Morir joven en República Dominicana no es un accidente; es el precio de la manera en que enseñamos a los hombres a habitar el mundo. Los datos son contundentes: ellos viven menos que ellas y, especialmente entre los 15 y 29 años, mueren sobre todo por accidentes de tránsito, homicidios y suicidios. No es el destino. Es el resultado de una forma de criar que normaliza el riesgo y la violencia.
Desde temprana edad, a los varones se les enseña que deben ser fuertes, arriesgados, dominantes y emocionalmente “resistentes”. Se les repite, directa o indirectamente, que el miedo, la prudencia o la vulnerabilidad son signos de debilidad. Este modelo no solo limita su desarrollo emocional, también los empuja a conductas temerarias. En las calles, se traduce en exceso de velocidad, consumo de alcohol al conducir y desprecio por las normas y las medidas de seguridad. En la vida cotidiana, se expresa en conflictos que escalan hacia la violencia porque “un hombre no se deja”. En lo interno, se convierte en silencio emocional, dificultando que pidan ayuda cuando atraviesan momentos críticos.
Las muertes en jóvenes ocurren, en muchos casos, en contextos donde se intenta demostrar valentía, control o superioridad. La presión por cumplir con ese ideal empuja a decisiones impulsivas que pueden ser irreversibles.
Ante esta realidad, promover una educación no violenta y repensar la masculinidad no es una opción ideológica, es una urgencia. Educar en regulación emocional significa que un niño pueda reconocer la rabia antes de que se convierta en agresión, o el miedo antes de que se transforme en imprudencia. Fomentar la empatía implica que pueda ver al otro como un igual, cuya vida también importa y no como un rival.
Enseñar resolución pacífica de conflictos ofrece alternativas reales a la violencia: saber retirarse, dialogar, negociar sin sentir que se pierde valor. Estas habilidades no son abstractas; son herramientas que, en la práctica, reducen peleas, previenen homicidios y evitan decisiones impulsivas que terminan en tragedia.
Al mismo tiempo, promover el autocuidado es vital. Un hombre que reconoce su vulnerabilidad se protege, conduce con responsabilidad, valora su vida y la de los demás.
Una masculinidad distinta no elimina el verdadero significado de ser hombre, lo redefine. Permite que un hombre sea prudente sin ser débil, que se retire sin perder dignidad y que pida ayuda sin vergüenza. Este cambio no es menor: es la diferencia entre vivir y morir.
La pregunta ya no es si debemos cambiar, sino cuántas vidas más estamos dispuestos a perder antes de redefinir la masculinidad. Seguir igual también es una decisión. Nos hemos acostumbrado a enterrarlos antes de enseñarles a vivir.
jpm-am


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