El matrimonio en el siglo XXI
POR E. MARGARITA EVE
Terminado el Día de San Valentín, cuando se apagan las luces de la celebración, surge una pregunta inevitable: ¿qué significa hoy el matrimonio? Más allá de flores y promesas, la vida en pareja se edifica en la rutina. El amor no se sostiene solo con emoción, sino con decisiones conscientes y reiteradas. Allí comienza el verdadero compromiso.
El matrimonio es la unión social y jurídica entre dos personas que deciden compartir vida, derechos y responsabilidades. Para muchos conserva también una dimensión espiritual. No es únicamente ceremonia ni contrato. Es un proyecto común que exige respeto, voluntad y permanencia.
En distintas tradiciones se sostiene que el ser humano tiene vocación de complementariedad. La pareja no se concibe solo como convivencia, sino como propósito compartido. Esa mirada otorga al vínculo una dimensión trascendente. Amar implica crecer junto al otro y no únicamente junto a uno mismo.
Históricamente, el matrimonio fue también una estructura de protección. Brindaba reconocimiento social y estabilidad jurídica, especialmente para la mujer en contextos donde su autonomía era limitada. No representaba la igualdad moderna, pero sí un marco de amparo. Así se consolidó como institución fundamental de la organización social.
La etimología lo confirma: “matrimonio” proviene de matrimonium (mater, madre) y “patrimonio” de patrimonium (pater, padre). Ambos términos reflejan la organización familiar de la antigua Roma, donde familia, herencia y descendencia constituían el eje del sistema. Según esta perspectiva, para una mujer una unión con separación total de bienes pierde parte de su función de protección.
Durante siglos, la formación de familia y la procreación fueron el objetivo central. Las personas se unían para asegurar descendencia legítima y preservar bienes. El amor podía estar presente, pero no era el fundamento principal. La estabilidad colectiva prevalecía sobre la emoción individual.
Hoy ese eje ha cambiado en gran parte de Occidente. En España, Francia, Alemania y Suecia el primer matrimonio ocurre entre los 34 y 37 años. En Estados Unidos supera los 30. No obstante, en algunos casos se formalizan uniones a los 40, 50 e incluso 60 años, reflejo de cambios culturales y nuevas prioridades de vida.
En Estados Unidos se han normalizado las uniones libres y, aunque el divorcio fue históricamente elevado, hoy muestra cierta estabilización al casarse más tarde. En Países Bajos, Suecia y Alemania existen matrimonios que mantienen hogares separados. Son modelos flexibles que requieren acuerdos claros y verdadera madurez emocional.
La postergación de la maternidad tiene implicaciones biológicas. La fertilidad femenina disminuye con mayor rapidez después de los 35 años y especialmente tras los 40. No es una sentencia absoluta, pero sí una realidad médica que conviene considerar. Las decisiones tardías pueden implicar mayores desafíos para la procreación.
La ciencia, sin embargo, ha ampliado posibilidades. Los óvulos pueden conservarse congelados más de 20 años; lo determinante es la edad al momento de su extracción. La fecundación in vitro y el seguimiento especializado permiten embarazos saludables después de los 40. La tecnología ofrece respaldo, aunque no sustituye completamente los tiempos naturales.
En América Latina el panorama presenta matices propios. Mientras algunos retrasan el matrimonio por desarrollo profesional, otros forman familia en contextos económicos frágiles. Muchas uniones se formalizan tras años de convivencia o hijos previos. La estabilidad no siempre coincide con el momento de la decisión.
En estos tiempos de expectativas irreales, se pretende un matrimonio en permanente éxtasis, confundiendo enamoramiento con amor maduro. Rasgos como el narcisismo o la inmadurez emocional debilitan vínculos. Como expresa el antiguo adagio, “Matrimonio y mortaja del cielo bajan”, la unión no debe forzarse, sino elegirse con conciencia, pensando en el linaje, en la estabilidad y en la buena salud mental de ambos.

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