La enfermedad y el sufrimiento son realidades que afectan nuestras vidas.
Si seguimos el ejemplo de Cristo, debemos comprometernos a acompañar a los enfermos en su padecer. En cierta forma, transformarnos en su Cireneo.
El 11 de febrero, es la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, ocasión propicia para reflexionar sobre el significado del sufrimiento y la esperanza que brota de la fe. San Juan Pablo II, en su encíclica «Salvifici Doloris» nos recuerda que el dolor tiene sentido cuando es vivido en unión con Cristo. Él señaló: «El sufrimiento humano, en cierto modo, se convierte en el camino hacia la redención».
La vida de Jesús estuvo marcada por su cercanía a quienes sufrían. Su compasión no solo se limitó a palabras; actuó en consecuencia, sanando, acompañando y ofreciendo consuelo. En su ministerio, vemos un modelo de acción que debe inspirar nuestras propias vidas.
Debemos recordar que, al igual que el Buen Samaritano, nuestra misión debe consistir en acercarnos a aquellos que padecen y atender sus necesidades. En Lucas 10, Jesús nos invita a hacer lo mismo: «Anda y haz tú lo mismo». Esta llamada nos anima a ser agentes de amor y misericordia, llevando esperanza donde hay desesperanza.
La importancia de la comunidad se hace evidente en este contexto. En una sociedad que a menudo margina a los enfermos, el llamado a construir lazos de solidaridad es más urgente que nunca. Esta visión comunitaria se alinea con las enseñanzas de San Juan Pablo II, quien enfatizaba que “la verdadera amistad está en la capacidad de compartir la carga del otro”.
Un aspecto fundamental es la atención a la salud integral, que abarca además del cuidado físico, también el bienestar emocional y espiritual. La Iglesia, a través de diversas iniciativas, busca brindar este apoyo a todos aquellos que enfrentan la adversidad de la enfermedad.
En este sentido, la Pastoral de la Salud juega un papel crucial en nuestra sociedad, promoviendo acciones que buscan aliviar el sufrimiento. Es un llamado a la acción, a ser instrumentos de paz y amor en medio del dolor.
Que nuestra vida sea un constante testimonio de amor hacia los demás, y que podamos seguir el ejemplo del Buen Samaritano, acercándonos con ternura y compasión a aquellos que sufren. Esta es la invitación que nos hacen nuestros pastores, y es nuestro deber responder en acción. Hablando de pastores evoco al muy querido e ilustre obispo, el inolvidable Monseñor Francisco José Arnaíz. Disfrutaba tanto sus sabias palabras. Recuerdo una vez al preguntarle qué es lo más que se puede hacer a quien sufre: solo me dijo, estar con él.
A veces, no es fácil. La tendencia del mundo en que vivimos es pretender huir del sufrimiento, le tememos. Sin embargo hay que estar cuando hay que estar. Doy testimonio de la veracidad de las palabras de San Pablo en mi vida: «todo lo puedo en Cristo que me fortalece».
Finalmente, la enseñanza más importante de este tema nos llega del propio Dios encarnado, Jesucristo. En su agonía en la Cruz imploró a Dios Padre eximirle si era posible del sufrimiento por el cual atravesaba mas El acepto con fe plena Su Santa Voluntad. Alabado y Glorificado sea por siempre. Amén.
jpm-am


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