Casa de Arte: grandes noches de verbenas poéticas y literarias

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santiago de los Caballeros.

 

(Sin arte la vida sería un error. Nietzsche)

El siglo XIX fue un mundo en el que la expresión artística y literaria en Santiago de los Caballeros tuvo grandes expositores que nos visitaron habiendo recorrido los escenarios universales que se abrieron generosamente a todas las manifestaciones de la inspiración del hombre por la obra de lo supra sensible en la poesía, en la literatura, en las artes plásticas, en el teatro y en la música.

Benedetto Croce, escritor y filósofo italiano, nos comunica en su visión demoníaca en la estética, que «el arte es la expresión máxima o más pura de la belleza, en cuanto que concibe el arte como una visión que capta una realidad supra racional, más allá de las explicaciones lógicas y formales, que no puede ser recibido o expresado en palabras y que su esencia se define en  imagen».

Y, continúa Croce en su grandiosa y singular manera de filosofar, «el arte es visión o intuición». «El artista produce una imagen o fantasma y quien gusta del arte dirige la mirada al sitio que el artista le ha señalado con los dedos y ve por la mirilla que este le ha abierto y reproduce la imagen dentro de sí mismo».

Santiago de los Caballeros le abrió sus puertas y les ofreció sus tablados a poetas y literatos de la dimensión de los poetas españoles Francisco Villaespesa y Concepción Jesusa Basilisa Espina (Concha). Valentín Giro, natural de Mayagüez, Puerto Rico, y quien falleció en San Pedro de Macorís, también expuso su obra poética y modernista en esta ciudad como fue «Virgínea» y «Ensueño» [véase a Andrés Acevedo en «Instituciones culturales de Santiago de los Caballeros. Origen y evolución» (2016).

Además de los  escritores mencionados anteriormente estuvieron en el Centro de Recreo de Santiago escritores y filósofos de la talla del mejicano José Vasconcelos. No dudo que entre sus conferencias en Santiago Vasconcelos no incluyera su magnífica obra educativa e histórica «Estudios indostánicos», escrita en 1921, y el gran novelista español Eduardo Zamacois y Quintana, a su vez, disertara sobre su novela «Una vida extraordinaria».

La celebrada  «Noche azul de los poetas», en aquel Santiago de los Caballeros apasionado y romántico, movió los sentimientos de los tiernos jóvenes y de las mujeres delicadas. La presencia de poetas dominicanos ilustres como Osvaldo Bazil Leyba y Porfirio Herrera Báez en esos encuentros soberbios de poetas llenó de inspiración literaria este solar maravilloso santiagués.

Santiago vivió el azar eminente de oír hermosas tonadas en voces propias de poetas como Osvaldo Bazil. Entre manojos de noches de recitación aquel pueblo sensible a la expresión del sentimiento disfrutó de poemas como «Los cisnes de Rubén Darío». Podríamos imaginar a Bazil en aquel escenario inspirado recitando un poema tan sensible para él como ese, por su gran amistad con el ilustre poeta nicaragüense. Merece que nos deleitemos con unas estrofas de «Los cisnes de Rubén Darío».

Veamos: «El profético cisne de Darío, mitológico y blanco y pensativo. Abre sus alas en el pecho mío y me envenena su actitud de esquivo. ¡Oh, gran cisne, que sabe la tormenta que estremece los músculos de América. En una fuerte crispación violenta y en una altiva conmoción homérica».

Sinceramente, debo decir, que al leer este hermosísimo poema de Osvaldo Bazil el mismo hace que hierva en nosotros el sentimiento literario que llevamos dentro como si fuese burbujas que nos elevan envueltos en sus pompas de glorias y de recuerdos.

Casa de Arte se ha dispuesto, feliz y gustosamente, de invitar a poetas y escritores  de Santiago y del país en lo que sería un loable esfuerzo de su parte de tratar de recrear «La noche azul de los poetas», veladas que llegó a organizar el antiguo Centro de Recreo de Santiago de cuya sociedad llegaron a formar parte figuras eminentísimas como el licenciado José María Cabral y Báez, la poetisa doña Trina Moya de Vásquez, don Eladio Victoria y don José María Benedicto, entras otras personalidades que tuvieron repercusión social, política y literaria.

Según lo recoge Andrés Acevedo en su obra anteriormente citada, me hubiese gustado haber estado nacido para la época (1895) cuando el ilustre poeta cubano José Martí visitó el Centro de Recreo de Santiago. Es posible que Martí recitara emocionado para la ocasión el poema suyo titulado «Dos patrias» encontrándose en Santiago de los Caballeros, que vendría siendo algo similar a su Santiago de su Cuba, adorada y excitante como realmente lo es. A manera de goce estético me permito tratar de ornamentar su lectura trayéndoles a mis lectores este poema:

«Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos? No bien retira su majestad el sol, con largos velos y un clavel en la mano, silenciosa Cuba cual viuda triste me aparece. ¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento que en la mano le tiembla! Está vacío mi pecho, destrozado está y vacío en donde estaba el corazón. Ya es hora de empezar a morir. La noche es buena para decir adiós. La luz estorba y la palabra humana. El universo habla mejor que el hombre. Cual bandera que invita a batallar, la llama roja de la vela flamea. Las ventanas abro, ya estrecho en mi. Muda, rompiendo las hojas del clavel, como una nube que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…»

Casa de Arte, con su figura añeja de otrora gran casona, allí está todavía inconmovible como las rocas milenarias. No te aflijas ni te ofendas contra quien critique tu marchita aristocrática silueta si en tu interior y en tu claustro sagrado cantan los juglares hermosas melodías, los poetas con sus veladas nocturnales despiertan con su voz aterciopelada las aves dormidas bajo el manto de la noche ilusionada e incierta.

Una noche, con el cielo tachonado de estrella, como diría Mark Twain, entre poemas grandiosos, se narraron cuentos en Casa de Arte. No se trataba de ninguna manera de aquella «Noche azul de los poetas», no obstante, Rafael Almánzar intentó hacer —y lo logró de manera estupenda— de la noche un enigma, como lo describiera Borges en su «Enigma a la poesía», que descubriéramos y compartiéramos entre los allí presentes aquellas perplejidades de los hindúes, los chinos, los griegos, los escolásticos, el obispo de Berkeley, Hume, Schopenhauer… encontradas en la historia de la filosofía.

Me atrevería decir que Almánzar, el de Casa de Arte, hizo en aquella gran noche de poesías, de cuentos y de novelas cortas, el papel del psicoanalista al cual se refirió el escritor suizo en lengua alemana Max Frisch: «La literatura puede ser una buena terapia personal, una especie de psicoanálisis por el que no se paga al psicoanalista».

JPM

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