Tambor de hojalata: cuando crecer se convirtió en la derrota
POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
Corría el año 1979 y éramos una generación incómoda. Contestataria hasta la médula, internacionalista por instinto, aguerrida por necesidad. No aceptábamos verdades a medias ni consignas masticadas.
Éramos jóvenes con hambre de sentido, lectores casi enfermizos, discutidores compulsivos, inconformes por vocación.
Nos formaron las canciones y los libros. La nueva trova, Serrat, Mercedes Sosa, Piero, Cafrune, Atahualpa, Rosa León, Los Guaraguaos. El Che como símbolo, la Revolución Cubana como debate permanente, La Madre de Gorki como manual moral, Tambor de hojalata como advertencia, Yo visité Ganímedes como promesa.
Cuando se estrenó Tambor de hojalata en el cine Triple, corrimos como quien va a un rito iniciático. Éramos muchos, impacientes, casi febriles. Queríamos ver en pantalla gigante lo que ya nos había sacudido por dentro: al niño Oskar negándose a crecer en un mundo enfermo.
Salimos del cine golpeados. No era una fábula: era un espejo. Entendimos que crecer, en ciertos sistemas, no es madurar sino corromperse. Que el mundo adulto podía ser más monstruoso que cualquier pesadilla infantil. Oskar no huía de la vida: huía de la degradación.
Al mismo tiempo leíamos La Madre.

Allí encontrábamos justificación ética para nuestra rebeldía. No era capricho juvenil: era conciencia. Rebelarse era un deber cuando la normalidad estaba podrida. Oskar y aquella madre revolucionaria dialogaban sin saberlo.
Yo visité Ganímedes nos ofrecía otro respiro: la posibilidad de un mundo justo, pacífico, humano.
Ese futuro que imaginábamos entonces, que ingenuamente creímos cercano. Hoy debería ser presente… y no lo es.
Hoy el mundo es peor.
Mucho peor. Más grotesco que la ficción. Los gobernantes ya no fingen madurez: juegan a ser niños con poder. Juegan a las medallas, a las amenazas, al recreo brutal donde el más grande quita la merienda al débil a cambio de “protección”.
Hoy vemos adultos actuando como caricaturas. Vampiros sin escrúpulos que no distinguen edades ni inocencias. Drácula y Barnabas Collins parecen moderados al lado de ciertos líderes actuales, que chupan recursos, dignidades y futuros sin horario ni pudor.
Calígula ya no necesita toga ni palacio: reaparece en trajes modernos, en discursos huecos, en banquetes obscenos mientras los pueblos pagan la cuenta. La historia no se repite: se degrada.
Entonces entendemos a Oskar. Su negativa a crecer no era infantilismo: era lucidez. Era resistencia. Era un acto político y moral.
Qué desdicha haber crecido, Oskar…
y qué tragedia descubrir que el mundo adulto decidió no madurar jamás.
jpm-am

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