El teniente general Francisco de Segura Sandoval fue gobernador de la colonia española de la isla de Santo Domingo (1677-1684).Primer jefe de la administración pública apresado y condenado por corrupción en esta porción de tierra caribeña. Se asoció a algunos de los más conocidos piratas que surcaban las aguas del mar Caribe, cuando faltaban pocas décadas para finalizar el siglo XVII.
Su vínculo más conocido fue con el holandés Cornelius van Horn, de la banda criminal conocida como Hermanos de la Costa, quien “echó de cabeza en un caldero de aceite hirviente a un capellán”. El 17-11-1682 van Horn recaló en la costa sur de la colonia dirigida por Segura Sandoval. Trajo cientos de esclavos africanos y un botín producto de los saqueos y asaltos que había hecho en su larga travesía marina.
El gobernador autorizó que vendiera 80 esclavos, así como muchas mercancías de su estraperlo. Luego lo apresó por dos horas para extorsionarlo. Estaba al tanto del prontuario criminal de dicho individuo, puesto que ocho de los tripulantes de su barco desertaron en el puerto de Santo Domingo “y denunciaron las crueldades del holandés, sin que el gobernador hiciera nada para juzgarlo”.
Francia e Inglaterra insistieron en que dicho pirata fuera juzgado aquí, pero Segura Sandoval lo impidió. Para dejarlo ir libre obtuvo una compensación económica. Un acucioso historiador y antropólogo cultural escribió que fue “recompensando ese mismo día con un escritorio cuyos cajones estaban llenos de oro en polvo”. (La mala vida. Editora Taller, 1977. P208. Carlos Esteban Deive).
Esa actitud lo llevó a enfrentar la justicia colonial. El impulsor del juicio fue Simón Ibáñez Lezcano, enviado desde México por la Corona española para poner orden en el desastre que reiteradamente se había denunciado contra el gobierno colonial. Fue sustituido por don Andrés Robles, un hombre de gran experiencia y reconocida pulcritud en el manejo de los caudales públicos.
Apresado y juzgado, Segura Sandoval fue condenado a la pena de muerte a cuchillo y la confiscación de sus bienes. A través de su abogado Antonio Urbaneja apeló esa medida por ante el Consejo de Indias, órgano superior de justicia colonial, que al parecer archivó, bien archivado, el expediente en cuestión. Nunca se supo si en segunda instancia fue absuelto o condenado por ese vergonzoso caso.
Ese gobernador venal pasó un tiempo encerrado en una cárcel de la ciudad de Santiago de los caballeros, de la cual se quejó y logró que el 10 de mayo de 1885 llegaran instrucciones desde Aranjuez (España) ordenando que se le pusiera “en un lugar decente y con seguridad”.
Un fraile franciscano, que dejó un importante legado de investigaciones históricas, en las que no faltan especulaciones y yerros a borbotones, escribió así sobre el descontento del condenado gobernador: “Segura se había quejado de grandes agravios en la forma de tenérsele preso y de la necesidad espantosa en que se había puesto para llevar la vida y de su mujer e hija”. (Noticias históricas de Santo Domingo. Editora Taller, 1979. Vol. IV. P215. Fray Cipriano de Utrera).
El susodicho ex gobernador se quedó el resto de su vida aquí. Sus contactos en la Corona de España siguieron siendo efectivos. Mucho antes de que en el siglo XIX el filósofo estadounidense Charles Sanders Pierce creara la palabra pragmatismo, para definir la supremacía de lo práctico y útil, los más altos funcionarios españoles la pusieron en práctica, en los hechos, con el mencionado ex presidiario.
En efecto, fue a él que pusieron al frente de las tropas (la mayoría dominicanos por su condición de criollos en quienes ya latía el sentimiento de apego a la tierra de su nacimiento) que enfrentaron y derrotaron a los franceses en la famosa Batalla de Sabana Real o Limonada, librada el 21 de enero de 1691, en la cual perdió la vida el gobernador de la parte francesa de la isla de Santo Domingo, Pierre-Paul Tarín de Cussy.
Ese hecho bélico, que trascendió cualquier antagonismo ético entre España y Francia, quedó descrito en la historia nacional así: “Confiando el mando en jefe, como cabo principal y general del ejército, por real acuerdo formado con los ministros de la Audiencia, al maestre de campo don Francisco de Segura Sandoval y Castilla, capitán general que había sido de la colonia, donde parece que tenía fijada su residencia…” (Obras Completas. Volumen I. Editora Amigo del Hogar, 2016- P155. José Gabriel García).
Las crónicas de entonces señalan que Francisco de Segura Sandoval y Castilla murió en su casa, y a petición suya sepultado con fanfarria militar en el convento de San Francisco, el 21 de enero de 1692, justo un año después de haber coronado su vida de servidor de la Corona española con el triunfo contra los franceses en la referida batalla.


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