Nuestra partidocracia o sistema de partidos está en crisis -¡a pesar de la algarabía electoral!-; y en ella, todo el liderazgo tradicional que, a sus vez arropa, en igual medida, a todo el espectro político-ideológico nacional. Solo el liderazgo del Presidente Danilo Medina aflora como un ente exitoso de esa debacle, quizás por dos razones básicas: a) porque ha centrado su gestión de gobierno en la agenda social histórica-acumulada y ha sido un Presidente cercano a la gente; y b) porque ha devenido en un liderazgo facilitador para la emergencia de otros liderazgos en el ejercicio del poder. Algo atípico, en el contexto de una arraigada cultura-política matizada de presidencialismo, caudillismo y machismo que aún se resiste aunque en declive inexorable.
Introduje la síntesis anterior, para resaltar que no solo el PLD está confrontado en sus liderazgos mayores, si no, porque el propio Luis Abinader lo acaba de decir: asumirá, declaró, “la responsabilidad histórica de unificar” al PRM. Y lo dijo, aunque si se le preguntase, seguro, daría otra explicación, porque sabe que hay dos partidos en uno y dos liderazgos en pugna que trasciende lo coyuntural-electoral.
Y es tan grave el fenómeno que pocos de los actores políticos actuales perciben, con certeza, que se está cerrando un ciclo histórico-político-electoral que tiene su fecha de caducidad en mayo-2020, y que, en consecuencia sus carreras políticas, por los signos de esta post-modernidad –redes sociales, tecnología e inteligencia artificial- concluirán aunque ellos ni se enteren. Tal vez, serán sus hijos o nietos quienes tendrán la tarea, si fueron educados con sensibilidad y humanismo, de traerlos a la realidad: el retiro digno.
Por ello, insistir en viejos encantos y envolturas –haciendo tabla rasa del pasado- no salvará a ningún liderazgo, de los tradicionales, de lo que les espera por no haber sido capaces de impulsar, por consenso y sobrevivencia, los cambios y las reformas políticas e institucionales que el país ha venido demandando de su clase política y en la que cifró -post Bosch, Balaguer y Peña-Gómez– otro estadio de civilidad política.
Y no es que no hayamos avanzado; sobre todo -y en justicia desde 1994 hasta la fecha- como sociedad, si no que no hemos dado “El gran Cambio” para citar a Moya Pons, en materia de civilidad democrática, conciencia ciudadana -participativa y critica-, seguridad pública, cultura de transparencia -pública-privada-; y más que todo, consensos políticos-fácticos sobre la necesaria separación de los poderes públicos.
Esos son los desafíos del 2020 al 2024; y si fallamos, seguro llegarán los outsiders de moda. O quién sabe qué esperpento…


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