POR LUIS M. GUZMAN
Hubo un tiempo en que los ciudadanos elegían entre lo que leían en el periódico, escuchaban por la radio o veían en la televisión. Hoy esa decisión parece seguir siendo nuestra, pero antes de que una noticia llegue a nuestros ojos ya ha pasado por un filtro invisible: un algoritmo. La gran pregunta ya no es quién gobierna un país, sino quién decide qué información llega primero a quienes lo gobiernan con su voto.
Las redes sociales no fueron creadas para fortalecer la democracia, sino para captar atención. Su negocio consiste en mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible, y para lograrlo privilegian aquello que provoca una reacción inmediata. La indignación, el miedo, el escándalo y la confrontación suelen generar más interacción que la prudencia, el análisis o los argumentos complejos. El algoritmo no distingue entre verdad y utilidad; distingue entre lo que retiene y lo que se ignora.
Esa lógica ha transformado la política en una competencia por dominar la conversación antes que por resolver los problemas. Hoy muchos candidatos dedican más tiempo a producir un video viral que a construir una propuesta sólida. La batalla ya no consiste únicamente en ganar votos; primero hay que ganar segundos de atención. Y en esa carrera, la emoción suele derrotar a la razón porque es más rápida, más compartible y mucho más rentable para las plataformas digitales.
No es casualidad que líderes tan distintos como Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei o Giorgia Meloni hayan entendido el poder de esta nueva realidad. Sus diferencias ideológicas son profundas, pero todos comprendieron algo esencial, en la era digital, quien logra controlar la conversación pública obtiene una ventaja enorme sobre quien solo intenta responderla. La política dejó de ser únicamente un intercambio de ideas; también se convirtió en una disputa permanente por la visibilidad.
Sin embargo, sería un error pensar que los algoritmos eligen presidentes. Lo que realmente hacen es alterar las condiciones del debate democrático. Amplifican unas voces, silencian otras y crean la sensación de que determinados temas son los únicos importantes. Cuando millones de personas reciben simultáneamente los mismos estímulos, la percepción colectiva puede cambiar mucho antes de que cambien los hechos. La conversación termina condicionando la realidad política.
La República Dominicana ya comienza a vivir ese fenómeno. Las campañas digitales son cada vez más agresivas; los memes sustituyen argumentos, las encuestas se convierten en armas psicológicas y los videos de pocos segundos desplazan explicaciones que requieren varios minutos. La discusión pública corre el riesgo de reducirse a consignas, etiquetas y tendencias que duran apenas unas horas, pero dejan una impresión mucho más profunda que muchos discursos completos.
Este escenario también explica por qué la polarización parece crecer incluso cuando la mayoría de los ciudadanos sigue ocupándose de los mismos problemas cotidianos, el costo de la vida, la electricidad, la seguridad, el empleo o la salud. Mientras el algoritmo premia el enfrentamiento porque genera interacción, los asuntos verdaderamente importantes suelen perder espacio frente a la controversia del día. La atención se convierte así en un recurso más escaso que la información.
Pero el verdadero peligro no está en la tecnología, sino en nuestra relación con ella. Un algoritmo no tiene ideología ni preferencias políticas propias. Aprende de nuestros hábitos y nos devuelve aquello que más probabilidades tiene de mantenernos conectados. En otras palabras, termina alimentando nuestras propias emociones, prejuicios e intereses. Sin darnos cuenta, dejamos de buscar información para empezar a consumir únicamente aquello con lo que ya estamos predispuestos a estar de acuerdo.
Por eso resulta insuficiente culpar exclusivamente a las plataformas. Los partidos políticos, los medios de comunicación, los creadores de contenido e incluso los ciudadanos participan de esta dinámica. Todos, en mayor o menor medida, terminan adaptando su comportamiento a las reglas del algoritmo. Cuando la recompensa es la viralidad, la tentación de simplificar, exagerar o provocar se vuelve cada vez más fuerte, aunque el costo sea empobrecer el debate democrático.
La solución tampoco consiste en regresar al pasado ni en demonizar las redes sociales. La tecnología puede ser una extraordinaria aliada para educar, explicar políticas públicas y acercar a los gobernantes con la ciudadanía. El desafío consiste en utilizar las mismas herramientas que hoy favorecen la confrontación para promover pensamiento crítico, información verificable y conversaciones que aporten algo más que entretenimiento político.
Quizá el reto más importante de las democracias modernas no sea derrotar a los algoritmos, sino aprender a convivir con ellos sin convertirnos en sus rehenes. Un ciudadano que verifica datos, contrasta fuentes y escucha opiniones distintas sigue siendo mucho más difícil de manipular que otro que acepta como verdad absoluta todo aquello que aparece primero en su pantalla. La libertad política comienza, muchas veces, por la libertad de pensar antes de compartir.
Las próximas elecciones, en República Dominicana y en buena parte del mundo, no solo enfrentarán partidos, candidatos o ideologías. También pondrán a prueba nuestra capacidad para distinguir entre popularidad y credibilidad, entre tendencia y realidad, entre emoción y evidencia. Porque el día en que un algoritmo determine por completo lo que pensamos, el problema dejará de ser tecnológico. Ese día habremos cedido, sin notarlo, la parte más valiosa de toda democracia, nuestra libertad para decidir.
of-am


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