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La mayor demostración de responsabilidad ante una nación con grandes problemas económicos, sociales, políticos y jurídicos, la exhibió la clase política española cuando todas sus fuerzas vivas (el jefe de gobierno Adolfo Suárez, los comunistas con Santiago Carrillo a la cabeza, Felipe González y el Partido Socialista Obrero Español, el Partido Popular de Enrique Tierno, el Partido Vasco, los obreros, empresarios y todo aquél que sentía un poco de amor por la tierra de Cervantes), se unió a grandes debates en busca de consenso para catapultar a la todavía España invertebrada de José Ortega y Gasset.
España estaba a punto de estallar y bajo esa innegable realidad, se firmaron los pactos de la Moncloa el 25 de octubre del 1977, donde la clase política española demostró una inigualable madurez al poner el país por encima de los intereses partidarios. El objetivo era claro: acuerdo de estabilidad en todos los órdenes.
En ese histórico pacto no hubo ausentes. Sin embargo, el pacto entre el presidente Danilo Medina y el ex presidente Leonel Fernández, lo he denominado »el pacto de los ausentes», pues ninguno de los dos dio la cara, sacando a relucir una gran debilidad del sistema de partidos. Algunos fueron tan miopes, que llegaron a pensar que era una crisis del PLD, cuando en realidad era un »tranque» que repercutía en la gobernabilidad del país.
Si bien es cierto que este país no está invertebrado como la España en el período de transición, no es menos cierto, que a pesar de los niveles de popularidad que exhibe el presidente Medina y sus innegables aportes en algunas áreas, como el de la educación, el país todavía tiene problemas medulares que se ventilan en la opinión pública sin solución, desde la muerte de Rafael Leónidas Trujillo.
Pienso que el presidente Medina dejó pasar una magnífica oportunidad para llevar a cabo un gran pacto nacional, acompañado de la reforma. Es preferible mil veces invertir en fortalecer la democracia, a que el dinero se escape por otras vías. La mejor ficha que pudo haber jugado el jefe del Estado, era propiciar la reforma y el modelo norteamericano, mediante el referéndum y un gran pacto nacional con los sectores nacionales que hacen posible la gobernabilidad.
Es inapropiado en pleno siglo 21, emprender reformas sin consultar a quienes legitiman el quehacer de sus autoridades. Quizás sea necesario recordar, que el poder real descansa en el pueblo, quien es que otorga y quita poderes.
En esta ocasión, todas las encuestas establecen que el primer mandatario goza de un inmenso apoyo. Pienso que la consulta lo sacaba por la puerta grande y con una mayor dimensión de su liderazgo, que ya comienza a trascender lo nacional.


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