Partidos, ciudadanía y el reto del 2028

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El autor es comunicador. Reside en Nueva York

POR LUIS M. GUZMAN

La democracia representativa dominicana no está en colapso, pero sí atraviesa una mutación estructural que redefine su naturaleza. Los partidos siguen existiendo, compiten y gobiernan, pero han perdido parte de su función clásica como mediadores orgánicos entre sociedad y poder. No han desaparecido; se han convertido en estructuras predominantemente electorales, menos deliberativas y más orientadas a la competencia táctica.

Augusto Espinosa, en su libro “La política en crisis”, plantea que la decepción democrática no proviene solo de errores individuales, sino de un diseño que reduce el poder ciudadano al voto periódico. El ciudadano participa formalmente, pero su incidencia cotidiana en decisiones estratégicas es marginal. Esa brecha entre representación formal y poder real alimenta frustración y distancia política.

El politólogo francés Pierre Rosanvallon, estudioso de la legitimidad democrática contemporánea, describe este fenómeno como “contrademocracia” una ciudadanía que vigila, sospecha y fiscaliza más de lo que participa en la construcción estructural del poder. En República Dominicana esta dinámica es visible, la crítica es intensa, pero la organización sostenida es débil.

La teórica política Chantal Mouffe sostiene que la democracia necesita un conflicto articulado dentro de reglas institucionales. Cuando los partidos dejan de canalizar antagonismos sociales reales y se concentran en competir por cargos y cuotas, el conflicto no desaparece; se desplaza hacia indignación difusa o hacia liderazgos personalistas que prometen soluciones simples.

Por su parte, el filósofo alemán Jürgen Habermas, referente en teoría de la deliberación pública, advierte que la legitimidad democrática depende del debate racional e inclusivo. Sin embargo, el ecosistema dominicano, dominado por marketing político, redes sociales y encuestas estratégicas, reduce el debate a posicionamientos coyunturales. Se discuten porcentajes, pero no hay objetivos comunes..

Este marco teórico se vuelve práctico al observar la dinámica rumbo a 2028. El Partido Revolucionario Moderno deberá enfrentar una sucesión sin su figura presidencial más competitiva en boleta. Allí se pondrá a prueba si su fortaleza es institucional o si dependería en exceso del liderazgo personal. Una transición mal gestionada puede erosionar la cohesión antes del ciclo electoral.

Las encuestas internas que posicionan a figuras como David Collado no solo reflejan realmente preferencias ciudadanas, sino más bien señales internas de poder. Cuando se compara selectivamente a un precandidato frente a la oposición sin evaluar integralmente a los demás aspirantes, puede instalarse una narrativa de inevitabilidad que genere tensiones dentro del propio partido.

La competencia dentro del PRM involucra a más figuras además de Collado como, Carolina Mejía, Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón son los más sobresalientes. Sin reglas claras de selección y arbitraje neutral, la disputa puede transformarse en fractura estratégica. En contextos de sucesión, la percepción de favoritismo puede ser tan decisiva como la realidad misma.

Del lado opositor, la no alianza temprana entre Partido de La Liberación Dominicana y Fuerza del Pueblo tampoco debe interpretarse únicamente como debilidad. En esta fase es racional medir fuerzas, consolidar estructura territorial y validar el propio liderazgo antes de negociar convergencias.

Aquí se evidencia la mutación democrática, la política se concentra en cálculo aritmético más que en redefinición de fines colectivos. Espinosa advierte que, sin transformación cultural profunda, las reformas son reversibles. Si 2028 se limita a competencia de rostros y alianzas tácticas, la crisis de representación continuará, incluso bajo estabilidad institucional.

El problema no es solo moral, sino estructural, financiamiento electoral costoso, clientelismo territorial, profesionalización cerrada y cultura del corto plazo. Los partidos se vuelven maquinarias eficientes para competir, pero menos aptas para representar. El ciudadano vota, pero no incide; observa, pero no gobierna; fiscaliza, pero no decide estratégicamente.

República Dominicana se enfrenta así a una encrucijada silenciosa. Democracia en mutación significa que 2028 no será solo una elección, sino una prueba de legitimidad representativa. Si oficialismo y oposición no logran reconectar con las necesidades reales de la gente y mecanismos reales de incidencia ciudadana, la erosión continuará. Si articulan representación, deliberación y poder ciudadano efectivo, la crisis puede convertirse en renovación.

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Molly Mill
Molly Mill
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