Es increíble la exagerada expresividad del dominicano. Pienso que talvez no exista en el mundo hispanohablante otro ser más parlanchín o más expresivo que los nacidos en esta tierra. Es sorprendente cuan imposible se le hace al dominicano promedio permanecer en silencio callar cuando no debe hablar. De ahí que muchos nunca callen, siempre están hablando o articulando palabras. De ahí que muchos lo informen todo, lo pregunten todo, lo averigüen todo y lo comuniquen todo, no importa lo íntimo, personal o familiar que sea el tema de que se trate.
Y por eso cuando se nos pregunta algo, nuestras respuestas generalmente trascienden el límite del propósito de la interrogación, esto es, contestamos mucho más de lo que se nos ha preguntado.
– ¿Cuántos hijos usted tiene? – le pregunté, hace ya muchos años, a una señora en una entrevista de trabajo.
La respuesta fue toda una verdadera autobiografía:
-«Tengo cinco hijos, tres varones y dos hembras. Debí tener seis, pero una vez el que era mi marío me dio una patá en el vientre y perdí el muchacho. Las hembras ya se casaron. La más vieja tiene un niño y la otra está embarazada. Los varones no se han casado, están estudiando…»
Yo crucé los brazos y con una calma aparente me dispuse a esperar a que tan inesperada perorata llegara un día a su fin.
La discreción, para la persona que así procede, no es más que un sueño, una ilusión, una conducta lingüística sin sentido o carente por completo de valor. Por eso el pueblo, apelando a su natural picardía, suele llamar a este tipo de hablante “lengua de jabón”
Es el dominicano, posiblemente, el único ser del mundo para quien la confidencialidad constituye la más auténtica expresión de la lealtad. Merced a esta concepción, entendemos que, si no le confesamos todo a ese amigo, hermano, compañero de trabajo o persona a quien queremos, estamos traicionando la amistad o el amor que por ese ser sentimos. Algunos afirman que, en las mujeres, esta práctica parece ponerse más de manifiesto que en los hombres. Es como si su lema de vida se resumiera en las siguientes palabras: «Si es mi gran amiga, todas mis intimidades o asuntos personales, ella debe saberlos…»
Pensar de esa manera, es poseer una idea distorsionada del acto comunicativo o marginar la conducta que a nuestro juicio define una verdadera y efectiva comunicación: callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.
Pero, aunque no todos, así somos los dominicanos somos: sumamente expresivos, extremadamente parlanchines y a veces, torpemente indiscretos.
jpm-am

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