounidense. Su figura demuestra que la diáspora no solo ha logrado integrarse, sino también influir en el diseño del poder.
Por ello, su historia no puede reducirse a una biografía individual. Es la expresión de un proceso colectivo de largo alcance en el que la migración, la organización comunitaria y la participación institucional convergen para redefinir el proceso contemporáneo de la representación política. En ese tránsito histórico, Espaillat no es solo un protagonista: es la consecuencia de una comunidad que aprendió a convertir la exclusión en presencia, y la presencia en un factor de poder para agigantarse desde el Congreso de los Estados Unidos.


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Espaillat esta apunto de perder su trono con una desconocida. Debe darle verguenza que con su larga trayectoria aparesca alguien que nadia conocia y los tumbe del puesto.
Este señor en lugar de expulsar su excremento por el ano lo hace por los dedos de las manos con las que èl escribe. Comparar un parasito como Adriano con Moises, es el colmo! Señor Fortes, siga cortando cañas alla en Motellano, que para eso lo contrataron a usted, no para escribir burrada.
no es el partido democrata no quiere no mas ustedes viven en republica dominicana . aqui es nyc . aqui es GRANDE LIGA >LOS QUE ustedes Opinan no tiene sentido aqui botan los USA CITIZEN . no ustedes en REPUBLICA DOMINICANA .