POR LUIS M. GUZMAN
La reciente encuesta Gallup-DL ha sido presentada como una simple medición del clima político nacional. Sin embargo, observada con mayor profundidad, parece responder a un objetivo más amplio: influir en la reorganización temprana del escenario electoral rumbo al 2028.
Más que reflejar únicamente opiniones ciudadanas, la encuesta transmite señales políticas, emocionales y estratégicas destinadas a estabilizar al oficialismo y comenzar a construir percepciones futuras dentro y fuera del poder.
Los datos muestran contradicciones demasiado evidentes para ser ignoradas. Mientras una mayoría importante considera que la economía está mala o muy mala, simultáneamente se intenta instalar una narrativa de estabilidad política y continuidad gubernamental. Esa dualidad revela que la batalla ya no ocurre únicamente sobre la realidad económica del país, sino sobre la interpretación emocional de esa realidad y la capacidad de administrarla mediáticamente antes de que se transforme en castigo político.
La política dominicana ha entrado en una etapa distinta. Las encuestas dejaron de limitarse a medir intención de voto. Hoy funcionan también como herramientas de influencia psicológica. Crean sensación de fortaleza, inducen percepción de inevitabilidad, desmoralizan adversarios y envían mensajes silenciosos a dirigentes, empresarios y estructuras partidarias. En política moderna, muchas veces no gana primero quien tiene más apoyo real, sino quien logra parecer más fuerte en el imaginario colectivo.
Una sola figura

Ahí aparece uno de los aspectos más delicados de esta Gallup-DL. La narrativa derivada de la encuesta parece enfocarse de manera muy específica en posicionar a una sola figura del PRM como rostro natural de continuidad política. No se observa un tratamiento equilibrado de los diferentes liderazgos internos del oficialismo. El énfasis mediático recae casi exclusivamente sobre la figura del Ministro de Turismo, David Collado, proyectándolo como símbolo de eficiencia y aceptación nacional.
Ese detalle adquiere enorme importancia cuando se analiza el contexto completo. Turismo representa probablemente el espacio más favorable del gobierno para fabricar percepción positiva. Allí abundan las cifras récord, los eventos internacionales, las inauguraciones, el crecimiento estadístico y la exposición constante en medios.
Es un ministerio con alta rentabilidad visual y bajo nivel de confrontación social directa, ideal para construir imagen gerencial sin cargar todavía con el peso integral de gobernar el país.
Pero administrar Turismo no equivale a administrar República Dominicana. La Presidencia obliga a enfrentar inflación, deuda pública, inseguridad, salarios insuficientes, crisis hospitalaria, apagones, presión fiscal y deterioro del poder adquisitivo.
Sin embargo, la encuesta y la narrativa mediática parecen separar cuidadosamente la figura de David Collado del desgaste acumulado del gobierno.
Ahí surge una pregunta inevitable: ¿se está midiendo capacidad presidencial integral o se está construyendo estratégicamente una candidatura desde el área más cómoda del Estado?
La operación parece políticamente calculada. El oficialismo necesita preparar la transición del post-Abinader sin transmitir sensación de agotamiento. Para lograrlo, requiere preservar la idea de continuidad institucional mientras transfiere únicamente los activos positivos del gobierno hacia una nueva figura.
En otras palabras, intenta heredar estabilidad y crecimiento sin heredar completamente inflación, malestar social y desgaste político. Esa estrategia ha sido utilizada en múltiples procesos latinoamericanos con resultados variables.
Otro elemento importante es el papel de la narrativa digital. Las redes sociales dominicanas ya funcionan como auténticos laboratorios de percepción política. Tendencias artificiales, campañas coordinadas, posicionamiento emocional, encuestas amplificadas y construcción mediática de inevitabilidad forman parte cotidiana de la nueva competencia electoral.
La política dominicana ya no se mueve únicamente por militancia tradicional; también se mueve por algoritmos, emociones, repeticiones y construcción constante de estados psicológicos colectivos.
En ese escenario, la oposición enfrenta su propio reto. Capitalizar proporcionalmente el desgaste oficialista. Pero interpretar eso como fortaleza absoluta del gobierno sería una lectura simplista. Lo que parece crecer silenciosamente es el desencanto. El aumento de independientes, la abstención elevada y el debilitamiento de la fidelidad partidaria sugieren que una parte importante de la población ya no se siente plenamente representada por ninguna estructura tradicional.
Ese votante desconectado puede convertirse en el verdadero árbitro del 2028. Ya no responde automáticamente a lealtades históricas como ocurría décadas atrás. Es más pragmático, más emocional y mucho más sensible al deterioro económico cotidiano. Por eso las narrativas importan tanto, porque intentan contener frustración antes de que se transforme en ruptura política. La lucha actual no es solo por votos; es por controlar la percepción de estabilidad y evitar que el malestar se convierta en energía electoral opositora.
La encuesta también parece buscar un efecto interno dentro del PRM. Después de varios años de gobierno, comienzan naturalmente tensiones sucesorales, luchas de poder y ansiedad entre grupos internos. Proyectar una figura específica como la más aceptada y competitiva ayuda a ordenar el tablero oficialista antes de que la disputa interna se vuelva más agresiva. Las encuestas modernas muchas veces funcionan como mecanismos silenciosos de disciplina política dentro de las propias organizaciones gobernantes.
Sin embargo, existe un límite histórico para toda construcción narrativa. La propaganda puede administrar desgaste durante un tiempo, pero cuando la experiencia cotidiana del ciudadano contradice persistentemente el relato oficial, la realidad termina imponiéndose. Ninguna campaña digital puede ocultar indefinidamente inflación, salarios golpeados, endeudamiento creciente o deterioro de calidad de vida. Ahí es donde muchas operaciones de percepción comienzan lentamente a fracturarse frente al peso del bolsillo y la frustración acumulada.
La Gallup-DL, por tanto, no parece únicamente una encuesta de opinión pública. Parece también una pieza dentro de una estrategia más amplia de reposicionamiento político, contención oficialista y fabricación temprana de continuidad hacia el 2028. La gran incógnita será si esa narrativa logrará sostenerse cuando el país real vuelva a chocar frontalmente con el país construido desde encuestas, redes y percepción mediática.
jpm-am


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