Dos días después, 30 de mayo 61, entrada la noche, sonó el teléfono.
Era don Mario que nos advertía con palabras precisas y presurosas: “Salgan de inmediato para acá. ¡Algo grande ha pasado!”. Jesús María, de inmediato, voceó: “¡Coño, mataron a Trujillo!” , colgó el teléfono y de la despensa trajo dos vasos y una botella de whisky.
Dos empleados al notar la algarabía, preguntaron qué pasaba, pero al decirle lo ocurrido no lo podían creer. Con las manos en la cabeza iban gritos y llanto. Hubo que explicarles quién era “El Jefe”, sus crímenes, abusos, su régimen oprobioso, pero ni así logramos calmarlos.
Las familias Sánchez Sanlley y Hernández Sánchez no eran enemigos jurados de Trujillo, aunque no compartían su régimen dictatorial.
El prestigioso Lic. don Augusto Sánchez era senador de la República, y uno de sus hijos, Rafael Augusto (Papito) diputado. Cayeron en desgracia cuando Guillermo Augusto Sánchez Sanlley, con sus demás heroicos compañeros “llenos de patriotismo, enamorados de un puro ideal: “vivir en su país libre de las garras de Trujillo” vinieron en la expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo” el 14 de junio 1959.
Aniquilada la expedición por la hueste trujillista, Guillermo cayó en combate, igual que cientos de heroicos compañeros. Los pocos sobrevivientes fueron víctimas de horrendas torturas y muerte por esbirros de Trujillo.
Trujillo enviaría a don Augusto una carta repudiando a su hijo, recibiendo por respuesta su renuncia del senador y el cierre de su oficina. El mismo gesto hiciera su yerno, Dr. Homero Hernández Almánzar: renuncia al cargo de embajador de la República en Ecuador y se asila con su familia en otra embajada.
Papito Sánchez Sanlley, ferviente antitrujillista, casado con doña Josefina Padilla, preso y mal visto en “La Victoria” compartía su celda con el mayor Segundo Imbert Barreras. Al llegarle la noticia no se contiene, eufórico, el altavoz repite: “!Mataron a Trujillo!”.
Informado el general Pupo Román, secretario de las Fuerzas Armadas, implicado en el complot, ordena sacarlos de La Victoria y trasladar ambos a la Base Aérea de San Isidro donde le espera el temible esquizofrénico Ramfis.
Nunca llegaron. Salvajemente torturados en el camino, son asesinados y sus restos tirados al mar.
Toda esa tragedia produjo gran consternación, estupor, indignación y protesta del pueblo dominicano, asqueado de la tiranía y egolatría del “Benefactor”. El Decreto 335-21 del presidente Luis Abinader declara el 30 de mayo “Día de la Libertad”, conmemorando la fecha.
JPM

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