La microfísica del imperialismo

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La autora es investigadora y analista de políticas públicas. Reside en Santo Domingo

POR EMELYN HERASME

El imperialismo nunca desapareció; por el contrario, se ha perfeccionado en su versión más cínica. No necesita tanques para dominar; basta con envenenar el lenguaje. Cuando Trump profiere que Colombia o México está “controlado por cárteles”, o que Venezuela es un caos que hay que “arreglar”, no describe la complejidad de esas realidades, las reduce estratégicamente, construyendo las condiciones discursivas que habilitan y legitiman la intervención.

Cuando afirmo que ya no hacen falta tanques, no estoy negando la violencia material ni sus consecuencias devastadoras. Me refiero, precisamente, a su antesala. Esa violencia rara vez irrumpe de forma espontánea: es el discurso el que la precede, la habilita y la legítima. Antes de los bombardeos, como ocurrió en Venezuela, hay una narrativa que los vuelve pensables, justificables y, para muchos, incluso necesarios.

Foucault describe esto con notable claridad en Microfísica del poder (1979), señala que el poder no solo reprime, sino que fabrica verdad, de modo que discursos repetidos hasta el cansancio terminan por clasificar países enteros como enfermos terminales, criminales irredimibles o incapaces de gobernarse, transformando así la soberanía ajena en un estorbo que debe ser removido.

Donald Trump

La jugada maestra es convertir la agresión en un acto de bondad, hasta el punto de que, si un país es catalogado como “fallido”, invadirlo deja de ser violencia imperialista y se disfraza de “ayuda humanitaria”, en un discurso que diagnostica, estigmatiza y prescribe la misma receta de siempre: más control estadounidense, siempre en beneficio de quien ya detenta el poder.

El nuevo imperialismo es capilar, como decía Foucault, y también cobarde. Se filtra en tuits, entrevistas, titulares y conversaciones cotidianas. No requiere una declaración de guerra formal; basta con que la idea de “países fallidos” se vuelva sentido común para que cualquier intervención futura parezca razonable y tenga justificación moral.

Situemos la mirada analítica en México y Colombia: afirmar que los cárteles “mandan” es una mentira grosera que ignora el consumo voraz de drogas en EE.UU. y sus propias políticas fallidas. Pero esa caricatura sirve para fantasear con marines “restaurando orden”, como si no hubieran dejado sangre y miseria cada vez que lo intentaron.

El truco se ha pulido en la era digital: una frase repetida millones de veces se vuelve dogma. Ya no hace falta controlar ejércitos si se controla el relato. La verdad se fabrica en redacciones y algoritmos al servicio del poder. Quien decide qué país es “fallido” decide también quién puede violar su soberanía impunemente. Esa etiqueta siempre la impone quien tiene portaaviones, bancos y medios para hacerlo.

El verdadero peligro es que nos traguemos la naturalización de lo que está pasando y aceptemos que ciertos pueblos son “caóticos por naturaleza”. Si asumimos esa premisa, renunciamos a pensar soluciones colectivas y complejas, y aceptamos la violencia como atajo. Nos conformamos con el bombardeo rápido, presentado como inevitable o incluso racional, aunque la historia grite, una y otra vez, que ese camino siempre termina en más ruina, más resentimiento y menos futuro.

Foucault lo planteó con precisión, quien domina el discurso domina el poder; en este nuevo imperialismo disfrazado de preocupación humanitaria, esa idea funciona como una alerta que no podemos ignorar.

Como siempre, esta servidora no busca cerrar el debate, sino ampliarlo. La invitación queda abierta a leer a Foucault, no como una autoridad académica intocable, sino como una herramienta crítica para pensar el poder, el lenguaje y sus efectos muy reales sobre nuestras vidas.

JPM

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CESA
CESA
4 horas hace

felicidadespero te van a sacrificar los lame botas periodista dominicano que trabajan para para la prensa pribada