Por RAFAEL RAMIREZ MEDINA
La discusión sobre la reforma al Código de Trabajo en la República Dominicana ha vuelto a poner en el centro del debate un tema tan crucial como sensible: la regulación del trabajo doméstico.
La intención de dignificar este tipo de empleo es legítima y responde a compromisos internacionales asumidos por el Estado, como la ratificación del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Sin embargo, las buenas intenciones deben estar acompañadas de realismo social y sensatez económica.
Es innegable que, por décadas, el trabajo doméstico ha sido invisibilizado, mal remunerado y excluido del sistema de protección laboral. Pero la pregunta que debemos hacernos es: ¿están preparadas nuestras familias y nuestro mercado laboral para una implementación inmediata y rígida de estos cambios?
Dignificar el trabajo doméstico es, sin duda, una causa justa y necesaria. Pero debe hacerse con gradualidad, sensibilidad social y visión integral. Imponer una legislación rígida, sin considerar el impacto económico sobre las familias ni dotarlas de herramientas prácticas de implementación, corre el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad: podría generarse más informalidad, desempleo e incluso una cultura de simulación legal.
La propuesta de reforma busca equiparar los derechos de las trabajadoras domésticas con los del resto de los trabajadores formales.
Entre los aspectos planteados se encuentran:
– Jornada laboral limitada (máximo 8 horas por día o 44 semanales)
– Contrato escrito obligatorio
– Salario mínimo no inferior al del sector formal (actualmente RD$10,000)
– Acceso a la seguridad social completa
– Pago de prestaciones laborales (cesantía, preaviso, vacaciones, entre otras)
– Prohibición del trabajo doméstico a menores de 18 años
Si este nuevo régimen obliga a las familias a asumir todas estas responsabilidades como si fueran una entidad empleadora formal, entonces cabría preguntarse: ¿no deberían las familias tener también los mismos derechos fiscales que una empresa?
Bajo esa lógica, las familias deberían poder:
– Presentar mensualmente los formularios 606 y 607 para registrar los gastos y servicios relacionados al empleo doméstico
– Solicitar compensación o devolución del ITBIS pagado a suplidores de servicios vinculados al hogar
– Tener derecho a una exención parcial del Impuesto Sobre la Renta, considerando el costo que implica formalizar un empleo doméstico
– Aplicar los impuestos que pagan como asalariados (o como trabajadores independientes) como anticipos del ISR, igual que las empresas
– Contratar a un Contador Público Autorizado que lleve los registros fiscales y prepare las declaraciones juradas ante la DGII
Empleado adicional
Porque, tal como está planteada la reforma, las familias necesitarán prácticamente un empleado adicional solo para poder cumplir con todos los requisitos legales que se pretenden imponer.
Esta propuesta, aunque parezca irónica, revela una contradicción importante: si el Estado pretende que las familias funcionen como empresas en términos de responsabilidades, entonces también debe otorgarles los beneficios, incentivos y facilidades del sistema tributario empresarial. De lo contrario, se estaría imponiendo una carga desproporcionada e inequitativa sobre los hogares dominicanos.
De aprobarse esta reforma sin ajustes graduales ni incentivos específicos para las familias, especialmente de clase media y media baja, muchas no podrán sostener el costo que implica formalizar y mantener una empleada doméstica bajo el nuevo régimen. Esto podría generar un efecto dominó: aumento del desempleo en este nicho, migración de trabajadoras hacia el trabajo informal o por horas, y un resurgimiento de figuras no reguladas, como cuidadoras independientes o ayudantes informales.
El impacto no sería solo económico, sino también funcional. En una sociedad donde el trabajo doméstico ha sido históricamente un soporte silencioso de la productividad familiar, su encarecimiento abrupto podría afectar de manera adversa la vida cotidiana, la crianza de los hijos y el cuidado de los adultos mayores.
Es hora de avanzar hacia la dignificación del trabajo doméstico, pero con equilibrio, sentido común y compromiso de todos los sectores. Una reforma laboral sin realismo podría terminar ahogando el objetivo que se busca alcanzar.
Reforma laboral, sí. Pero con gradualidad, sensatez y justicia para todos.
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